La cara sádica de Tana Toraja

Cercanías de Rantepao: Transporte publico en las Célebes

Cercanías de Rantepao: Transporte público en las Célebes

Hablé con varios guias en Rantepao para hacer un trekking, pero me ofrecían precios demasiado caros, ya que al ser temporada baja no había más gente para salir en grupo. Cuando llegué al punto en el que todos los guías de Rantepao me saludaban por mi nombre cuando me veían por la calle, y yo seguía sin trekking, cambié de estrategia. Me dediqué a preguntar a los turistas que me iba encontrando. Hasta que di con tres alemanes que buscaban un trekking de dos días al que podía adaptarme. Y me adapté. Esta vez tuve suerte y nos tocó un guía bueno. Anduvimos en gran medida por arrozales. En algunos momentos caminábamos sobre los estrechos muros que separan los campos, tratando de mantener el equilibrio. En ocasiones la pared no era lo suficientemente fuerte para sostener el peso de un occidental con mochila y acabé con la bota embarrada. En un alto en el camino comimos un excelente arroz con coco y pollo, con la ya clásica combinación de los sistemas manual y digital. Es decir, sin cubiertos. La mayor dificultad del trekking radicaba en que el grupo era más lento que yo y pasamos demasiadas horas al sol, lo que hacía más fatigoso el trayecto. Pero llegamos sin problemas hasta Betania, nuestro alojamiento en Batutumonga. Dormimos en una casa toraja reconvertida en alojamiento para turistas: seis colchones en el suelo, ese fue todo el proceso de reconversión. En cuanto a fauna, avistamos las ya clásicas garzas con búfalos a sus pies, enormes arañas y pequeñas águilas. Aclaración para el lector: la menor de las águilas era bastante mayor que la mayor de las arañas. Por la noche, mientras cenábamos, nos visitó un ciervo volante. Un curioso bicho que yo no había visto jamás y que volvió a aparecer a la mañana siguiente.

Pareja de ciervos volantes. Curiosa desproporcion entre macho y hembra.

Pareja de ciervos volantes. Curiosa desproporción entre macho y hembra.

Mientras tanto, seguía recibiendo un promedio de entre dos y tres mensajes al día de mi adolescente acosadora: “¿Qué tal?” “¿Qué haces hoy?” “Me han dicho que hay un funeral estupendo en tal sitio” “Que el Señor te acompañe”…

Esto de ir de funeral, como supongo que le sucede a todo el mundo, es algo que engancha. El guía del trekking me apuntó en un papel el nombre de un pueblo donde se estaba celebrando uno. Coincidía además, que al día siguiente, cuando yo pensaba ir, era el que tenían previstos los sacrificios de búfalos. El guía me enseñó cuatro palabras básicas en indonesio para poder pedir indicaciones. Al día siguiente, tras discutir un poco con gente que me proponía ir a otros lugares, conseguí que me llevaran al sitio que yo quería. En Malakiri, el pueblo en cuestión, estaban los dos ataúdes, de suegra y yerno, expuestos junto a una mezcla de símbolos cristianos y torajas. Dado el elevadísimo coste del funeral, a veces celebran los de dos familiares a la vez, y ahorran ciertos costes. Como madrugué mucho, apenas había gente cuando llegué. Pocos indonesios y ningún turista. Había, como sucede en todos los funerales toraja, un cámara filmándolo todo, como en muchas bodas occidentales.

Uno de los asistentes al funeral me pidió que le concediera el honor de dejarme invitar a un té en la parte del edificio temporal reservada a su familia. Allí estuvimos tratando de comunicarnos en una mezcla de inglés e indonesio. Llegaron hasta dieciocho búfalos dispuestos a ser sacrificados y acudimos al centro. Entonces Johannes, mi anfitrión, me señaló con orgullo; “mira, mi búfalo”. Y me pidió que le hiciese una foto posando junto al búfalo que había aportado su familia al funeral. No era de los albinos, ni siquiera de los más grandes, pero sus sacrificios le debe haber costado al pobre hombre. Aquí los búfalos denotan estatus, ya sea el hecho de poseerlos, regalarlos o sacrificarlos. Puede parecer absurdo, pero en la sociedad occidental también hay símbolos externos de estatus de dudosa racionalidad como el coche, la zona donde se vive, el deporte que se practica…

Hay un speaker que intuyo que describe cada búfalo y las bondades del mismo y de la familia que lo aporta al festejo. Entre los dieciocho búfalos había dos albinos que tenían magulladuras en cara y astas provenientes de una pelea. Las peleas de búfalos son uno de los espectáculos asociados al funeral. No vi ninguna, pero según tengo entendido no son nada atractivas. Los búfalos, de por sí, no son agresivos. Así que los juntan y los azuzan hasta que se embisten el uno al otro sin demasiado ahínco.

