Archive for the ‘Camboya’ Category

Me siento realizado

1 noviembre 2009

Entrevista03

Texto: JUANJO M. / Reportaje gráfico: RAFAEL HERRERO. Madrid.

Al sentarse en una cafetería, Diego (Valencia, 1974) está haciendo varias cosas para las que probablemente haya perdido la costumbre: no carga con una mochila de entre 12 y 14 kilos; no tiene que regatear el precio de la cerveza; y está en Madrid, España, donde el ritmo de la ciudad le resulta extraño después de recorrerse media Asia, de Tailandia a Camboya, pasando por India, Indonesia, Laos, Malasia, Nepal o Singapur. Esta es la factura: el viaje ha costado unos 8.000 euros, unos cuantos kilos perdidos, bastantes sudores, y muchas, cuenta, emociones compartidas con otros viajeros.

P. Nueve meses después, llegas al aeropuerto de Barajas. Entonces…
R. Lo primero que pienso al volver a casa es en ver a la familia, en que me estaban esperando. Pienso en que alguien me espera en el aeropuerto, en que hay un coche de verdad, en que no me tengo que pelear para llegar a casa, en que no tengo que buscar alojamiento…fue mucha relajación con respecto a la tensión del viaje y el buscarme la vida cada día. Ahora estoy más tranquilo.

P. ¿Cuántas veces te han preguntado por qué? ¿Por qué este viaje? ¿Por qué ahora? ¿Por qué hasta allí?
R. Continuamente. Creo que parte de mi familia y de mis amigos, simplemente, no lo entienden, y lo consideran una locura. Los viajeros se pueden clasificar en los que buscan algo o huyen de algo y los que simplemente viajan por placer. Están los que viajan porque quieren y los que huyen de malas épocas en casa, por salir de una depresión, porque están insatisfechos con la vida que llevan… yo estaba en un momento muy bueno, de familia, de amigos y de trabajo.

P. Y aún así, te marchaste.
R. Como inversión es una mala inversión, sin duda, desde el punto de vista financiero. Desde el personal, de lo que a uno le aporta, no tiene precio, vale muchísimo más que lo invertido. Me he sentido muy realizado, porque es una idea que traía desde hace muchos años y a la que siempre veía alguna pega. Le he dado forma y ha salido un viaje largo, improvisando y cambiando de ruta. Me apetecía muchísimo hacerlo y no quería que pasaran muchos años más: ahora tengo la fuerza física y no tengo ataduras familiares.

P. ¿Por qué esta vez no había pegas?
R. Porque sabía que tenía cierto dinero en el banco, que ya había hecho un viaje similar, de sólo un mes, a Vietnam, en 2007, y ya conocía a gente que lo había hecho.

P. Así que las probabilidades de morir en el intento…
R. Eran bajas, sí.

P. Durante el viaje, ¿ha habido más gente que te haya intentado ayudar o que te haya intentado engañar?
R. Ha habido más gente que me ha intentado engañar. Si por engañar entendemos sacarme el dinero, por supuesto. La cara de dólar la lleva uno puesta siempre por ser occidental. Algunos de ellos ven un saco de dólares andantes: no distinguen al que viene con un presupuesto de 500 dólares al mes del que viene tres semanas y se gasta 4.000 euros. Son todo blancos, occidentales, que vienen con mucho dinero. Una cosa muy desagradable: me han ofrecido muchísimas drogas. El mochilero, en general, no es putero, pero sí hay algunos a los que les gusta consumir drogas.

P. ¿Quién te ha marcado?
R. Patricia y Romain, principalmente. Nos hemos entendido muy bien. También estuve con Max y Látigo, que son Rafa y Marcelo, dos madrileños con los que coincidí en Laos y Camboya. Los sentí muy cercanos. La semana pasada me encontré con un e-mail de la familia de Marcelo diciéndome que había muerto y convocándome a su funeral. Yo no sabía nada. Pude ir y ver a Rafa: le habían encontrado un melanoma a finales de abril, al poco de volver a Madrid, y a mediados de septiembre murió. Ha sido una experiencia dura. Marcelo tenía el sueño de hacer el viaje…

Entrevista02

P. ¿Qué has aprendido?
R. Me he dado cuenta de que me gusta escribir. Hasta ahora no lo sabía. El viaje me ha aportado mucha seguridad en mí mismo, tranquilidad y menos prisas.

P. ¿Y te has sorprendido contigo mismo?
R. Físicamente, quizás sí, por adaptarme a sitios diferentes, andar mucho, con algunos trekkings muy duros, y por dormir en sitios malos y seguir al día siguiente. En el norte de India hubo trekkings que fueron una prueba de superación, en parte física pero también con una gran dureza mental, por el esfuerzo de seguir adelante, de creer que uno puede seguir. Con uno de ellos, al final, no pude.

