Así huí de Mamasa

Arrozales en las cercanias de Tubaan.

Arrozales en las cercanías de Tubaan.

Nada más llegar a Mamasa y depositar mis pertenencias en el hotel, salgo a pasear un rato para situarme un poco. Se me acerca el indonesio con mejor inglés desde que he llegado a las Célebes y me pregunta: “¿Tu eres el español que acaba de llegar a la habitación 215 del hotel Matama? Hace dos días vino una turista alemana, pero ya se fue.” La intuición anterior se convirtió en seguridad. No conozco a nadie que haya estado en Mamasa, porque aquí no llega un turista ni por error. Corolario: cada vez hay menos gente que cree en la teoría del punto gordo.

Al día siguiente me fui con Alex, el individuo que no me interrogó, porque ya lo sabía todo sobre mí, a visitar varios lugares del valle de Mamasa. En esta zona hay construcciones y ritos propios de los Toraja, aunque menos y de menor relevancia que en Tana Toraja. Visité Tedong-Tedong, donde hay una serie de ataúdes, consistentes en troncos modelados en forma de búfalo. También vi Ballapeu, un pueblo en el que abundan las casas típicas de los Toraja, el mayor del lugar. Para acabar con la arquitectura Toraja por ese día, fui a Orubua, donde hay más casas Toraja, algunas de varios siglos de antigüedad, y enterramientos típicos. Viendo los registros de turistas en Tedong-Tedong, observé que había pasado un turista dos días antes (la alemana de antes), y los anteriores dos semanas antes. En el hotel donde me alojaba hacía mas de dos meses que no se había registrado ningún turista.

Tejados en Ballapeu.

Tejados en Ballapeu.

Alex me llevó al único sitio del valle de Mamasa donde hay internet. Entramos a un edificio gubernamental, donde todo el mundo me miraba y saludaba, como ya me he acostumbrado a que suceda. Me dejaron sentarme ante un ordenador en el que apenas pude utilizar internet ya que la lenta conexión apenas funcionó un momento. Mientras, veía pasar gente uniformada y ciudadanos locales tratando de realizar sus gestiones con la administración. Era inevitable que, cada persona que entraba, se asomara intentando ver qué estaba yo haciendo en el ordenador, aunque no entendieran nada. Por lo visto, aquí la discreción y el disimulo no se consideran virtudes.

Otro día, tras pasear por un par de pueblos de alrededor, acabé yendo a un lugar donde hablaban algo de inglés. Allí me solucionaron varios asuntos de una tacada: corte de pelo con masaje capilar incluido, colada y transporte de regreso. Al llegar allí, como era hora de comer y estaban ocupados, les dije que iba al restaurante de al lado a comer, y volvía más tarde. En el restaurante, por llamarlo de alguna manera, había plato único: carne con arroz. Aquello, al verlo, parecía perro atropellado. Sin embargo, al comerlo, parecía perro rabioso, de tanto que picaba. Al averiguar qué era, me confirmaron que se trataba de perro.

Valle de Mamasa.

Valle de Mamasa.

Finalmente encontré una manera sencilla de salir de Mamasa. Alex me había encontrado un porteador dispuesto a acompañarme durante tres días a pie hasta Bittuang. El porteador era un chico de aspecto endeble, pero habiendo visto algunos porteadores nepalíes cargar casi el doble de su peso, no me preocupó. De inglés, ni palabra, pero su misión era exclusivamente acompañar y cargar. Al cabo de un rato de camino, el porteador iba pidiéndome parar, y buscando una sombra donde sentarse. Después me enseñó que tenía rozaduras y ampollas en los pies. Decidió parar una moto y darle mi mochila para que la llevara hasta el siguiente punto. Me sentí frustrado y engañado, ya que eso lo podía hacer yo sin necesidad de pagar un porteador. Mientras, caminábamos por un intento de carretera por la que algunos todoterrenos (muy pocos) circulaban con gran dificultad. Al llegar a una parada, me esperaba mi mochila y tomamos un café toraja de dimensiones olímpicas. Vi que el porteador, nuevamente le daba la mochila a otro vehículo para que la llevara. No consigo expresarle mi decepción por la imposibilidad total de comunicación, ni puedo explicárselo a Alex por teléfono por la falta de cobertura en las montañas.

A esto le llaman carretera. El cajon sobre el mataperros esta lleno de pollos vivos.

A esto le llaman carretera. El cajón sobre el mataperros esta lleno de pollos vivos.

Acabo el día en Tubaan, un pueblo consistente en unas pocas casas en una cuneta. Me alojo en una casa junto a la mezquita. Afortunadamente aquí no llamaban a la oración. En plena crisis mundial, he encontrado un empleo vacante: el de muecín de la mezquita de Tubaan. No seáis tontos, y aprovechad esta oportunidad única. Este es mi centésimo alojamiento durante el viaje. Contando hoteles, albergues y un amplio abanico de inclasificables alojamientos, ya suman la nada despreciable cifra de cien. Aunque cambios de domicilio y traslados de equipaje han sido algunos más, ya que algunos hoteles los he visitado dos o tres veces.

