Archive for the ‘Indonesia’ Category

Me siento realizado

1 noviembre 2009

Entrevista03

Texto: JUANJO M. / Reportaje gráfico: RAFAEL HERRERO. Madrid.

Al sentarse en una cafetería, Diego (Valencia, 1974) está haciendo varias cosas para las que probablemente haya perdido la costumbre: no carga con una mochila de entre 12 y 14 kilos; no tiene que regatear el precio de la cerveza; y está en Madrid, España, donde el ritmo de la ciudad le resulta extraño después de recorrerse media Asia, de Tailandia a Camboya, pasando por India, Indonesia, Laos, Malasia, Nepal o Singapur. Esta es la factura: el viaje ha costado unos 8.000 euros, unos cuantos kilos perdidos, bastantes sudores, y muchas, cuenta, emociones compartidas con otros viajeros.

P. Nueve meses después, llegas al aeropuerto de Barajas. Entonces…
R. Lo primero que pienso al volver a casa es en ver a la familia, en que me estaban esperando. Pienso en que alguien me espera en el aeropuerto, en que hay un coche de verdad, en que no me tengo que pelear para llegar a casa, en que no tengo que buscar alojamiento…fue mucha relajación con respecto a la tensión del viaje y el buscarme la vida cada día. Ahora estoy más tranquilo.

P. ¿Cuántas veces te han preguntado por qué? ¿Por qué este viaje? ¿Por qué ahora? ¿Por qué hasta allí?
R. Continuamente. Creo que parte de mi familia y de mis amigos, simplemente, no lo entienden, y lo consideran una locura. Los viajeros se pueden clasificar en los que buscan algo o huyen de algo y los que simplemente viajan por placer. Están los que viajan porque quieren y los que huyen de malas épocas en casa, por salir de una depresión, porque están insatisfechos con la vida que llevan… yo estaba en un momento muy bueno, de familia, de amigos y de trabajo.

P. Y aún así, te marchaste.
R. Como inversión es una mala inversión, sin duda, desde el punto de vista financiero. Desde el personal, de lo que a uno le aporta, no tiene precio, vale muchísimo más que lo invertido. Me he sentido muy realizado, porque es una idea que traía desde hace muchos años y a la que siempre veía alguna pega. Le he dado forma y ha salido un viaje largo, improvisando y cambiando de ruta. Me apetecía muchísimo hacerlo y no quería que pasaran muchos años más: ahora tengo la fuerza física y no tengo ataduras familiares.

P. ¿Por qué esta vez no había pegas?
R. Porque sabía que tenía cierto dinero en el banco, que ya había hecho un viaje similar, de sólo un mes, a Vietnam, en 2007, y ya conocía a gente que lo había hecho.

P. Así que las probabilidades de morir en el intento…
R. Eran bajas, sí.

P. Durante el viaje, ¿ha habido más gente que te haya intentado ayudar o que te haya intentado engañar?
R. Ha habido más gente que me ha intentado engañar. Si por engañar entendemos sacarme el dinero, por supuesto. La cara de dólar la lleva uno puesta siempre por ser occidental. Algunos de ellos ven un saco de dólares andantes: no distinguen al que viene con un presupuesto de 500 dólares al mes del que viene tres semanas y se gasta 4.000 euros. Son todo blancos, occidentales, que vienen con mucho dinero. Una cosa muy desagradable: me han ofrecido muchísimas drogas. El mochilero, en general, no es putero, pero sí hay algunos a los que les gusta consumir drogas.

P. ¿Quién te ha marcado?
R. Patricia y Romain, principalmente. Nos hemos entendido muy bien. También estuve con Max y Látigo, que son Rafa y Marcelo, dos madrileños con los que coincidí en Laos y Camboya. Los sentí muy cercanos. La semana pasada me encontré con un e-mail de la familia de Marcelo diciéndome que había muerto y convocándome a su funeral. Yo no sabía nada. Pude ir y ver a Rafa: le habían encontrado un melanoma a finales de abril, al poco de volver a Madrid, y a mediados de septiembre murió. Ha sido una experiencia dura. Marcelo tenía el sueño de hacer el viaje…

Entrevista02

P. ¿Qué has aprendido?
R. Me he dado cuenta de que me gusta escribir. Hasta ahora no lo sabía. El viaje me ha aportado mucha seguridad en mí mismo, tranquilidad y menos prisas.

P. ¿Y te has sorprendido contigo mismo?
R. Físicamente, quizás sí, por adaptarme a sitios diferentes, andar mucho, con algunos trekkings muy duros, y por dormir en sitios malos y seguir al día siguiente. En el norte de India hubo trekkings que fueron una prueba de superación, en parte física pero también con una gran dureza mental, por el esfuerzo de seguir adelante, de creer que uno puede seguir. Con uno de ellos, al final, no pude.

P. Habría días en los que te dijeras… ¡quién me mandaría meterme en esto!
R. Para nada. He tenido días más cansados, pero siempre lo he tenido claro. Al principio de Indonesia estaba un poco más desanimado, más débil físicamente…

P. ¿Ha habido algún momento más asqueroso que el templo de las ratas?
R. Probablemente, sí. Nunca he querido publicar las fotos, ni siquiera hacerlas… pero algunos váteres y algunos olores de India. Al llegar fuimos con un taxista que estaba realmente loco, pitando y en contradirección. Cuando llegamos al barrio en el que estaba el hotel, la calle estaba sin asfaltar, había muchísimas vacas y cuando llegó a una calle vacía, en medio de la oscuridad, nos dijo: ‘Ahí está el hotel’. Yo no me quería bajar del coche, porque no veía el hotel. Nos acompañó a una calle a la vuelta de la esquina, todavía peor, más pequeña, y con unos urinarios que echaban un olor terrible, muy muy duro. Al final de esa calle estaba el hotel.

P. ¿Aprendes a apreciar cosas que dabas por supuesto?
R. No he pasado hambre, pero he echado de menos cosas tan simples como el queso, la leche o el chocolate. Lo que he echado mucho de menos son los amigos de siempre, tener una conversación sobre cosas de toda la vida. Eso me ha faltado: dar un abrazo a un familiar, a un amigo. He estado muy bien, he conocido a gente muy interesante que quiero mantener como amigos, pero no había un pasado común, y eso lo he echado de menos.

Entrevista01

P. “Aquí estoy, mamá” dice el blog. Ya puedes ser sincero. ¿Cuántas veces te has puesto enfermo?
R. Enfermo de verdad, cero. Problemas de estómago he tenido con frecuencia. Con la medicación que llevaba se me curaba enseguida, hasta el punto de que al final probé a no tomar nada y se me pasaba. Hubo un momento en el que me dejé de poner repelente antimosquitos, porque olía fatal y no me apetecía: prácticamente no me han picado. Dejé de tomar las pastillas antimalaria, consultando previamente con mi farmacéutico en Valencia, y no las retomé, aunque guardaba unos cuantos comprimidos en la mochila por si tenía síntomas. Tres veces, quizás, tuve dolor de cabeza. Y, por supuesto, el mal de altura del que ya hablé en el blog.

P. ¿Cuántas veces te han robado?
R. No me han robado nada y no me han intentado robar ni una vez. Una vez me olvidé el teléfono y no me ayudaron a recuperarlo, aunque sé que lo podían haber hecho. He sido muy precavido. No era un objetivo muy atractivo para robar, porque no llevaba cosas de valor…y en India llevaba la mochila atada al vagón del tren o al autobús con una cadena y un candado.

P. ¿Te han ofrecido sexo por dinero?
R. Algunas veces. En Tailandia, Laos y Camboya… con menos frecuencia cuando iba con chicas.

P. ¿Cómo son los niños en Asia?
R. Cambia según el país. En algunos sitios se utilizan para pedir dinero. En Indonesia venían detrás de mí para hacerse una foto y ya está. En India o Nepal sí es muy habitual que te insistan pidiendo un bolígrafo, dinero o caramelos.

P. ¿Te has sentido en algún momento descubridor, el primer blanco que aparecía por ahí?
R. De los primeros no, de los pocos sí.

P. En tu última entrada en tu blog, escribes de Anna, que se marcha para Asia justo cuando tú has vuelto. ¿Cuál es tu consejo?
R. Infórmate. Lee guías, pregunta, pregunta y pregunta para que te vayan aconsejando.

P. ¿Y ahora qué?
R. Eso querría saber yo. Quiero ir a Valencia, ver a mi gente y asentarme. Por supuesto, tendré que trabajar. La hipoteca no se paga sola.

Fin de las Célebes

8 octubre 2009
Tangkoko: dos tarsiers en el interior del tronco de un arbol.

Tangkoko: dos tarsiers en el interior del tronco de un árbol.

La vuelta a Manado, desde Bunaken, constituyó la despedida, definitiva esta vez, de mis amigos alemanes. Desde Manado hice una excursión de un día a Tangkoko. La reserva natural de Tangkoko, en las costas del mar de las Molucas, es el punto más al este de mi viaje, allá por el meridiano 125, superando en orientalidad a Flores. Por Tangkoko estuve paseando varias horas con un guía, gracias al cual no sólo no me perdí, sino que además pude ver unos cuantos animales que hubiese sido incapaz de ver por mí mismo. Unos macacos negros en peligro de extinción, cálaos y tarsiers, el auténtico emblema del parque.