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Finalmente parece que se acerca el momento del sacrificio. Tirado por una cuerda del hocico, llevan a un búfalo al centro y le atan en corto una de las patas a una estaca que no ve, como le sucedía a Siset. Tiran de la cuerda atada al hocico hacia arriba para que levante la cara exponiendo el cuello, y proceden a degollarlo con un cuchillo toraja. El cuchillo en cuestión es el equivalente al XXL dentro de los cuchillos jamoneros. El golpe de cuchillo en el cuello debe ser certero, ya que si no, el búfalo se revuelve y sufre mucho más. Con el primer búfalo el golpe fue muy preciso. El búfalo apenas se movió, no mugió en absoluto (ninguno lo hace) y cayó en poco tiempo. Con uno de los dos búfalos albinos fue diferente. Se revolvió, tropezó con los otros búfalos que yacían moribundos en el suelo, y llegó incluso a salpicarme de sangre. Si los Reyes Magos me hubiesen regalado una cámara con un buen zoom, esto no hubiera pasado. Las escenas eran de lo más dantesco. Mientras acercaban a otro búfalo al centro para atarle la pata a la estaca como a Siset, los otros yacían moribundos, entre los estertores previos a la muerte, manándoles todavía la sangre a borbotones del cuello. Eché de menos un puntillero como Justino, figura inexistente en este evento, que hubiese contribuido a acortar la innecesaria agonía bovina.

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Cuando la acumulación de cuerpos inertes, o en vías de serlo, era tan grande que no se podían hacer llegar mas búfalos hasta la estaca, al siguiente lo ataron al cuerno de uno de los bufalos tendidos en el suelo.

Hasta ocho búfalos degollados.

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Los otros diez búfalos, recordemos que había dieciocho, fueron subastados. Según me dijeron, se llegaron a pagar ciento cincuenta millones de rupias (más de diez mil euros) por uno de ellos. Eso en billetes, deben ser dos o tres maletines de ejecutivo. Me enteré de que el búfalo de Johannes había ido a parar a manos de la iglesia local. Debe ser que las desamortizaciones de Mendizábal no llegaron hasta las Célebes.

Después llegó el proceso de desollado y descuartizamiento de los búfalos. Tras ello se reparte un buen trozo de carne a cada familia. Una de las familias, amablemente, me ofreció el “tastet” del suyo. Cortésmente acepté.

A lo largo de gran parte del día me acompañaban Rakhel y Theo, dos de los hijos de Johannes, que me iban preguntando mil cosas, y me invitaron a comer con ellos, se hicieron fotos conmigo y me pidieron ser mis amiguitos en Féisbuc, también una obsesión en Indonesia. Cuando decidí marcharme me di cuenta de que fui el único turista que apareció por allí en todo el día, lo que siempre le da a uno la sensación de que ha vivido una experiencia más auténtica.

Con mi familia de acogida toraja.

Con mi familia de acogida toraja.

Esta experiencia es única, original y no tiene precio, desde el punto de vista cultural y etnológico. Pero no creo que sea algo recomendable para todo el mundo, ya que ver en vivo escenas dignas del género gore resulta duro. Una vez más, me consolaré con la manida frase de “aquí no hemos venido a divertirnos, sino a vivir experiencias que me permitan rellenar un blog.”

Salut.


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2 comentarios to “La cara sádica de Tana Toraja”

  1. Luis Says:

    Impresionante Diego, enhorabuena por el viaje y que todo saliera bien. Entre otras cosas, seguramente fue porque hicistes caso de las señales, si como esa de… cuidado con el bolso jaja, que bueno.

  2. oskar Says:

    Que morboso.!
    Me hace recordar a lo sanguinario y cruel de las corridas de toros.
    Son experiencias, que nunca buscaré.
    Un saludo.

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