Tubaan: mi centesimo alojamiento.

Tubaan: mi centésimo alojamiento.

La casa está totalmente construida de madera. La habitación tenía una ventana que daba a la mezquita y por la que entraba mucha claridad, al no tener cortina. Descorro las opacas cortinas de la otra pared, para contemplar las que supongo maravillosas vistas al río y la montaña y, como por arte de magia, descubro que las cortinas no cubren ninguna ventana, ni realizan función alguna. Los conceptos “pragmatismo” y “diseño de interiores” son diametralmente opuestos en gran parte de Asia.

La tarde la dedico a la lectura y a tratarle las ampollas del pie al sufrido porteador, que en principio casi lloraba de dolor, pero que luego, al verlas curadas, me lo agradeció. Después de cenar, cuando todo el mundo se fue a dormir, yo extrañamente no tenía sueño, así que seguí con mi lectura. A juzgar por la tranquilidad del lugar, tanto dentro como fuera de la casa, debían ser altas horas de la madrugada. Después comprobé que eran ¡las siete y media de la tarde!

Sobre la cupula de una mezquita.

Sobre la cúpula de una mezquita.

El día siguiente empezó como un calco del primero. El porteador, ya sin ampollas en los pies, pero aún con rozaduras, no podía con su alma e iba subcontratando el acarreamiento de la mochila. Cuando llegamos a Paku, el lugar donde íbamos a dormir, el alojamiento y quienes lo regentaban no me inspiraron confianza. Al cabo de quince minutos de preguntar insistentemente el precio, conseguí que me dieran una cifra, la cual no estaba dispuesto a aceptar. En lugar de regatear, le dije al porteador que seguíamos la ruta y que no les dejara llevar mi equipaje, ya que no me fiaba. Media hora más tarde, el porteador yacía en la cuneta echando el hígado por la boca. En ese momento lo despedí. Le dije que se volviera, que me diera la mochila, y le pagué algo más de lo que proporcionalmente le correspondía. Pero tras siete horas de marcha, a pleno sol con una pesada mochila a cuestas, yo no podía andar mucho más. En el momento en que la carretera pasó a ser asfaltada, pero asfaltada de verdad, vi la alternativa. Paré una moto que venía en sentido contrario y negocié el precio en mi imperfecto indonesio para que me llevara a Bittuang. Allí conecté con un coche que me llevó a Makale, la capital administrativa de Tana Toraja. Y de allí a Rantepao.

Cuatro horas después de salir de Paku, conseguí llegar a mi hotel en Rantepao, donde por primera vez en cinco días vi occidentales y me di una ducha sin necesidad de echarme cazos de agua.

Salut.

Incluso ellos mismos lo dicen.

Incluso ellos mismos lo dicen.

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6 comentarios to “Así huí de Mamasa”

  1. Alejandro Says:

    Sin desmerecer tu teoria del punto gordo, aunque todos sabemos que los que hacen los mapas deben fumar sustancias extrañas cuando deciden colocarlos en el mapa, debo preguntar en que mapa viste tu un punto gordo porque al google maps le ha costado localizar el pueblecito en cuestion y a duras penas le ponen una carretera pa llegar.

    Quizas deberias comprar mapas actualizados….

  2. Dr.J Says:

    Joder!!!!
    ¿qué te hizo pensar que Steve Urkel sería capaz de llevar tu equipaje?
    le descontarías también la atención sanitaria, no creo que vuelvas a ver agujas estériles en… un momento… en todo el viaje no has visto agujas estériles…(gasp).
    Por otro lado me darás la razón que un viaje caminando siempre es más divertido y dicharachero…¿no?
    por último cómo se traduce:
    “¿no puedo mas? ¿porque llevo una moto a cuestas?, ¿dile a mis 13 hijos que les quiero?”

    Ale Suerte chico!!!!

  3. María José,aquí estoy mamá Says:

    hola Diego:
    1 pregunta: ¿cómo le has curado las heridas de los pies ?
    otra pregunta: ¿ con qué materiales?
    Besos
    cuídate
    María José

  4. Pau Says:

    Segunda puesta de cuernos que me conste… y encima al Massamagrell le mete 4 el Paterna en casa… Vaya mierda de fin de semana!

    Te esperaré a la vuelta.

    Impenitente viajero, ¿conoces la Torrecica? ¿Y Calafat? Te vas a cagar…

  5. Amparo Llorens Says:

    Diego… donde te metes, no se nada de ti y empiezo a preocuparme! A ver si no vas a estar para nuestra boda jajajajaja

  6. María José,aquí estoy mamá Says:

    Eso , digo yo , Diego, cuéntanos algo , que ya hace tiempo que tus fan , no te leen.
    Cuidate y escribe.
    Besos
    María José

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