Tangkoko: calao alimentando a sus crias.

Tangkoko: cálao alimentando a sus crías.

Para ver los cálaos tuvimos que esperar silenciosamente tirados sobre una hoja de palmera en medio de la selva, hasta que se acercó uno que alimentaba a sus crías. Los tarsiers, que yo sólo había visto en el zoo, son los menores primates del mundo, y sólo existen en Sulawesi. Eso es lo que me vendieron, aunque tengo entendido que también los hay en Filipinas. Conseguí ver muy pocos, pero puedo darme por satisfecho, ya que además de ser tímidos y huidizos, son animales principalmente nocturnos.

Macacos negros en Tangkoko: ¿Aquí te duele?

Macacos negros en Tangkoko: ¿Aquí te duele?

Y es que Sulawesi ya fue objeto de debate entre Wallace y Darwin por la peculiaridad de su flora y fauna, generando teorías evolucionistas, apoyadas después tambien por geólogos, sobre la división miles de años atras entre Asia y Oceanía. En cambio, yo no he sido capaz de formular ninguna teoría que explique cómo es posible que en una isla repleta de árboles de cacao, sean incapaces de hacer buen chocolate. El próximo viaje tendrá que ser a Suiza, Bélgica o la Vila Joiosa, donde prometo seguir investigando.

De regreso de Tangkoko a Manado, vi un lugar curioso, poco habitual en los itinerarios turísticos. En Sawangan, cerca de Airmadidi, hay un pequeño cementerio precristiano, rodeado por uno cristiano mayor y más moderno. Este pequeño cementerio tiene unas tumbas de piedra, asentadas sobre un pilar, llamadas warunga, sobre las que hay esculpidas escenas relativas a la vida, principalmente profesional, del difunto.

Tumbas warunga cerca de Airmadidi.

Tumbas warunga cerca de Airmadidi.

Como curiosidad culinaria, y como una muestra más del desprecio con que trato a mi estómago y paladar, en Manado se me ocurrió pedir un café con cacahuete y helado de vainilla. El típico postre-café que cuando uno ve en la carta, no puede resisitirse a pedir. Me quedé sin probarlo porque, según me dijo la camarera: “tenemos café, cacahuete y helado de vainilla, pero se nos ha acabado la fanta de fresa”. Ante lo que yo suspiro de alivio, ya que la inclusión de dicho refresco en la mezcla, sobrepasa los límites de lo tolerable incluso para mí. Dos actitudes típicas indonesias se ven reflejadas en este caso:
1. No indicar los verdaderos ingredientes en el menú, con lo que uno se arriesga a desagradables sorpresas.
2. Perpetrar imposibles mezclas con hiperglucémicos ingredientes.

Todo el recorrido que he realizado por el norte de Sulawesi ha resultado muy caluroso. Excepto Tomohon. Tomohon es una localidad cercana a Manado, pese a lo cual he cambiado varias veces de transporte para llegar a ella. Desde aquí he visitado el lago Tondano, también tras varios cambios de transporte pese a estar muy cerca. Un lago de aguas muy encrespadas, teniendo en cuenta que se trata de un lago. Otra visita interesante, por la que vale la pena acercarse a este lugar, es la subida al Gunung Lokon (volcan Lokon). Me alojé a los pies del volcán. Se puede ir a otro volcan en las cercanías en coche, y hacer un último tramo a pie de apenas una hora. Como es lógico, en cuanto encontré una opción más larga y difícil, fue la que elegí. Una vez ya habíamos subido hasta el borde del cráter, el guía me advirtió de que hiciera las fotos rápido, y que nos alejáramos de allí cuanto antes. Después me comentó que si hubiese preguntado en el centro de vulcanología no nos hubiesen dejado subir, debido a las emanaciones sulfurosas. Lo que realmente se ve desde el cráter, es una humareda que sale del mismo. Según la dirección del viento, cuando el humo escampa ligeramente, se pueden ver las verdes aguas del lago rodeadas de paredes teñidas de amarillo por el azufre. El mismo concepto que el Kawah Ijen, en la isla de Java, pero a menor escala. Sin embargo, en Java, a nadie parecía preocuparle la toxicidad de las emanaciones, aparentemente mucho mayor.

Crater del volcan Lokon.

Cráter del volcan Lokon.

He seguido recibiendo alguna que otra llamada de mi adolescente acosadora, hasta que un drástico, repentino e inesperado acontecimiento acabó con toda comunicación entre ambos. Perdí mi teléfono móvil. Ahora me siento a la vez tan desorientado como feliz, y tan libre como perdido. Resumiendo: como siempre.

Y en Manado, ciudad con puerto y aeropuerto, se me acaba la isla. Y una vez finalizadas las Célebes tengo un par de archipiélagos al alcance en barco: las Molucas y las Filipinas. O bien puedo dar el salto a otro lugar, ya que hay conexiones con Yakarta, Bali, Kuala Lumpur, Singapur o Bangkok. Pero eso ya es materia del proximo post.

Salut.

Norte de Sulawesi

5 octubre 2009
Playa de Bunaken.

Playa de Bunaken.

A la llegada a Gorontalo me separé de los alemanes con los que viajé un par de semanas y me he reencontrado con otros viajeros que conocí anteriormente. En Gorontalo he consagrado casi todo mi tiempo a ponerme al día después de un par de semanas en que el mundo ha estado aislado de mí. He estado escribiendo artículos atrasados en el blog y pidiendo disculpas a todos los que me han abroncado por desaparecer sin avisar. Insisto en que yo no sabía que iba a estar tanto tiempo incomunicado y en que no lo volveré a hacer, de momento. Incluso mi acosadora adolescente de Rantepao, de quien creía haberme librado, me ha llamado y me ha preguntado por qué he tenido el móvil apagado tantos días. En Gorontalo me he vuelto a encontrar con los lujos propios del mundo occidental impensables días atrás. Tengo una habitación con electricidad y agua corriente las 24 horas del día, con ventilador y una ducha de esas en que cae el agua desde arriba. Lo malo es que al ser un lugar asfaltado, ya no puedo andar descalzo de modo ininterrumpido durante días y días.

Tomé un coche para ir a Manado, en el extremo noreste de esta isla de silueta tentacular. No creo que la forma de Sulawesi sea asimilable a nada que yo haya visto anteriormente. Este trayecto, de apenas nueve horas, es uno de los mas plácidos que he hecho en mucho tiempo. Viajaba con una familia musulmana, cuyas dos niñas estaban monísimas con su velo puesto. Para dejar de sufrir, tuvieron que dejar de presumir. Hacía tanto calor, que les quitaron el velo a ambas para que no se derritieran.

El norte de Sulawesi es la zona más desarrollada de la isla, y las carreteras son decentes. Durante el camino se ven con gran frecuencia grupos de personas, generalmente dos niños, agitando una caja a ambos lados de la carretera. Se trata de peticiones de donativos para construir una iglesia. Se ven muchos conductores que realizan donaciones, y muchas iglesias en construcción. Será por falta de cooperación, desconocimientos de las sinergias, o exceso de corrupción, pero no pronostico grandes avances en el futuro inmediato de la construcción. Hay pequeños pueblos que pueden llegar a tener hasta diez iglesias en construcción, cuando con el mismo trabajo, tiempo y dinero, podrían tener dos magníficas iglesias concluidas. La cara práctica, aunque ajena a cualquier política de riesgos laborales, es que no les importa celebrar misa en una iglesia a medio construir.

La primera impresión de Manado, por cuyos alrededores tengo previsto moverme durante una semana, es de una ciudad grande e inhóspita. Inmediatamente decido que me marcharé lo antes posible, aunque tenga que volver más adelante. El día de mi llegada veo un restaurante con aspecto guarro, pero poco, lleno de indonesios. Fue un acierto por la relación cantidad-precio de la comida, si bien el altavoz a todo volumen con la banda sonora del muecín llamando a la oración, resultaba incómoda, además de prescindible.

Fotografia del puerto de Manado tomada durante el proceso de negociacion.

Fotografía del puerto de Manado tomada durante el proceso de negociación.

A la mañana siguiente huyo a Bunaken. Voy al puerto de Manado y se me acercan numerosos indonesios con la intención de ayudarme a ir a Bunaken a buen precio (para ellos). Veo que es muy caro. Me alejo unos metros. Me siento a la sombra. Se me acerca otro amable indonesio con una oferta no tan buena. Rechazo la oferta con sonrisa hipócrita. Le digo que esperaré a que lleguen más incautos turistas con los que compartir barco y así poder rebajar el precio. Me dedico a leer sentado en un bordillo. Se me acercan dos más con una oferta que se encamina a lo razonable. La rechazo de nuevo. Paseo haciendo fotos por el mercado de los alrededores. Me persigue un indonesio ofreciéndome el precio que yo había dicho. Acepto. En tan solo 45 minutos deambulando sin rumbo conseguí cerrar la negociacion por el 40% de la oferta inicial.