P. Habría días en los que te dijeras… ¡quién me mandaría meterme en esto!
R. Para nada. He tenido días más cansados, pero siempre lo he tenido claro. Al principio de Indonesia estaba un poco más desanimado, más débil físicamente…

P. ¿Ha habido algún momento más asqueroso que el templo de las ratas?
R. Probablemente, sí. Nunca he querido publicar las fotos, ni siquiera hacerlas… pero algunos váteres y algunos olores de India. Al llegar fuimos con un taxista que estaba realmente loco, pitando y en contradirección. Cuando llegamos al barrio en el que estaba el hotel, la calle estaba sin asfaltar, había muchísimas vacas y cuando llegó a una calle vacía, en medio de la oscuridad, nos dijo: ‘Ahí está el hotel’. Yo no me quería bajar del coche, porque no veía el hotel. Nos acompañó a una calle a la vuelta de la esquina, todavía peor, más pequeña, y con unos urinarios que echaban un olor terrible, muy muy duro. Al final de esa calle estaba el hotel.

P. ¿Aprendes a apreciar cosas que dabas por supuesto?
R. No he pasado hambre, pero he echado de menos cosas tan simples como el queso, la leche o el chocolate. Lo que he echado mucho de menos son los amigos de siempre, tener una conversación sobre cosas de toda la vida. Eso me ha faltado: dar un abrazo a un familiar, a un amigo. He estado muy bien, he conocido a gente muy interesante que quiero mantener como amigos, pero no había un pasado común, y eso lo he echado de menos.

Entrevista01

P. “Aquí estoy, mamá” dice el blog. Ya puedes ser sincero. ¿Cuántas veces te has puesto enfermo?
R. Enfermo de verdad, cero. Problemas de estómago he tenido con frecuencia. Con la medicación que llevaba se me curaba enseguida, hasta el punto de que al final probé a no tomar nada y se me pasaba. Hubo un momento en el que me dejé de poner repelente antimosquitos, porque olía fatal y no me apetecía: prácticamente no me han picado. Dejé de tomar las pastillas antimalaria, consultando previamente con mi farmacéutico en Valencia, y no las retomé, aunque guardaba unos cuantos comprimidos en la mochila por si tenía síntomas. Tres veces, quizás, tuve dolor de cabeza. Y, por supuesto, el mal de altura del que ya hablé en el blog.

P. ¿Cuántas veces te han robado?
R. No me han robado nada y no me han intentado robar ni una vez. Una vez me olvidé el teléfono y no me ayudaron a recuperarlo, aunque sé que lo podían haber hecho. He sido muy precavido. No era un objetivo muy atractivo para robar, porque no llevaba cosas de valor…y en India llevaba la mochila atada al vagón del tren o al autobús con una cadena y un candado.

P. ¿Te han ofrecido sexo por dinero?
R. Algunas veces. En Tailandia, Laos y Camboya… con menos frecuencia cuando iba con chicas.

P. ¿Cómo son los niños en Asia?
R. Cambia según el país. En algunos sitios se utilizan para pedir dinero. En Indonesia venían detrás de mí para hacerse una foto y ya está. En India o Nepal sí es muy habitual que te insistan pidiendo un bolígrafo, dinero o caramelos.

P. ¿Te has sentido en algún momento descubridor, el primer blanco que aparecía por ahí?
R. De los primeros no, de los pocos sí.

P. En tu última entrada en tu blog, escribes de Anna, que se marcha para Asia justo cuando tú has vuelto. ¿Cuál es tu consejo?
R. Infórmate. Lee guías, pregunta, pregunta y pregunta para que te vayan aconsejando.

P. ¿Y ahora qué?
R. Eso querría saber yo. Quiero ir a Valencia, ver a mi gente y asentarme. Por supuesto, tendré que trabajar. La hipoteca no se paga sola.

Cinco meses, cinco paises, cinco grandes momentos

13 julio 2009
Yo creo que unos meses mas todavia podrian aguantar.

Yo creo que unos meses más todavía podrían aguantar.

Son ya cinco meses de viaje (cinco y medio, para ser más exactos), visitando cinco países diferentes. Es cierto: no me he dado demasiada prisa. Cinco países con alfabeto distinto al nuestro, que me han hecho sentir analfabeto a menudo: Tailandia, Laos, Camboya, India y Nepal. Han sucedido ya unas cuantas cosas, he conocido a gente interesante, y conocido mejor a gente interesante que ya conocía.

El viaje no acaba aquí, pero se acerca un nuevo punto de inflexión en el mismo. Pese a no ser el fin del camino, he encontrado, no sin cierta meditación, un motivo para hacer una particular recopilación a modo de recordatorio: me apetece.