Bunaken es una isla frente a las costas de Manado que se jacta de tener los mejores fondos marinos de las Célebes. Tiene numerosos arrecifes coralinos con enormes paredes que justifican el peregrinaje de muchos buceadores. Prácticamente todos los hoteles tienen su propio centro de buceo. La playa frente al hotel es una franja de arena rodeada de vegetación por la parte de tierra, y también por la parte del agua, donde los manglares impiden en gran parte la visibilidad. Frecuentemente hay zonas sin manglar por donde entran y salen los bañistas y los barcos, que quedan varados en la arena con la marea baja.

En Bunaken conocí a tres catalanes, Jose, Gemma y Eduard, expertos buceadores, con los que compartí una de las sesiones de buceo. Hablando de nuestros viajes, Gema hablo de un blog que había leído, y comentado con Eduard y Jose, que resultó ser este. Me resultó muy sorprendente encontrarme con fans míos, y claro está, ellos tampoco pensaron en que nos encontraríamos en persona.

Salut.

Bunaken: buceando con fans (yo soy el de la camiseta).

Bunaken: buceando con fans (yo soy el de la camiseta).

Las paradisiacas islas Togean

1 octubre 2009
Atardecer en el embarcadero de Malenge.

Atardecer en el embarcadero de Malenge.

Las Togean constituyen un archipiélago de pequeñas islas en el golfo de Tomini, ligeramente al sur del Ecuador. Se trata de un lugar paradisiaco, conservado todavía razonablemente bien, gracias a que es relativamente complicado acceder a ellas y a que a nadie se le ha ocurrido todavía plantar un hotelazo aquí. O lo que es lo mismo, pero dicho con palabras de sesudo estudio realizado por una universidad: “La planta hotelera media de las islas Togean es de una calidad cutresalchichera“. En las Togean están algunos de los mejores arrecifes de coral de Indonesia, y en gran medida los hoteles viven del buceo. Además no hay cobertura, con lo que queda aparcado el tema del acoso telefónico al que me sometía la colegiala de Rantepao.

Pez leon en Fadhila.

Pez león en Fadhila.

La mayoría de islas son muy pequeñas y están desiertas. Hay algunas pequeñas poblaciones, generalmente asentadas parcialmente sobre tierra y parcialmente sobre pilares en el mar. Las habitaciones en las que me he alojado estaban a una distancia de entre 5 y 25 metros del mar, en gran parte dependiendo de la marea. Esto no supone ningún problema para dormir, ya que el mar es extraordinariamente tranquilo en este lugar.

La rutina diaria ha consistido en un sinfín de variadas actividades como baño madrugador, desayuno, baño matutino, buceo, comer pescado con arroz, lectura, siesta, baño vespertino, lectura, fotos del atardecer, cenar arroz con pescado, charla, partida de backgammon o cartas, baño nocturno y a dormir. Y así un día tras otro. En definitiva, una agenda tan cargada como la de un ministro.

Toma cangrejo!

¡Toma cangrejo!

Buceando se ve una gran variedad de tipos de coral y otra fauna marina. Se ven muchísimas estrellas de mar, y algunos peces león y nemos, por ejemplo. En la orilla se ven unos peces que saltan de la arena al agua y viceversa, y muchísimos cangrejos. Entre los cangrejos esta el curioso caso de los cangrejos okupas. (Quizá ese no sea su nombre científico exacto). Viven dentro de conchas de caracol y a medida que van creciendo, van cambiando a otras de mayor tamaño. Algo similar a la estrategia del caracol, de la homónima pelicula colombiana de los noventa. Algunas playas están infestadas de este tipo de cangrejo. Si bien el tipo de cangrejo más conocido de las Togean, pese a tratarse de una especie en peligro de extinción, son los cangrejos de los cocoteros. Pueden alcanzar los cinco kilogramos de peso, y llegar a tener pinzas capaces de amputar una mano a una persona (o eso dicen), siendo los mayores artrópodos terrestres del mundo. Eso de los artrópodos no tengo ni idea de qué es, pero lo he leído en la guía y he pensado que quedaba bien escribirlo. El único que conseguí ver era bastante menor, pero no se me ocurrió acercarle el dedito para ver qué pasaba. Para acabar con los animalitos, una noche recibí en mi habitación la visita de un maldito roedor que intentó robarme los cacahuetes que tenía junto a la cama. Me habían advertido de que colgara la comida, pero ese día me despisté, y ya se sabe que los ratones no perdonan.

Un par de cangrejos ocupas en mi mano.

Un par de cangrejos okupas en mi mano.

En las Togean abunda un tipo de plancton que brilla en la oscuridad al mover el agua. Aunque me consta que existe en algún que otro punto del Mediterráneo, yo nunca lo había encontrado antes, así que no tuve más remedio que probarlo, para poder rellenar un parrafito de mi blog. Una noche estuve buceando rodeado de ese plancton. Se ve la imagen, en plena oscuridad, de un montón de chispas que conforman entre todas la silueta de un nadador, como si fuera un superhéroe cósmico viajando por los confines del universo. Como verse a uno mismo es complicado, lo más espectacular es bucear con más gente y contemplar los movimientos de los demás.

Apenas le hice la foto, salto de mi mano.

Apenas le hice la foto, saltó de mi mano.

Desde Wakai, nuestro puerto de llegada a las Togean, fuimos inmediatamente a otra isla llamada Kadidiri, donde hay tres hotelitos en una pequeña franja de playa. En Kadidiri me alojé en el que probablemente sea el mejor hotel de las islas. Allí cada día era diferente: uno sin electricidad, otro sin agua corriente…

Se me ocurrió inscribirme en un curso de buceo, ya que me encontraba en un lugar ideal para ello. Tras una primera introducción más o menos exitosa, no me acabé de sentir a gusto, y decidí no continuar, y mantenerme en el buceo con tubo por la superficie, como había venido haciendo hasta ahora.

Atardecer en el embarcadero de Malenge.

Atardecer en el embarcadero de Malenge.

De la isla de Kadidiri, pasé a la de Fadhila. Desde Fadhila, que queda frente a la poblacion de Katupat, contratamos una excursión en que estuvimos buceando en un par de atolones. En un caso por la cara externa y en el otro dentro de la laguna interior. Después comimos en otro islote, en una playita sólo accesible por mar. Y desde la isla de Fadhila a la de Malenge, permaneciendo en total unos diez días en estas pequeñas islas.

Islote Papan y pueblo bajo desde nuestra playita.

Islote Patan y pueblo bajo desde nuestra playita.

En Malenge nos alojamos en unas pequeñas cabañas, también junto a la playa. En realidad, aquí no hay nada lejos de la playa. Desde la hamaca del porche se ve el pequeño cementerio de la explanada frontal y el islote Patan. Este islote está ocupado por un pueblo bajo. No se trata de una población de menor estatura, como parece indicar la palabra. Los bajo, son también llamados los gitanos del mar o los nómadas del mar. Viven principalmente en casas sobre pilares en la orilla, y hasta hace poco eran auténticos nómadas que trasladaban sus barcos segun las inclemencias climáticas o políticas. En este caso concreto hay una pasarela que une la parte del pueblo que hay en el islote con la que hay en tierra firme. Visitamos ambas partes y fuimos recibidos con entusiasmo por niños y señoras que querían que les hiciéramos fotos. También insistieron en enseñarnos un cocodrilo que tenían en la parte trasera de la casa. Para demostrarnos su fiereza, lo azuzaban con un garrote que partió de un certero golpe de mandíbula.

Cocodrilo acosado.

Cocodrilo acosado.

Salir de las islas Togean, al igual que llegar a ellas, o desplazarse entre las mismas, puede ser complicado. Confiamos en poder tomar el barco público semanal que nos debía llevar desde Malenge a Gorontalo en apenas 12 horas. Este barco es seis veces más barato y tres veces más lento que uno privado (si se consigue suficiente gente para llenar el privado). Según mi guía los barcos a Gorontalo salen los miércoles. Según informaciones más recientes de otros viajeros, sale los sábados. En las Togean nos dijeron que sale los lunes. Casualidad o no, el lunes tomé un barco de madera desde Malenge a Gorontalo, con parada en Dolong. En el barco había camarotes, cuya reserva descarté, ya que calculo que a duras penas cabía en las literas en posición fetal. En otra zona del barco había dispuestas numerosas colchonetas, demasiado estrechas y cortas para un occidental, alineadas una tras otra en dos alturas. Aquello parecía un horno con dos bandejas: todos tumbados de modo casi superpuesto, con un calor terrible y bien ahumado, que los indonesios no se privan de fumar en ningún sitio. Los siete turistas que íbamos a bordo dormimos tendidos sobre la cubierta de madera. De este modo tan romántico es como atravesé la línea del Ecuador por mar, contemplando el cielo estrellado desde la proa de un bajel, acaricicado por la brisa marina. Desde ese mismo lugar vimos despuntar los primeros haces de luz solar tras las montañas que se alzan a espaldas de Gorontalo, nuestro destino final, ya en el norte de Sulawesi.

Salut.

Camartore de proa al amanecer: en ese huequecito fue en el que dormí.

Camarote de proa al amanecer: en ese huequecito fue en el que dormí.

De Rantepao a las islas Togean por Sulawesi Central

30 septiembre 2009
Nuestro bus de Rantepao a Tentena. Reubicacion de la carga.
Nuestro bus de Rantepao a Tentena. Reubicación de la carga.

Tras más de una semana en Tana Toraja, llega el momento de abandonar Rantepao y seguir ruta hacia el norte. Para ir de Rantepao a las islas Togean, hay que atravesar Sulawesi Central, una región mayoritariamente musulmana y azotada por el terrorismo en los últimos años. Además hay que tener en cuenta que nos encontramos en los últimos dias de Ramadán, y durante el Idul Fitri es más difícil viajar por el gran aumento del número de desplazamientos entre los musulmanes. Sigo el viaje con dos de los tres alemanes con los que hice el trekking, dirigiéndome inicialmente hacia Tentena. El trayecto se preveía de once horas, así que nos armamos de paciencia y no nos confiamos, pese a que había muchas plazas libres al principio. Mi asiento es demasiado estrecho para mí, y casi para cualquier occidental, pero como los indonesios son pequeños, supongo que a mi compañero de viaje no le importará que le invada ligeramente su asiento. El bus se fue llenando con tan mala fortuna, que a mi lado se sentó una señora de oronda silueta que me oprimía cruelmente contra la ventanilla y que al mismo tiempo rebosaba lorzas por el lado del pasillo. Para colmo, llevaba un montón de trastos que dispuso en el suelo, y un bebé. Hubo un momento en el que la señora colgó una sábana del riel central del bus, la ató como un hatillo y dejó que el bebé se balanceara a merced del vaivén generado por las numerosas curvas de la caprichosa orografía de las Célebes.

Detalle interior de nuestro bus de Rantepao a Tentena. Lo que cuelga es el bebe durmiente, mientras la madre esta en el bar.
Detalle interior de nuestro bus de Rantepao a Tentena. Lo que cuelga es el bebé durmiente, mientras la madre está en el bar.

En este trayecto, partiendo de las montañas, llegamos al mar (por primera vez en dos semanas, pese a estar en una isla), volvimos a las montañas y finalizamos a orillas del lago Poso, en Tentena, trece horas después de salir de Rantepao.

Tentena, al igual que Pendolo, Poso y Ampana, son las paradas lógicas antes de llegar a las Togean desde Rantepao. Generalmente, los turistas pasan lo más rápido que pueden por estos lugares. Eso no es ninguna garantía de rapidez, ya que suelen ser entre dos y tres días de trayecto. En nuestro caso prolongamos una noche más nuestra estancia en Tentena. Tras dar varios palos de ciego, acabamos contratando un conductor que nos paseó por los alrededores de Tentena.

Primero fuimos a Salopa, un conjunto de cascadas que entre todas suman más de trescientos metros de desnivel. Remontamos gran parte del recorrido por tierra y nos dimos un baño relativamente fresco, considerando las latitudes ecuatoriales en que nos encontramos. La otra parada fue en una playa del lago Poso. El lago Poso, a unos 600 metros sobre el nivel del mar, y rodeado de orquídeas, es uno de los mayores de Indonesia, y hay lugares donde no se divisa la orilla opuesta.

Al día siguiente pretendíamos dormir en Ampana, que es el puerto más cercano a las islas Togean. El tramo entre Tentena y Poso apenas duró un par de horas estrujados en un todoterreno. Nos depositaron a las afueras de Poso, en un lugar con aspecto de abandonado, que resultó ser la estación de autobuses. No había un solo autocar, y casi todos los puestos estaban cerrados por ser fin de Ramadán. Nos juntamos con una pareja de turistas alemanes que habían llegado antes, y comenzamos a debatir nuestras perspectivas poco halagüeñas de continuación de viaje. El alemán, que resultó no ser alemán, sino toledano, llevaba ya un rato negociando la posibilidad de fletar un coche hasta Ampana, dado que apenas había buses y todos iban llenos por el Idul Fitri. Mientras negociaban, aproveché para ir a Poso a un cajero automático, ya que según mis informaciones, ni en Tentena, ni en Ampana, y mucho menos en las Togean, hay cajero automático alguno (o si lo hay, como sucede en Ampana, sólo acepta tarjetas indonesias). Cuando regreso a la estación de autobuses fantasma, siendo pentamillonario en rupias por lo que pueda pasar, apenas ha cambiado nada. Hay dos alemanes más que quieren ir a Ampana, con lo que somos ya siete los turistas colgados, y la negociación sigue atascada. Una hora y media después de nuestra llegada, vislumbramos la luz en forma de acuerdo, y estábamos dispuestos para partir. En realidad nosotros estábamos preparados, pero no el vehículo, que llegó dos horas y media más tarde. Así que, cuatro horas después de llegar a la estación de autobuses, conseguimos partir. Durante el camino de Poso a Ampana, ya de noche, vimos muchas casas con cirios encendidos a las puertas, otra de las costumbres de fin de Ramadán. Y once horas después de salir de Tentena, llegamos a Ampana.

En Ampana estuvimos el tiempo justo para ver algo poco habitual. El primer semáforo que he visto en las tres últimas semanas. Nos alojamos en un hotel lleno de cucarachas y regentado por musulmanes que no nos dieron de desayunar porque estabámos de Ramadán. Mientras, sigo recibiendo mensajes de la adolescente de Rantepao. Entrar y salir de las islas Togean puede llegar a ser complicado. Conseguimos de carambola encontrar un barquichuelo de madera que nos llevara a las Togean en un trayecto que debía durar entre tres y cinco horas. Mientras estábamos cargando el equipaje, vimos un grupo de delfines saltando no muy lejos de la orilla. Tras el retraso de rigor, zarpamos y poco más de cinco horas después atracamos en Wakai, que es lo más parecido a un puerto que hay en las Togean. Poco antes de llegar, ya frente a las costas de las islas Togean, hubo otro grupo de delfines que nos acompañó durante unos minutos nadando y saltando junto a la proa del barco.

Salut.

Barquichuelo en el que llegamos a las islas Togean.

Barquichuelo en el que llegamos a las islas Togean.

La cara sádica de Tana Toraja

29 septiembre 2009
Cercanías de Rantepao: Transporte publico en las Célebes

Cercanías de Rantepao: Transporte público en las Célebes

Hablé con varios guias en Rantepao para hacer un trekking, pero me ofrecían precios demasiado caros, ya que al ser temporada baja no había más gente para salir en grupo. Cuando llegué al punto en el que todos los guías de Rantepao me saludaban por mi nombre cuando me veían por la calle, y yo seguía sin trekking, cambié de estrategia. Me dediqué a preguntar a los turistas que me iba encontrando. Hasta que di con tres alemanes que buscaban un trekking de dos días al que podía adaptarme. Y me adapté. Esta vez tuve suerte y nos tocó un guía bueno. Anduvimos en gran medida por arrozales. En algunos momentos caminábamos sobre los estrechos muros que separan los campos, tratando de mantener el equilibrio. En ocasiones la pared no era lo suficientemente fuerte para sostener el peso de un occidental con mochila y acabé con la bota embarrada. En un alto en el camino comimos un excelente arroz con coco y pollo, con la ya clásica combinación de los sistemas manual y digital. Es decir, sin cubiertos. La mayor dificultad del trekking radicaba en que el grupo era más lento que yo y pasamos demasiadas horas al sol, lo que hacía más fatigoso el trayecto. Pero llegamos sin problemas hasta Betania, nuestro alojamiento en Batutumonga. Dormimos en una casa toraja reconvertida en alojamiento para turistas: seis colchones en el suelo, ese fue todo el proceso de reconversión. En cuanto a fauna, avistamos las ya clásicas garzas con búfalos a sus pies, enormes arañas y pequeñas águilas. Aclaración para el lector: la menor de las águilas era bastante mayor que la mayor de las arañas. Por la noche, mientras cenábamos, nos visitó un ciervo volante. Un curioso bicho que yo no había visto jamás y que volvió a aparecer a la mañana siguiente.

Pareja de ciervos volantes. Curiosa desproporcion entre macho y hembra.

Pareja de ciervos volantes. Curiosa desproporción entre macho y hembra.

Mientras tanto, seguía recibiendo un promedio de entre dos y tres mensajes al día de mi adolescente acosadora: “¿Qué tal?” “¿Qué haces hoy?” “Me han dicho que hay un funeral estupendo en tal sitio” “Que el Señor te acompañe”…

Esto de ir de funeral, como supongo que le sucede a todo el mundo, es algo que engancha. El guía del trekking me apuntó en un papel el nombre de un pueblo donde se estaba celebrando uno. Coincidía además, que al día siguiente, cuando yo pensaba ir, era el que tenían previstos los sacrificios de búfalos. El guía me enseñó cuatro palabras básicas en indonesio para poder pedir indicaciones. Al día siguiente, tras discutir un poco con gente que me proponía ir a otros lugares, conseguí que me llevaran al sitio que yo quería. En Malakiri, el pueblo en cuestión, estaban los dos ataúdes, de suegra y yerno, expuestos junto a una mezcla de símbolos cristianos y torajas. Dado el elevadísimo coste del funeral, a veces celebran los de dos familiares a la vez, y ahorran ciertos costes. Como madrugué mucho, apenas había gente cuando llegué. Pocos indonesios y ningún turista. Había, como sucede en todos los funerales toraja, un cámara filmándolo todo, como en muchas bodas occidentales.