Cinco clásicos imprescindibles:
Encontrarme con un catalán de Blanes
Templos de Angkor
Taj Mahal
Varanasi
Hacer un trekking en Nepal

Cinco trayectos agotadores:
Las 1864 curvas entre Chiang Mai y Mae Hong Son, pasando por Pai
De Don Det a Kratie
De Phnom Penh a Koh Chang
De Khajuraho a Varanasi
De Leh a Manali

Cinco experiencias animales:
Paseo a lomos de un elefante
Templo de los Tigres
Dos días a camello por el Desierto del Thar
Templo de las Ratas
Correr perseguido por un búfalo

Cinco delicias gastronómicas (comerciales y beberciales):
– Pad Thai, en Tailandia
Batidos de fruta del sudeste asiático
– Pescado a la parrilla en una callejuela de Luang Prabang
Lassi en India y Nepal
Malai Kofta en India

Cinco momentos curiosos:
Ser bendecido por un monje budista
Explicándome en la peluqueria
Departir con el cónsul de Francia en Phnom Penh
Señora en trance a orillas del Ganges
Ceremonia de cierre de la frontera indo-pakistaní

Cinco lugares para no dormir, aunque yo lo intenté:
Tienda de campaña en Pai
Una cueva en el norte de Tailandia
Bus-litera entre Bundi y Jodhpur
Al raso en las dunas del Desierto del Thar
A 4960 m. de altura en el Campamento Base del Stok Kangri

Cinco momentos difíciles:
Primer incidente en el aeropuerto de Munich
Recibir un masaje a traición en los urinarios de una discoteca
Dejar mi pasaporte una semana en manos de un comegafas
Beber agua caliente, muy caliente, en el desierto
Sufrir mal de altura a 5500 m.

Al final me ha quedado un post con mas flashbacks que un guión de Amenábar en sus inicios. En la selección, como suele suceder, no están todos los que son, pero son todos los que están.

Salut.

Anécdotas, curiosidades y respuestas a preguntas jamás formuladas. Capítulo 2: Reflexiones irreflexivas

31 marzo 2009

“No es país para chocohólicos”. En esta zona del mundo se da la trágica circunstancia de que no tienen gracia alguna para la fabricación del chocolate, quedando bastante diluído e insípido.
Encomiendo desde esta humilde tribuna a Chocohólicos Anónimos a que elabore una tesis titulada “¿Cuánto tiempo se puede ser feliz sin ingerir chocolate de calidad?” Y yo no seré voluntario para participar en el experimento, que ya tengo bastante con lo mío.
N del A: el chocolate es un producto alimenticio derivado del cacao.


Numismáticamente hablando
, el viaje esta siendo otro desastre. En Tailandia no hay novedades relevantes desde la anterior vez que estuve, hace 2 años. Laos y Camboya tienen la moneda tan devaluada que solamente utilizan billetes. Las monedas de Indochina (anteriores a la independencia) que se pueden encontrar no me inspiran confianza alguna. Podríamos tranquilamente rebautizarlas como duros sevillanos.

Karaoke en buses. Tanto en Laos como en Camboya, en todos los autobuses (excepto los supercutres sin television), hemos sido sistemáticamente torturados con vídeos musicales locales. Es necesario poner el volumen a tope. Todos los vídeos se subtitulan como un karaoke. Las canciones son del tipo plasta-melódico-pastelón y los bailarines parecen invitados de boda que sólo mueven las manos a cámara lenta. La realización es estilo BBC (del típico cuñado que graba en Bodas, Bautizos y Comuniones).
Conozco torturas medievales menos crueles.

Es duro ver esto.

Es duro ver esto.

No hay cambio. Es muy habitual que cuando no se paga con el importe exacto en un comercio, no tengan cambio suficiente. Sin embargo, el comercio vecino siempre tiene. A veces el tercer o cuarto comercio vecino.

Durmiendo espero. No es raro ver en los mercadillos gente durmiendo sobre o junto a su mercancía. En los puestos de carne y pescado tienen un innovador artilugio para disolver el manto de moscas sobre sus productos cuando se acerca un cliente: una bolsa llena de aire atada al extremo de un palo agitada con evidente desgana por el dependiente.
En carnicerías y pescaderías, se ve con frecuencia que los pies desnudos del dependiente son su parte del cuerpo mas cercana al cuchillo y a la misma mercancía mientras trabajan.

¡Coco va! Están documentados estadísticamente ciertos casos de muerte por caídas de coco sobre la cabeza. En alguna playa pueden verse carteles de “Peligro, caída de cocos”. A mí me resultó gracioso ver a un camboyano saltar y correr asustado cuando oyó un simple crujir de una rama de cocotero.
Otra fantasía más que se queda por realizar: dormir la siesta en la playa bajo un cocotero.

En un restaurante, ¿es normal que…:
… sirvan los platos en orden aleatorio? … cuando un comensal acaba de comer otro no ha empezado? … cuando uno acabe el plato llegue la bebida? … se pasee un perro o un gato por la sala? … un gato se suba a la mesa para intentar arrebatar la comida del plato? … pongan un rollo de papel higiénico de servilletero como en un piso de estudiantes? … cuando le sirven a uno la comida, le digan que no tienen hielo, y no le pueden servir la bebida que ha pedido?
La respuesta es: SÍ A TODO

En un hotel, ¿es normal que…:
… no haya toalla, ni sabanas (o sea mejor no utilizarlas), ni papel higiénico, ni un solo espejo, haya fauna, el baño sea común, nunca se pueda apagar la luz desde la cama porque el interruptor está bien lejos, sólo hay un enchufe, las habitaciones no se limpian durante toda la estancia, a la llegada ni siquiera han vaciado la papelera de los clientes anteriores…
La respuesta es: NO, no es normal. En realidad lo que no es normal, es llamar hotel a los sitios donde me he alojado hasta ahora.

Visto sobre un retrete en Angkor (Camboya)

Visto sobre un retrete en Angkor (Camboya)


Busco patrocinador.

Contrariamente a lo que muchos puedan pensar, este viaje no se paga solo, y vivir en la carretera (sin cobrar por ello) es más duro de lo que parece.
Desde aquí ofrezco banners, fotografias con sus productos… a la empresa que me quiera patrocinar.
Quiero animar especialmente a cualquier empresa informática que pueda aportar uno de esos portátiles pequeños. También a empresas chocolateras, de ropa y equipamiento deportivo, de montaña y de viaje en general, cadenas de spas, agencias de viajes, gabinetes psiquiátricos, grupos de prensa…

Salut.

Anécdotas, curiosidades, y respuestas a preguntas jamás formuladas. Capítulo 1: Volvamos a la autoescuela (versión camboyana)

26 marzo 2009

Mi paso por Camboya me ha hecho replantearme si debo volver a la autoescuela para refrescar mis conocimientos, ya que veo que se han quedado algo desfasados. He aquí algunos ejemplos:

Llegamos a una rotonda. ¿En qué sentido circularemos por ella?
– Respuesta española: en el sentido contrario a las agujas del reloj
– Respuesta británica: en el sentido de las agujas del reloj
– Respuesta camboyana: por el camino más corto, sin olvidar hacer sonar la bocina

Esta senyal no venia en mi libro de la autoescuela

Esta señal no venía en mi libro de la autoescuela

Llegamos a un cruce, sin semáforo ni rotonda, entre 2 vías, una de 4 carriles, y la otra de 2, todas ellas infestadas de todo tipo de vehículos sobrecargados. ¿Quién tiene preferencia?
– Los que vienen por la derecha.
– Los que vienen por la vía principal.
– El todoterreno que es más grande y de paso amortiza el mataperros delantero y los airbag de serie.
– El tuk-tuk con más turistas.
– El que toque más fuerte la bocina. En caso de empate a decibelios, vence aquel cuyo claxon tenga mayor variedad de notas musicales.
– Todas las anteriores son correctas y simultáneamente aplicables.

Obviamente, la respuesta correcta es la última. Por un principio físico aún no demostrado científicamente, pero constatado empíricamente, pueden confluir en idéntico espacio y tiempo en un mismo cruce, sin dejar de avanzar en ningún momento, una cantidad indeterminada de motos, tuk-tuks, coches y algún peatón atravesando en diagonal.

Circulamos por la derecha en una vía de doble sentido y debemos girar a la izquierda. ¿Cómo proceder? Entre 50 y 200 metros antes, nos atravesaremos en diagonal por los carriles del sentido contrario, sin dejar de avanzar hasta que cambiemos de vía.

Los cambios de sentido están permitidos en todo momento y circunstancia.

Todas las vías son, de facto, de doble sentido. En ocasiones, todos los carriles son de doble sentido.

Situación autobiográfica: Viajamos en un tuk-tuk y nos encontramos con una valla en el camino. Sobre ella una señal que obliga a girar a la derecha. Ante ella, un policía para controlar la situación. ¿Qué hacemos? Seguir recto en sentido contrario, naturalmente.
¿Y en la siguiente valla?: Ídem.
Así hasta completar los 200 m. vallas en tuk-tuk (4 vallas en total).