Uno de los asistentes al funeral me pidió que le concediera el honor de dejarme invitar a un té en la parte del edificio temporal reservada a su familia. Allí estuvimos tratando de comunicarnos en una mezcla de inglés e indonesio. Llegaron hasta dieciocho búfalos dispuestos a ser sacrificados y acudimos al centro. Entonces Johannes, mi anfitrión, me señaló con orgullo; “mira, mi búfalo”. Y me pidió que le hiciese una foto posando junto al búfalo que había aportado su familia al funeral. No era de los albinos, ni siquiera de los más grandes, pero sus sacrificios le debe haber costado al pobre hombre. Aquí los búfalos denotan estatus, ya sea el hecho de poseerlos, regalarlos o sacrificarlos. Puede parecer absurdo, pero en la sociedad occidental también hay símbolos externos de estatus de dudosa racionalidad como el coche, la zona donde se vive, el deporte que se practica…

Hay un speaker que intuyo que describe cada búfalo y las bondades del mismo y de la familia que lo aporta al festejo. Entre los dieciocho búfalos había dos albinos que tenían magulladuras en cara y astas provenientes de una pelea. Las peleas de búfalos son uno de los espectáculos asociados al funeral. No vi ninguna, pero según tengo entendido no son nada atractivas. Los búfalos, de por sí, no son agresivos. Así que los juntan y los azuzan hasta que se embisten el uno al otro sin demasiado ahínco.

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Finalmente parece que se acerca el momento del sacrificio. Tirado por una cuerda del hocico, llevan a un búfalo al centro y le atan en corto una de las patas a una estaca que no ve, como le sucedía a Siset. Tiran de la cuerda atada al hocico hacia arriba para que levante la cara exponiendo el cuello, y proceden a degollarlo con un cuchillo toraja. El cuchillo en cuestión es el equivalente al XXL dentro de los cuchillos jamoneros. El golpe de cuchillo en el cuello debe ser certero, ya que si no, el búfalo se revuelve y sufre mucho más. Con el primer búfalo el golpe fue muy preciso. El búfalo apenas se movió, no mugió en absoluto (ninguno lo hace) y cayó en poco tiempo. Con uno de los dos búfalos albinos fue diferente. Se revolvió, tropezó con los otros búfalos que yacían moribundos en el suelo, y llegó incluso a salpicarme de sangre. Si los Reyes Magos me hubiesen regalado una cámara con un buen zoom, esto no hubiera pasado. Las escenas eran de lo más dantesco. Mientras acercaban a otro búfalo al centro para atarle la pata a la estaca como a Siset, los otros yacían moribundos, entre los estertores previos a la muerte, manándoles todavía la sangre a borbotones del cuello. Eché de menos un puntillero como Justino, figura inexistente en este evento, que hubiese contribuido a acortar la innecesaria agonía bovina.

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Cuando la acumulación de cuerpos inertes, o en vías de serlo, era tan grande que no se podían hacer llegar mas búfalos hasta la estaca, al siguiente lo ataron al cuerno de uno de los bufalos tendidos en el suelo.

Hasta ocho búfalos degollados.

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Los otros diez búfalos, recordemos que había dieciocho, fueron subastados. Según me dijeron, se llegaron a pagar ciento cincuenta millones de rupias (más de diez mil euros) por uno de ellos. Eso en billetes, deben ser dos o tres maletines de ejecutivo. Me enteré de que el búfalo de Johannes había ido a parar a manos de la iglesia local. Debe ser que las desamortizaciones de Mendizábal no llegaron hasta las Célebes.

Después llegó el proceso de desollado y descuartizamiento de los búfalos. Tras ello se reparte un buen trozo de carne a cada familia. Una de las familias, amablemente, me ofreció el “tastet” del suyo. Cortésmente acepté.

A lo largo de gran parte del día me acompañaban Rakhel y Theo, dos de los hijos de Johannes, que me iban preguntando mil cosas, y me invitaron a comer con ellos, se hicieron fotos conmigo y me pidieron ser mis amiguitos en Féisbuc, también una obsesión en Indonesia. Cuando decidí marcharme me di cuenta de que fui el único turista que apareció por allí en todo el día, lo que siempre le da a uno la sensación de que ha vivido una experiencia más auténtica.

Con mi familia de acogida toraja.

Con mi familia de acogida toraja.

Esta experiencia es única, original y no tiene precio, desde el punto de vista cultural y etnológico. Pero no creo que sea algo recomendable para todo el mundo, ya que ver en vivo escenas dignas del género gore resulta duro. Una vez más, me consolaré con la manida frase de “aquí no hemos venido a divertirnos, sino a vivir experiencias que me permitan rellenar un blog.”

Salut.


La cara tétrica de Tana Toraja

29 septiembre 2009
A las puertas de la cueva de Londa.

A las puertas de la cueva de Londa.

Comparativamente con lo vivido anteriormente en Sulawesi, Rantepao es un lugar más desarrollado, especialmente desde el punto de vista turístico. Es el punto ideal de partida para visitar Tana Toraja (o País Toraja). Tana Toraja es conocido por la curiosa arquitectura de sus casas y por sus complejos ritos funerarios. Ya en el valle de Mamasa, y en el camino hacia Rantepao se ven algunas edificaciones típicas.

Lo más característico de la arquitectura toraja son los puntiagudos tejados de silueta nada funcional. Su forma recuerda a la proa de un barco (hay quien atribuye a los toraja un remoto origen marinero), o bien a unos cuernos de búfalo, animal muy presente en la vida toraja. Al igual que sucede en algunos lugares de Flores, las casas exhiben numerosas cornamentas de búfalo en su exterior para orgullo de sus propietarios, y en algunos casos también mandíbulas de cerdo.

En Tana Toraja la religión mayoritaria es el cristianismo, tanto católico como protestante, lo cual me permitió comer un exquisito bistec de búfalo a plena luz del día sin recibir miradas de reprobación.

Bufalo albino en el mercado de Rantepao.

Búfalo albino en el mercado de Rantepao.

Asi se carga un cerdo vivo que no deja de gruñir como un idem.

Así se carga un cerdo vivo que no deja de gruñir como un ídem.

Lo realmente turístico es asistir a los funerales. Me junté con cuatro extranjeros más que conocí en el hotel, y nos dispusimos a ir a uno. En primer lugar visitamos el mercado de ganado en el que se venden los búfalos y cerdos que se sacrificarán en el funeral. Es una explanada en la que se exhiben los búfalos a la venta. Los búfalos albinos, de piel parcialmente blanca, hocico sonrosado y ojos azules, pueden alcanzar cotizaciones estratosféricas de cinco mil o seis mil euros, llegando en algunos casos a superar los diez mil. Junto a la explanada de los búfalos, está la parte del mercado donde se venden los cerdos. El ganado porcino se vende también vivo y preparado para llevar, en una curiosa estructura de bambú que permite ser cargada a hombros por dos o cuatro personas, según la dimensión del animal. Además de la manera en que se exponen los cerdos inmovilizados, también impresionan los incesantes gruñidos que inundan el ambiente.

Baile ritual alrededor del descuartizamiento de bufalos.

Baile ritual alrededor del descuartizamiento de búfalos.

Después nos fuimos de funeral. Los funerales pueden durar hasta cuatro días y no se celebran inmediatamente después del fallecimiento, sino cuando las familias reúnen el suficiente dinero para pagarlo, lo que puede suceder uno o dos años más tarde (a veces más). En el funeral al que fui estaban en el segundo día, en el que se recibe a todos los familiares que han venido especialmente para la celebración. Llegábamos al pueblo andando entre una retahíla de gente cargando cerdos. Una vez allí, nos encontramos con algunos turistas. Había un grupo de hombres en corro emitiendo unos guturales y monótonos cánticos, con las manos entrelazadas, rodeando a otros que descuartizaban un par de búfalos. Estuvimos en el edificio temporal, construido expresamente para el funeral, con algunos familiares, tomando té con pastas, como si fuéramos la reina de Inglaterra. Después de ver el desfile de familiares encabezado por mujeres ataviadas con vestidos tradicionales llegando al banquete, llegó un grupo grande de turistas y nos marchamos.

Mujer toraja ataviada con vestido tradicional.

Mujer toraja ataviada con vestido tradicional.