¿Cuántas personas caben sobre una moto?
Sabemos que sobre la moto en circulación se puede hablar por el móvil, dormir, o cargar casi cualquier cosa: barras de hielo, cerdos, gallinas, escaleras de mano y muchos otros objetos pesados o voluminosos. Es habitual ver 2, 3 ó 4 personas sobre una moto. No es del todo raro ver 5. Y hace poco vimos 6 personas sobre una moto en circulación, uno detrás del otro, sin añadir ningún tipo de remolque o ayuda. Después volvimos a ver 6 personas en otra moto, pero estos habian añadido una plataforma detrás, a modo de alforja rígida, para llevar a 2 personas.
Reflexión: la capacidad real de una moto en Camboya es superior a la legal de un coche en España.
Corolario: En España somos unos derrochadores (y la culpa es del gobierno, naturalmente).

Salut

Documentado: Caben 6 personas sobre una moto con alforjas rigidas

Documentado: Caben 6 personas sobre una moto con alforjas rígidas

Un hombre solo

24 marzo 2009
Chapeau! (Foto: Rafael Herrero)

Chapeau! (Foto: Rafael Herrero)

En el camino de vuelta a Phnom Penh desde Sihanouksville, tuvimos una visión desde el autobús.  En pleno atasco divisamos a Max y Látigo, los madrileños que nos abandonaron en Vientiane, viajando en tuk-tuk.

A voz en grito los llamamos. Todos los pasajeros del bus estaban mirándonos atónitos. Pero conseguimos vernos, entendernos a berridos, y quedar. Y durante una par de días disfrutar de su inacabable anecdotario que los hacía ser el alma de la fiesta.

Y mis dos últimos días en Camboya pasaron entre visitas al Palacio Real, museo, masaje japones dado por ciegos, zumo de caña de azúcar, mi primera copichuela desde que empecé el viaje y echarme unas risas en buena compañía.

Y llegó el duro momento de la separación, que no por menos anunciada, ha sido menos dolorosa. Max y Látigo deben andar por Siem Reap. Patricia y Laura de voluntarias en un orfanato cerca de Phnom Penh. Y yo, he decidido seguir los sabios consejos de Begonya y hacer una escapadita a Koh Chang, una isla en el sur de Tailandia.

El viaje a Koh Chang se suponía que era de apenas 9 horas y media. Tardé entre 12 y 13 horas de hotel a hotel. Breve resumen, para no ser cansino: tuk-tuk, bus, paso de frontera, minibús, otro minibús, otro tuk-tuk, ferry, y un último tuk-tuk.

Son momentos duros los de la vuelta a la soledad del viajero de fondo. Entre Patricia y yo hacíamos uno, y ahora sin ella no soy ni la mitad de lo que fui. Las desgracias nunca vienen solas: mi estómago ha dejado de respetarme y un “lady boy” me ha sonreído.

Y encima, he perdido el boli.

Salut.

Battambang y Sihanouksville

21 marzo 2009

Después de Siem Reap fuimos a Battambang por una carretera que daba una tremenda vuelta para unir 2 ciudades que sobre el mapa están muy cerca.

Lo más interesante de Battambang es el tren de bambú. Una turistada que no tuve coraje de eludir. Se trata de una plataforma de bambú sobre la vía conducida por 2 niños por una recta con vías no tan rectas. Y vuelta al punto de partida. Lo curioso es que es un recorrido de vía única, y de cuando en cuando uno se cruza con otros trenes del mismo calibre. Cuando esto ocurre, los conductores de ambos vehículos se ponen a debatir quién pasa. Tiene preferencia el tren que lleva más gente. Aunque si hay un tren que lleva una moto, gana a todos los demás (algo así como un repóker de comodines). Cuando han hecho el recuento de fuerzas, se bajan los ocupantes del tren sin preferencia, descargan y desmontan la plataforma, ambos ejes y sus ruedas, y ceden el paso. No es por presumir, pero ganamos los 3 ó 4 enfrentamientos que tuvimos, y ninguna vez nos tocó desmontar nuestro tren.

Asi se monta el tren de bambu

Asi se monta el tren de bambu

Volvimos a Phnom Penh para acabar de realizar gestiones. Patricia esperaba recibir su tarjeta de crédito enviada desde España en la embajada francesa en Camboya. En Camboya no hay embajada española, y está representada por la embajada francesa. Un amable funcionario de la embajada había confirmado que ya la había recibido y que podíamos pasar a por ella. Y allá que fuimos. Conseguimos sortear a los funcionarios camboyanos de la puerta: primero simulando no entender inglés, y tuvimos que hablarles en francés. Después nos soltaron la manida frase “vuelva usted mañana”. Finalmente les dijimos que teníamos una cita con un señor, dimos el nombre del funcionario en cuestión, y nos dejaron pasar tras hacernos esperar 5 minutos en la calle porque sí. Control de seguridad: entrega de pasaportes, nos dan pases de visitantes y nos dejan sin móviles ni cámaras de fotos. Una vez dentro, pasamos por 2 funcionarios más (franceses en este caso), y accedemos al despacho del funcionario en cuestión. Y allí estaba nuestro amigo esperándonos con el sobre para Patricia. Para quedar bien yo le hablaba en francés, Patricia en inglés, y él nos salió hablando un poco de español: nadie hablaba su idioma, pero milagrosamente nos entendimos. Le dio el sobre, comprobó su contenido y departimos amigablemente sobre nuestro viaje, dónde íbamos a continuar… A la salida del despacho de ese señor tan cortés, colaborador y amigable, se me ocurrió curiosear la placa que había junto a la puerta. Se trataba del cónsul. Con razón nos abrieron rápidamente las puertas cuando dijimos que habíamos quedado con él.

Y nos pusimos a teorizar: ¿Por qué nos contesta el mismísimo Cónsul de la República Francesa en Camboya a los emails, y nos entrega personalmente el sobre, y se entretiene un rato hablando con nosotros…? ¿Tan poco trabajo tienen en la embajada como para que se entretenga con nosotros, que ni siquiera somos franceses? ¿Tenía el Sr. Cónsul la Wii estropeada, y se aburría? ¿Sarkozy le debe algún favor a Zapatero? ¿O todas las respuestas anteriores son correctas? Yo todavía no he llegado a una conclusión.

Con las gestiones resueltas, es momento de irnos a la playa, y partimos a Sihanouksville. Llevaba 2 meses sin ver el mar, y ya iba siendo hora. Nos alojamos en Serendipity Beach, a la que voy a rebautizar como Mendicity Beach.

La playa en sí es mala. Poca franja de arena inundada de mesas y tumbonas de bares. Si uno decide bañarse en el mar para refrescarse un poco, se encuentra con que el agua está caliente hasta el punto de convertirse en una temperatura desagradable por excesivamente elevada. Las barbacoas de pescado y marisco por la noche son lo más positivo del lugar. Durante el día uno puede pedirse un refresco por un precio razonable y permanecer tirado en una tumbona bajo la sombrilla todo el tiempo que quiera, o hasta que la dignidad le obligue a marcharse o pedir otra consumición.

Y llega el acoso. Vienen vendedoras a ofrecer langosta, piña, pulseras, manicuras, pedicuras, depilaciones, masajes… Una persona tras otra. Normalmente se quedan un tiempo insistiendo, incluso sentándose en la tumbona a la sombra un rato. Mientras, van pasando mendigos.

Lo de los mendigos es generalizado en toda Camboya. Es bastante duro verlos pasar y se ve gente que les da dinero, o ropa o comida. Nos hemos encontrado esta circunstancia en más de una ocasión: Por ejemplo, Patricia le dio comida a una persona que mendigaba, y se quejó.

En las guías se recomienda no dar dinero. Tampoco comida envasada sin abrir, para que no la revendan.

Básicamente hay 2 tipos de mendigo: el que lleva un niño de reclamo y los mutilados. Ambos tienen en común que ponen mala cara cuando se les da comida o ropa en lugar de dinero. Y hay otras variedades, como quien enseña un biberón vacío a la puerta de un supermercado, por ejemplo. Pese a haber tanta mendicidad, a mí me da la impresión de que Laos es más pobre que Camboya.

Mi idea antes del viaje era visitar en Camboya únicamente los Templos de Angkor y Pnom Penh, y huir rápidamente del país, tras una semana, ya que no conocía ningún otro lugar de interés. Finalmente, tras unas 2 semanas en Camboya, sigo sin conocer más lugares verdaderamente interesantes. Los templos de Angkor merecen por sí solos un viaje desde Europa, y Phnom Penh, como gran ciudad y capital que es, tiene cierto interés. El resto del país sólo lo recomendaría a alguien a quien le sobra tanto el tiempo como a mí.

Salut.

Soluciones a la crisis del agua.

Soluciones a la crisis del agua.

Siem Reap y los Templos de Angkor

16 marzo 2009

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Viajamos en bus a Siem Reap, abandonando temporalmente las orillas del Mekong, para dirigirnos al noroeste del país. Prácticamente el único motivo para viajar a esta parte del país, y para algunos turistas, el único motivo para venir a Camboya, es visitar los templos de Angkor.

Templos de Angkor

Templos de Angkor

Y eso hicimos. Alquilamos un tuk-tuk conducido por nuestro amigo Mao, para que nos hiciera el circuito por los templos principales durante el primer día. Laura aguantó medio día el sofocante calor. Patricia y yo acabamos el día como unos campeones hasta ver la caída del sol, y decidimos volver al día siguiente, para ver amanecer allí. Pocas veces me he levantado a ver los bellos amaneceres en la bahía de Jávea, pero ya se sabe que cuando uno está fuera de casa, hace cosas que normalmente no acostumbra a hacer.