Otro lugar relacionado también con los complejos ritos funerarios es la cueva de Londa y otros lugares similares en la región. A la entrada de la cueva se ven numerosos ataúdes y calaveras colgados y encalados en lugares imposibles. El acceso a la cueva está presidido por un grupo de tau-tau en alto, que parece que contemplen la escena desde un palco preferente. Los tau-tau son figuras de madera que representan a los fallecidos. Dentro de la cueva se almacenan los cadáveres pertenecientes al mismo clan.

Palco VIP de tau-taus a la entrada de la cueva de Londa.

Palco VIP de tau-taus a la entrada de la cueva de Londa.

Se llevan acumulando cadáveres tanto tiempo (en algunos casos se estima que más de siete siglos), que hay ataúdes putrefactos y una cantidad ingente de calaveras, dispuestas especialmente para ser contempladas. Un lugar de lo más tétrico, y que si no estuviese tan revestido de cultura y tradición, sería el escenario perfecto para una película de terror de esas en que los adolescentes van siendo asesinados uno a uno a medida que se separan del grupo.

Con unos amigos en la cueva de Londa (yo soy el gordo).

Con unos amigos en la cueva de Londa (yo soy el gordo).

He tratado de encontrar un trekking por los alrededores de Rantepao de dos o tres días de duración, pero al estar solo me piden unas cantidades exorbitantes que no estoy dispuesto a pagar, así que me toca buscar más gente para tratar de reducir el precio.

Mientras, espero a que el problema se solucione solo, por el clásico sistema del paso del tiempo. Aprovecho para ir un día hasta Lemo, donde también se pueden ver muchos tau-tau en pequeños orificios excavados en la roca del acantilado. Cada hendidura en la roca, como si fueran hornacinas, acumula varias figuras apelotonadas creando un conjunto que recuerda los balcones de la pamplonica calle Estafeta en la segunda semana de julio.

Andando por Rantepao, una chica (adolescente intuí) se puso a hablar conmigo, con la excusa de practicar inglés. Tras un rato hablando, al ver que íbamos en la misma dirección, seguimos charlando. Las preguntas clásicas del nivel basico: “¿Cómo te llamas?” “¿De dónde eres?” También del nivel medio: “¿Cuántos días llevas en Rantepao?” “¿Tienes hermanos?” “¿Cuál es tu religión?” En este caso mentí con un piadoso: “la misma que tú” (por si acaso). Ella resultó ser protestante, así que no iba tan desencaminado, teniendo en cuenta lo bien que se me da quejarme y protestar. Me intenté despedir de la muchacha en la puerta de su casa,pero ella y su hermanita quisieron acompañarme hasta el hotel. En la puerta del hotel, tras intentar despedirme de ella de nuevo, me pidió mi teléfono. Se lo di con la esperanza de que lo almacenara en su agenda para presumir en el colegio de tener el teléfono de un míster, pero que nunca lo utilizara. Esa misma noche ya tenía un mensaje de texto del tipo: “¿Cómo estás míster? ¿Qué haces ahora?” A la mañana siguiente otro tipo: ¿Cómo estás hoy? Que el Señor esté contigo en todo lo que hagas”.

Salut.

Así huí de Mamasa

10 septiembre 2009
Arrozales en las cercanias de Tubaan.

Arrozales en las cercanías de Tubaan.

Nada más llegar a Mamasa y depositar mis pertenencias en el hotel, salgo a pasear un rato para situarme un poco. Se me acerca el indonesio con mejor inglés desde que he llegado a las Célebes y me pregunta: “¿Tu eres el español que acaba de llegar a la habitación 215 del hotel Matama? Hace dos días vino una turista alemana, pero ya se fue.” La intuición anterior se convirtió en seguridad. No conozco a nadie que haya estado en Mamasa, porque aquí no llega un turista ni por error. Corolario: cada vez hay menos gente que cree en la teoría del punto gordo.

Al día siguiente me fui con Alex, el individuo que no me interrogó, porque ya lo sabía todo sobre mí, a visitar varios lugares del valle de Mamasa. En esta zona hay construcciones y ritos propios de los Toraja, aunque menos y de menor relevancia que en Tana Toraja. Visité Tedong-Tedong, donde hay una serie de ataúdes, consistentes en troncos modelados en forma de búfalo. También vi Ballapeu, un pueblo en el que abundan las casas típicas de los Toraja, el mayor del lugar. Para acabar con la arquitectura Toraja por ese día, fui a Orubua, donde hay más casas Toraja, algunas de varios siglos de antigüedad, y enterramientos típicos. Viendo los registros de turistas en Tedong-Tedong, observé que había pasado un turista dos días antes (la alemana de antes), y los anteriores dos semanas antes. En el hotel donde me alojaba hacía mas de dos meses que no se había registrado ningún turista.

Tejados en Ballapeu.

Tejados en Ballapeu.

Alex me llevó al único sitio del valle de Mamasa donde hay internet. Entramos a un edificio gubernamental, donde todo el mundo me miraba y saludaba, como ya me he acostumbrado a que suceda. Me dejaron sentarme ante un ordenador en el que apenas pude utilizar internet ya que la lenta conexión apenas funcionó un momento. Mientras, veía pasar gente uniformada y ciudadanos locales tratando de realizar sus gestiones con la administración. Era inevitable que, cada persona que entraba, se asomara intentando ver qué estaba yo haciendo en el ordenador, aunque no entendieran nada. Por lo visto, aquí la discreción y el disimulo no se consideran virtudes.

Otro día, tras pasear por un par de pueblos de alrededor, acabé yendo a un lugar donde hablaban algo de inglés. Allí me solucionaron varios asuntos de una tacada: corte de pelo con masaje capilar incluido, colada y transporte de regreso. Al llegar allí, como era hora de comer y estaban ocupados, les dije que iba al restaurante de al lado a comer, y volvía más tarde. En el restaurante, por llamarlo de alguna manera, había plato único: carne con arroz. Aquello, al verlo, parecía perro atropellado. Sin embargo, al comerlo, parecía perro rabioso, de tanto que picaba. Al averiguar qué era, me confirmaron que se trataba de perro.

Valle de Mamasa.

Valle de Mamasa.

Finalmente encontré una manera sencilla de salir de Mamasa. Alex me había encontrado un porteador dispuesto a acompañarme durante tres días a pie hasta Bittuang. El porteador era un chico de aspecto endeble, pero habiendo visto algunos porteadores nepalíes cargar casi el doble de su peso, no me preocupó. De inglés, ni palabra, pero su misión era exclusivamente acompañar y cargar. Al cabo de un rato de camino, el porteador iba pidiéndome parar, y buscando una sombra donde sentarse. Después me enseñó que tenía rozaduras y ampollas en los pies. Decidió parar una moto y darle mi mochila para que la llevara hasta el siguiente punto. Me sentí frustrado y engañado, ya que eso lo podía hacer yo sin necesidad de pagar un porteador. Mientras, caminábamos por un intento de carretera por la que algunos todoterrenos (muy pocos) circulaban con gran dificultad. Al llegar a una parada, me esperaba mi mochila y tomamos un café toraja de dimensiones olímpicas. Vi que el porteador, nuevamente le daba la mochila a otro vehículo para que la llevara. No consigo expresarle mi decepción por la imposibilidad total de comunicación, ni puedo explicárselo a Alex por teléfono por la falta de cobertura en las montañas.

A esto le llaman carretera. El cajon sobre el mataperros esta lleno de pollos vivos.

A esto le llaman carretera. El cajón sobre el mataperros esta lleno de pollos vivos.

Acabo el día en Tubaan, un pueblo consistente en unas pocas casas en una cuneta. Me alojo en una casa junto a la mezquita. Afortunadamente aquí no llamaban a la oración. En plena crisis mundial, he encontrado un empleo vacante: el de muecín de la mezquita de Tubaan. No seáis tontos, y aprovechad esta oportunidad única. Este es mi centésimo alojamiento durante el viaje. Contando hoteles, albergues y un amplio abanico de inclasificables alojamientos, ya suman la nada despreciable cifra de cien. Aunque cambios de domicilio y traslados de equipaje han sido algunos más, ya que algunos hoteles los he visitado dos o tres veces.

Tubaan: mi centesimo alojamiento.

Tubaan: mi centésimo alojamiento.

La casa está totalmente construida de madera. La habitación tenía una ventana que daba a la mezquita y por la que entraba mucha claridad, al no tener cortina. Descorro las opacas cortinas de la otra pared, para contemplar las que supongo maravillosas vistas al río y la montaña y, como por arte de magia, descubro que las cortinas no cubren ninguna ventana, ni realizan función alguna. Los conceptos “pragmatismo” y “diseño de interiores” son diametralmente opuestos en gran parte de Asia.

La tarde la dedico a la lectura y a tratarle las ampollas del pie al sufrido porteador, que en principio casi lloraba de dolor, pero que luego, al verlas curadas, me lo agradeció. Después de cenar, cuando todo el mundo se fue a dormir, yo extrañamente no tenía sueño, así que seguí con mi lectura. A juzgar por la tranquilidad del lugar, tanto dentro como fuera de la casa, debían ser altas horas de la madrugada. Después comprobé que eran ¡las siete y media de la tarde!

Sobre la cupula de una mezquita.

Sobre la cúpula de una mezquita.