El segundo día alquilamos una bicicleta para volver a los templos de Angkor, pero esta vez a hacer el itinerario largo. Entre 25 y 30 km según la guía. Si fue duro comenzar a pedalear a las 5 de la madrugada para ver amanecer en Angkor Wat, más duro fue pedalear a la vuelta bajo un sol de justicia.

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Y el tercer día, también vimos alguno de los Templos de Roulos, que también pertenecen al conjunto de los templos de Angkor pero que están más alejados. Teníamos que amortizar la entrada, que era válida para 3 días consecutivos. En realidad los vimos de camino para ir al pueblo flotante de Kompong Phhluk, a orillas del lago Tonle Sap. Fue una visita muy diferente a las demás, que pudimos tomarnos con mucha tranquilidad, y en la que casi no vimos ningún turista, ya que los autobuses no pueden llegar hasta allí. El tuk-tuk nos llevó hasta donde pudo, y cuando la carretera se puso peor (ya era bastante mala), el conductor separó el remolque de la moto, y junto a su primo el que nos estafaba con el barco, fuimos en moto por algo que pretendía ser un camino, en que el conductor tuvo que exhibir una combinación de técnicas propias de rallies y de trial. El pueblo está compuesto de casas sobreelevadas, algunas a más de 6 metros de altura, para no inundarse en la temporada de lluvias. Y después fuimos en barco a ver las casas sobre el agua, y a los pescadores y sus redes en el lago. Recordaba un poco a Cañas y Barro.

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También estuvimos en el mercado central de Siem Reap. Gracias a la intrépida Patricia, encontramos en la parte más fétida del mercado, junto al puesto de venta de cucarachas, gusanos y bichos varios, un par de puestos interesantes para comer y beber muy barato: un plátano frito a 0,10 euros, un vaso de leche de soja a 0,02 euros (al día siguiente ya había subido a 0,10), algo parecido a una ensalada que se pidió Patricia por 0,10 euros o un helado de complicado proceso de elaboración por 0,20 euros. Es una pena que mi subdesarrollado sentido del olfato frustre mis aspiraciones a convertirme en sumiller algún día, pero en este caso, me fue muy útil para permitirme comer en ese particular entorno sin ningún tipo de problema.

Salut.

Entramos en Camboya

10 marzo 2009

Las últimas 24 horas en Laos fueron un constante cálculo de cuánto dinero nos quedaba en moneda local (kips), para gastarnos exactamente el dinero que llevábamos, pudiendo pagar todo, y que no nos sobraran kips que no podremos utilizar fuera del país. Esta circunstancia nos ha permitido probar el masaje laosiano, y cenar en un restaurante al que vimos buena pinta. Cuando digo que le vimos buena pinta, fue bajo el viciado punto de vista español: “si hay mucha gente, es que se come bien”. Trasladando la situación a Laos descubrimos, demasiado tarde para nuestra desgracia, que en Laos: “si hay mucha gente, se espera más aún para comer”. Y batimos nuestro récord de espera para ser servidos: 80 minutos (1hora y 20 minutos, sí señor) desde el momento de pedir hasta que nos sirvieron.

Finalmente abandonamos Don Det (Laos) en dirección a Kratie (Camboya). Volvemos a la concatenación de medios de transporte: barco, inexplicable espera en el muelle (en realidad una playa de río), nos reencontramos con los catalanes (3 días sin vernos ya era demasiado), y tomamos un minivan (“fregoneta de pasajeros” para los amigos) para llegar hasta la frontera. Aquí voy a poner un punto y aparte, que el paso de frontera lo merece.

El minivan nos suelta junto a una caseta en la carretera, donde nos cobran por el visado de salida de Laos. Según nos dicen, nos cobran más por ser sábado. Elaboremos una teoría al respecto para buscarle la lógica: Al funcionariado laosiano no se le incluye el menú en el sueldo, y claro, todos sabemos que los sábados no hay menú del día. Eso no se paga solo, ¡pues que pringue el incauto turista!

Una vez abonada la tasa y con el sello de salida en nuestro pasaporte nos dicen que vayamos a la frontera camboyana a pie, durante 200 ó 300 metros por la carretera en tierra de nadie, mientras el minivan, sin pasajeros, nos adelanta para llevar allí nuestras mochilas.

Al llegar a la frontera camboyana, rellenamos la solicitud de entrada al país, nos entregan el visado de entrada a Camboya, y naturalmente nos lo hacen pagar.

Recogemos nuestras mochilas que han sido amablemente amontonadas en la cuneta, y parece que ya estamos en Camboya. ¡Error! Hay una cola más que lleva a otra caseta junto a la carretera en la que hay 3 funcionarios (militares) de sobornable aspecto. Los 3 están sentados alrededor de una mesa hablando de sus cosillas y repartiéndose el trabajo: funcionario recaudador (y van 3 veces que pringamos) y mirador de pasaportes y rostros de turistas, funcionario sellador, y funcionario grapador. Éste último era el que entregaba el pasaporte y acababa siempre pidiendo 1 dólar (que ya pagamos anteriormente al funcionario recaudador), por si colaba.

Y ya estamos en Camboya. En la carretera hay un autobús y 3 coches. Tras preguntar varias veces dónde nos tenemos que subir los que vamos a Kratie, ya hemos obtenido varias respuestas distintas: en el autobús, en un autobús que vendrá luego, en los coches… Finalmente parece que vamos en los coches. Cuando vamos a subirnos, vemos que ya llevan 6 personas cada uno (2 delante y 4 detrás) y que no entramos ni con calzador. Nos dicen que sí cabemos, que pasemos 2 más. Nos negamos rotundamente, y tras varios cambios de opinión de los “responsables” de llevarnos a destino, acabamos hacinados en el autobús. Con gente sentada en el pasillo, con las mochilas al final del autobús con peligro de caer sobre los que se sientan en la última fila (estuvieron ágiles y pillaron alguna al vuelo), y más mochilas a lo largo del pasillo. Antes de partir, subió otro funcionario, con aspecto más sobornable aún que los anteriores, a pedir que le enseñáramos los pasaportes. Tras una hora en bus atravesamos el primer puente que he visto sobre el Mekong, hacemos una excesivamente larga parada para comer, y nos trasladan a otro minivan. Una vez lleno de pasajeros el minivan, con nuestras mochilas en el techo, se inicia un incómodo viaje.

Pese a estar lleno (recordemos: concepto europeo de llenado), el minivan se sigue llenando, hasta que tienen que poner a un camboyano sobre el techo, con las mochilas. De repente, paramos en mitad de la carretera. El conductor decide retroceder varias decenas de metros, y para redondear la pirula, se para en el carril contrario pisando ligeramente la mediana. Mientras vemos que nos esquivan los vehículos que circulan en sentido contrario, por el carril que se supone que es el nuestro. El conductor se baja y recoge de la carretera el tabaco y el mechero que se le habían caído al individuo que “vigilaba” nuestros equipajes sobre el minivan, y se los devuelve.

Y de ahí a Kratie, nuestra primera parada en Camboya.

Bebiendo coco

Bebiendo coco

De Kratie poco puedo contar. Como las 4000 islas, es un lugar desde el que se puede ir a ver los delfines de río, de lo cual pasamos. Y decidimos ver el sol ponerse sobre el Mekong bebiendo agua de coco, del mismo coco, recién abierto. Saqué la navajita suiza que me regalaron los padres de Nuria y estuvimos un buen rato comiéndonos el coco.

Parece ser que la electricidad aquí es muy cara. Como en Laos, la misma habitación tiene precio distinto (a veces el doble), según si se quiere que conecten el aire acondicionado o no. En el hotel de Kratie, para asegurarse de que no dejábamos encendido nada, quitaban los plomos desde recepción cada vez que salíamos a la calle.

Al día siguiente viajamos a Phnom Penh, la capital, tras otra paliza en bus. Esta vez no cambiamos de bus, pero sí que hicimos algunas paradas. Una de ellas en un restaurante-vertedero. Debo confesar que en este viaje los niveles de higiene van descendiendo paulatinamente. La suciedad se percibe visual y olfativamente. Se ve mucha gente sucia. En la capital especialmente, se ven muchas personas, especialmente mujeres y niños mendigando. También es impactante la cantidad de mutilados que se ven, atribuidos a las minas.

Silencio roto (no pega, pero a mí me gusta)

Silencio roto (no pega, pero a mí me gusta)

Phnom Penh es una ciudad enorme, ruidosa, sucia, caótica en cuanto a circulación aunque muy ordenada urbanísticamente, y que ofrece bastantes posibilidades comparado con lo que hemos visto las últimas semanas. Como hemos estado arreglando papeles y haciendo compras, no hemos visitado prácticamente nada todavía. Así que eso quedará para otro post.

La única visita interesante que hemos hecho en la capital ha sido a unos campos de exterminio a las afueras de la capital, de la época en que los jemeres rojos de Pol Pot hacían de las suyas. Se ven hoyos de lo que fueron algunas las fosas comunes, ropa a medio desenterrar, y una monumental estupa con unas 8000 calaveras humanas. Pese a no estar muy explicado, hay que reconocer que impresiona.

Salut.

El típico restaurante de 3 palillos

El típico restaurante de 3 palillos