El día siguiente empezó como un calco del primero. El porteador, ya sin ampollas en los pies, pero aún con rozaduras, no podía con su alma e iba subcontratando el acarreamiento de la mochila. Cuando llegamos a Paku, el lugar donde íbamos a dormir, el alojamiento y quienes lo regentaban no me inspiraron confianza. Al cabo de quince minutos de preguntar insistentemente el precio, conseguí que me dieran una cifra, la cual no estaba dispuesto a aceptar. En lugar de regatear, le dije al porteador que seguíamos la ruta y que no les dejara llevar mi equipaje, ya que no me fiaba. Media hora más tarde, el porteador yacía en la cuneta echando el hígado por la boca. En ese momento lo despedí. Le dije que se volviera, que me diera la mochila, y le pagué algo más de lo que proporcionalmente le correspondía. Pero tras siete horas de marcha, a pleno sol con una pesada mochila a cuestas, yo no podía andar mucho más. En el momento en que la carretera pasó a ser asfaltada, pero asfaltada de verdad, vi la alternativa. Paré una moto que venía en sentido contrario y negocié el precio en mi imperfecto indonesio para que me llevara a Bittuang. Allí conecté con un coche que me llevó a Makale, la capital administrativa de Tana Toraja. Y de allí a Rantepao.

Cuatro horas después de salir de Paku, conseguí llegar a mi hotel en Rantepao, donde por primera vez en cinco días vi occidentales y me di una ducha sin necesidad de echarme cazos de agua.

Salut.

Incluso ellos mismos lo dicen.

Incluso ellos mismos lo dicen.

Así viví el terremoto de Java

7 septiembre 2009

El pasado día 2 de septiembre, mientras me encontraba en Indonesia, el país se vio sacudido por un terremoto de 7,3 grados en la escala de Richter, con epicentro frente a las costas de Java, con riesgo de tsunami incluido. Para tranquilizar a todas las personas que han dado muestras de preocupación (una o ninguna), puedo afirmar sin orgullo y con satisfacción, que yo sobreviví al terremoto de Java.

Hilando un poco más fino, el epicentro se encuentra en el océano Índico a más de mil kilómetros de distancia de Sengkang, donde yo me encontraba. Me tuve que enterar por internet. Hay algo que nadie puede negar: me ha quedado un titular de lo más sensacionalista. Alarmista y falaz, diría yo.

La teoría del punto gordo.

En mi trayectoria hacia el norte de las Célebes, probablemente el punto más lógico para continuar el viaje después de Sengkang, hubiese sido Rantepao, en Tana Toraja. Teniendo en cuenta que tengo bastante tiempo, he decidido aplicar la “teoría del punto gordo” a mi planificación viajera. La teoria del punto gordo dice que allá donde haya un punto gordo en un mapa, debe haber algo interesante. Y en Mamasa hay un punto gordo. Trato de asesorarme preguntando a los poquísimos viajeros que veo, pero nadie ha estado. Otros viajeros que conocí antes de llegar a las Célebes, tampoco habían estado. Pero un punto gordo en un mapa, siempre es un punto gordo en un mapa. De Mamasa sé poco. Sé dónde esta situado en el mapa (bajo un punto gordo), que es zona de montaña y que no hablan inglés. Y es que ya me han dejado claro otros viajeros que Rantepao es el único sitio donde conseguiré que me entiendan en todo Sulawesi.

A Mamasa voy.

En la estación de autobuses de Sengkang, una plaza con furgonetas y todoterrenos aparcados, pregunto cómo ir a Mamasa. Me indican un cuatro por cuatro que sale en media hora, y dejo la mochila en el maletero. Un rato después el todoterreno se va sin mí y con mi mochila. Pregunto y me contestan, aunque ni me entienden ni les entiendo. Espero sentado leyendo un libro con una tranquilidad pasmosa. Creo que tendré que ir al psicólogo, porque tengo el karma por las nubes, y eso no puede ser bueno. Minutos más tarde, el vehículo regresa cargadito de personal y con mi mochila intacta. Tras un malentendido con el precio, nada nuevo, parto hacia Mamasa. El conductor me había dicho que tardaba unas cinco horas en llegar a Mamasa, que estaría allí sobre las tres de la tarde. Teniendo en cuenta que salimos a las nueve de la mañana, algo no cuadraba. Pero ya sabemos que en Asia la dimension temporal es extraordinariamente flexible. Me subí al coche y a callar.

A mi lado iba una mamá que estaba atenta a que su niña, en el asiento delantero, no se marease. La hija dormía plácidamente pero ella le tocaba la cabeza una y otra vez cambiándosela de posición preocupada por la pobre niña. Consiguió despertarla antes de la primera parada. Después la sentó con nosotros y fue cambiando a la criatura de postura, hasta que la sobreprotectora madre consiguió lo que parecía andar buscando: que la niña echara la papilla. Afortunadamente poco después el conductor paró y me gritó “¡Mamasa!”, mientras señalaba que me bajara del coche.

Ya había un amable señor esperando fuera, que sacó mi equipaje del todoterreno, lo metió en otro y recogió un billete de monopoly de mi conductor. Mientras mi vehículo se alejaba, vi que yo era el único que había bajado allí y que no sabía dónde estaba. Observo a mi nuevo chófer inquiriéndole con la mirada “¿cuándo nos vamos?” Entiendo que dice “cuando se llene el coche. Y de momento eres el único”. Busqué acomodarme en una sombra, que no quiero perder mi blanca palidez, e intentar situarme. Viendo que estaba junto al mar, y siguiendo la teoría del punto fino en el mapa, intuí que podía estar en Polewali.

Se me acerca un individuo que sabía suficiente inglés como para mantener una conversación básica. Confirma uno a uno mis temores. Estoy en Polewali, que está, según el mapa, donde acaba la carretera de trazo grueso y empieza la de trazo fino. Me indica que entre una y dos horas más tarde quizá haya suficientes pasajeros para emprender la ruta. Me dice que son unas cinco horas más de carretera. Reflexionando veo que “cinco horas de viaje” es la respuesta comodín, válida para cualquier itinerario. Y empiezo a intuir por qué no conozco a nadie que haya estado en Mamasa.

Comenzamos una conversación estándar con cualquier hombre adulto en Indonesia:
Hombre adulto indonesio: ¿De dónde eres?
Respuesta mental: (Ahora mismo ni lo sé.)
Respuesta oral del míster: De España.
HI: Buen fútbol.
RM: (Comparado con el indonesio, sí.)
RO: Sí, gracias.
HI: Raúl González, Fernando Torres.
RM: (No dirán Goya o Dalí)
RO: Sí, sí.
HI: ¿De qué ciudad eres? ¿De Real Madrid o de Barça?
RM: (Respiro profundamente)
RO: Valencia
HI: ¿Valencia?
RM: (Ahora te voy a pillar)
RO: ¿Conoces a David Villa?
HI: ¿David Villa?
RM: (Te lo repito con la boca torcida)
RO: Déifid Fila
HI: Oh, sí. Me encanta Déifid Fila.
HI: ¿Cómo te llamas?
Cuando desvelo mi nombre de pila curiosamente nadie se da cuenta de que soy tocayo de Velázquez, pero sí de Maradona.
HI: ¿Maradona!
Y entonces ya me he ganado a toda la audiencia, ya que en Indonesia los maradonianos son legión.

Por suerte, inmediatamente después de que por segunda vez mi interlocutor preguntara “¿cómo un hombre tan guapo como tú puede ser soltero?”, partía mi todoterreno cuatro por cuatro. Mirándolo con más detenimiento no pasaba de ser un pocoterreno dos por dos. Una tartana que sonaba como una carraca. El coche emitía una variedad de sonidos comparable a la de una mesa de mezclas de un DJ ibicenco. La musicalidad tampoco difería mucho. Aunque realmente el coche debía ser de la época en que a los DJs aún se les conocía como pinchadiscos.

En este vehículo, inicialmente son todo hombres. A mi lado, un señor de indeterminada, pero avanzada edad, comienza la conversación estándar indonesio-míster:
HI: ¿De dónde eres?

Cuando llegamos a “Valencia”, dudo si decir “Déifid Fila” o remontarme a alguna época entre Puchades y Claramunt. No fue necesario. En Indonesia, nos conocen más por Villa que por Blasco Ibáñez, Llorenç Barber, Calatrava, las fallas, la paella, la horchata… Aunque prefiero que me llamen Villa a que me llamen Gürtel.

La carretera comienza a tener curvas. La carretera comienza a tener cuestas. La carretera comienza a desaparecer… Nueve horas después de salir de Sengkang, cuando la luz del día comenzaba a languidecer, llego a mi hotel en Mamasa. Sobre el mapa, la distancia es de 120 kilómetros. Decido alojarme en el mejor hotel de la ciudad. ¡Un día es un día! Y menos mal que sólo fue uno, porque la habitación no tenía luz en el baño, ni agua corriente. Al día siguiente me mudé a un hotel un poco más cutre, pero mucho más barato.

Aquí se está bien, y no tengo prisa por marcharme, pero habrá que comenzar a pensar en cómo salir de aquí. Añadamos un dato tan morboso para el lector, como desalentador para mí. En mi mapa de puntos gordos y puntos finos no hay comunicación directa entre Mamasa y Rantepao (deseablemente, mi siguiente destino), aunque distan entre 40 y 50 kilómetros en linea recta.
– Puedo bajar hasta el siguiente punto gordo, Pare Pare, y luego subir hasta Rantepao. Calculo que serán sólo entre 15 y 20 horas de carretera, haciendo noche probablemente allí.
– Puedo ir en un helicóptero del ejercito del aire, en el del RACC o en el de Tulipán.
– Puedo atravesar la jungla a pie o a caballo durante unos tres días.
– Puedo tomar un cutrebús por pedregosas pistas forestales que me lleve en 12 ó 14 horas.
– Puedo sentarme en la calle a llorar y esperar a que me rescate mi mamá, Superman o una nueva medida anticrisis del Gobierno.
Creo que optaré por la opción mas lógica y convencional. Disfrutar de Mamasa y aplazar el problema. Quizá se solucione por sí solo.

Salut.

Llegada a las famosas Célebes

2 septiembre 2009
Sengkang: a orillas del Danau Tempe.

Sengkang: a orillas del Danau Tempe.

Después de salir de Singapur, volviendo al hemisferio sur tras mi breve estancia al otro lado del Ecuador, pasé brevemente (menos de 24 horas) por Bali, desaprovechando probablemente mi última oportuniudad de pasar por Kuta. Y de Bali volé a Makassar, al sur de las islas Célebes, con Lion Air, otra compañía local indonesia, a priori, de pocas garantías. Luego resultó tener aviones buenos y modernos, lo que contrastaba con el hecho de que el billete era manual. Creo que hacía más de diez años que no veía un billete manual, y los imaginaba desaparecidos tiempo atrás,

Makassar, también conocida como Ujung Padang, es una gran ciudad que no tiene nada de interés que ofrecer al turista. Al no venir turistas, tampoco saben inglés. Hasta el punto de no ser capaces de decir los precios, las horas de cierre o los platos del menú en inglés. Pocas cosas hay peores que entender algo a medias y dejar el resto a la intuición. Por ejemplo, viendo el menú llego a “Minuman” (Bebidas). Y aparece algo llamado “Es pisang ijo”. “Es” significa hielo, o frío. “Pisang” es plátano. Interpretación intuitiva: eso va a ser un zumo o batido de plátano bien fresquito. La cruda realidad: una capa de escarcha bajo la que subyacía un sirope semihelado de insoportable dulzor. Sumergido en él, un oblongo y gomoso bulto de color verde eléctrico en forma de piel de plátano, conteniendo verdadero plátano en su interior. Intenté comerme aquello, pero me resultó imposible.

Ramadán

Indonesia se vanagloria de ser el mayor país musulmán del mundo. Desconozco si lo es por tamaño, pero sí lo es por número de musulmanes. El ramadán es el noveno mes del calendario musulmán, que se rige por la Luna, en lugar de por el Sol. Los musulmanes deben ayunar durante este mes entre la salida y la puesta del Sol. Viajar durante el ramadán puede llegar a ser complicado, así que traté de visitar Java y Lombok, mayoritariamente musulmanas, antes del ramadán. Y no ha sido inconveniente estar en Bali o en Flores durante ese periodo. Pero finalmente he caído en Sulawesi (como también se conoce a las Célebes), en pleno mes de ayuno.

Lo visto hasta ahora en Sulawesi es mayoritariamente musulmán. Esto significa que los restaurantes están cerrados a la hora del desayuno y del almuerzo, y vuelven a abrir para la cena. Teniendo en cuenta que yo no estoy diseñado para ayunar, es el momento de encontrar imaginativas alternativas compatibles con el respeto a la religión:

Opción ardilla: llenarme los carrillos de comida de noche e ir royendo durante el día.

Opción rumiante: almacenar la comida, regurgitarla e ir rumiando como una vaca durante el día.

Opción camello: almacenar en la joroba los alimentos a consumir durante el día.

Una opción más realista es la de comprar comida en una tienda y consumirla a escondidas en la habitación.

Pero la opción real, es la de encontrar un restaurante con la puerta entreabierta, y ver que dentro hay clientes comiendo y bebiendo. Simplemente, no pueden verse desde el exterior. Buscando, también se pueden ver restaurantes regentados por musulmanes en que se sirven comidas de día, e incluso algunos musulmanes comiendo en ellos.

El problema llega cuando uno tiene que hacer un trayecto en bus, y no tiene dónde esconderse para comer. En una parada, yo tenía sed, y por no ofender, me escondí tras una tapia para beber. En ese momento miro hacia el autobús y … ¿qué ven mis ojos! ¡Una señora siguiendo la técnica del avestruz! Ataviada con su velo, sus grandes gafas de sol para disimular, y semiagachada en el asiento: ¡estaba comiendo! Está claro que, aunque el ayuno durante el ramadán es ampliamente seguido, no todos los musulmanes cumplen con todos los preceptos del islam. Igual que en otras religiones, el grado de religiosidad de los fieles es variable.

Sengkang: trabajo en cadena.

Sengkang: trabajo en cadena.

Sengkang

A mi llegada a Sengkang, me siento algo decepcionado. Es otra ciudad sin atractivo en la que nadie habla inglés, ni siquiera en el hotel. Paseo por el mercado y la gente me saluda, se ríe al verme pasar mientras murmullan entre ellos “he visto un míster“, y los niños vienen tras de mí. Algunos me quieren dar la mano y otros ni se atreven a tocarme. Y es que, en los tres días que han pasado desde que salí del aeropuerto de Makassar, sólo he visto a cinco occidentales: dos parejas y otro despistado como yo.

La impresión del lugar cambia cuando consigo encontrar un restaurante donde me sirven un buen pescado a la parrilla y un zumo de aguacate. Por si no lo sabíais, eso es todo lo que se aprende en los fascículos 1 y 2 (el segundo de regalo) de los cursos coleccionables de indonesio: “pescado con arroz” y “zumo de aguacate”. El fascículo 3 y siguientes, incomprensiblemente, jamás se editaron, lo que impide que ahora mi indonesio sea fluido.

En el hotel, aunque no sepan inglés, saben ser amables. Para agasajarme, me sirvieron un maravilloso “pisang ijo” para deleite de mis papilas gustativas. Este no tenía sirope ni escarcha (si no, sería un “es pisang ijo”), y no sin cierto esfuerzo, fui capaz de deglutirlo, por educación. La sustancia gomosa que rodea el plátano está hecha de hoja de plátano, según me explicaron. Y supongo que azúcar. Mucho azúcar. Demasiado azúcar.

Sengkang: lanzamiento de red.

Sengkang: lanzamiento de red.

Al día siguiente la impresión mejora cuando tomo un barco para ir por el río hasta las inmediaciones del Danau Tempe, un lago que constituye la gran atracción del lugar. Al estar en la estación seca, apenas se puede uno adentrar en el lago. Aun así, las escenas de los pescadores echando sus redes en un río reducido a poco más que un lodazal y los lugareños bañándose y lavando la ropa, hacen que el trayecto valga la pena.

Lavanderas en Sengkang

Lavanderas en Sengkang

De nuevo en la ciudad, voy a la zona del mercado donde están los costureros, para que cosan mi desgarrada mochila. Una vez calmado el revuelo que les produce ver un “míster” en el lugar, me pongo a negociar el precio. El chico me lanza una escrutadora mirada tratando de entrever la capacidad de mi bolsillo. Finalmente se decide a sacar un billete de monopoly del cajón para ver si acepto una clavada por ese importe. Va a ser que no. Saca otro billete por la mitad que el anterior. Tampoco. Prueba con la cuarta parte del primero, y decido cortar por lo sano diciéndole en indonesio la cantidad que estoy dispuesto a pagar, que es seis o siete veces inferior a la primera que me pidió. Acepta de inmediato. Una vez acabado el trabajo, viendo que echo mano de la cartera, le hacen los ojos chiribitas. Le pago la cantidad exacta acordada, para evitar que se quede con el cambio, y me saca un billete tres veces mayor para pedirme que le pagara más. Le digo que no, y me despido con una sonrisa de “me dejo engañar, pero sólo hasta cierto punto”. Él se despide con una sonrisa de “era por si colaba, tenía que intentarlo”.

Muestrario de billetes indonesios. Hay una ley no escrita que dice que cuando menor sea la denominacion del billete, mas roñoso debe estar.

Muestrario de billetes indonesios. Hay una ley no escrita que dice que cuando menor sea la denominación del billete, más roñoso debe estar.

Y es que en Indonesia la moneda está extraordinariamente devaluada. Actualmente unos setenta euros equivalen a un millón de rupias aproximadamente. Los billetes son de colores fuertes: azul, lila, rojo, verde… y están llenos de ceros. La denominación más alta es de cien mil rupias. Resumiendo: como los del monopoly.

Salut.

Pescador en Sengkang

Pescador en Sengkang