Archive for the ‘Laos’ Category

Me siento realizado

1 noviembre 2009

Entrevista03

Texto: JUANJO M. / Reportaje gráfico: RAFAEL HERRERO. Madrid.

Al sentarse en una cafetería, Diego (Valencia, 1974) está haciendo varias cosas para las que probablemente haya perdido la costumbre: no carga con una mochila de entre 12 y 14 kilos; no tiene que regatear el precio de la cerveza; y está en Madrid, España, donde el ritmo de la ciudad le resulta extraño después de recorrerse media Asia, de Tailandia a Camboya, pasando por India, Indonesia, Laos, Malasia, Nepal o Singapur. Esta es la factura: el viaje ha costado unos 8.000 euros, unos cuantos kilos perdidos, bastantes sudores, y muchas, cuenta, emociones compartidas con otros viajeros.

P. Nueve meses después, llegas al aeropuerto de Barajas. Entonces…
R. Lo primero que pienso al volver a casa es en ver a la familia, en que me estaban esperando. Pienso en que alguien me espera en el aeropuerto, en que hay un coche de verdad, en que no me tengo que pelear para llegar a casa, en que no tengo que buscar alojamiento…fue mucha relajación con respecto a la tensión del viaje y el buscarme la vida cada día. Ahora estoy más tranquilo.

P. ¿Cuántas veces te han preguntado por qué? ¿Por qué este viaje? ¿Por qué ahora? ¿Por qué hasta allí?
R. Continuamente. Creo que parte de mi familia y de mis amigos, simplemente, no lo entienden, y lo consideran una locura. Los viajeros se pueden clasificar en los que buscan algo o huyen de algo y los que simplemente viajan por placer. Están los que viajan porque quieren y los que huyen de malas épocas en casa, por salir de una depresión, porque están insatisfechos con la vida que llevan… yo estaba en un momento muy bueno, de familia, de amigos y de trabajo.

P. Y aún así, te marchaste.
R. Como inversión es una mala inversión, sin duda, desde el punto de vista financiero. Desde el personal, de lo que a uno le aporta, no tiene precio, vale muchísimo más que lo invertido. Me he sentido muy realizado, porque es una idea que traía desde hace muchos años y a la que siempre veía alguna pega. Le he dado forma y ha salido un viaje largo, improvisando y cambiando de ruta. Me apetecía muchísimo hacerlo y no quería que pasaran muchos años más: ahora tengo la fuerza física y no tengo ataduras familiares.

P. ¿Por qué esta vez no había pegas?
R. Porque sabía que tenía cierto dinero en el banco, que ya había hecho un viaje similar, de sólo un mes, a Vietnam, en 2007, y ya conocía a gente que lo había hecho.

P. Así que las probabilidades de morir en el intento…
R. Eran bajas, sí.

P. Durante el viaje, ¿ha habido más gente que te haya intentado ayudar o que te haya intentado engañar?
R. Ha habido más gente que me ha intentado engañar. Si por engañar entendemos sacarme el dinero, por supuesto. La cara de dólar la lleva uno puesta siempre por ser occidental. Algunos de ellos ven un saco de dólares andantes: no distinguen al que viene con un presupuesto de 500 dólares al mes del que viene tres semanas y se gasta 4.000 euros. Son todo blancos, occidentales, que vienen con mucho dinero. Una cosa muy desagradable: me han ofrecido muchísimas drogas. El mochilero, en general, no es putero, pero sí hay algunos a los que les gusta consumir drogas.

P. ¿Quién te ha marcado?
R. Patricia y Romain, principalmente. Nos hemos entendido muy bien. También estuve con Max y Látigo, que son Rafa y Marcelo, dos madrileños con los que coincidí en Laos y Camboya. Los sentí muy cercanos. La semana pasada me encontré con un e-mail de la familia de Marcelo diciéndome que había muerto y convocándome a su funeral. Yo no sabía nada. Pude ir y ver a Rafa: le habían encontrado un melanoma a finales de abril, al poco de volver a Madrid, y a mediados de septiembre murió. Ha sido una experiencia dura. Marcelo tenía el sueño de hacer el viaje…

Entrevista02

P. ¿Qué has aprendido?
R. Me he dado cuenta de que me gusta escribir. Hasta ahora no lo sabía. El viaje me ha aportado mucha seguridad en mí mismo, tranquilidad y menos prisas.

P. ¿Y te has sorprendido contigo mismo?
R. Físicamente, quizás sí, por adaptarme a sitios diferentes, andar mucho, con algunos trekkings muy duros, y por dormir en sitios malos y seguir al día siguiente. En el norte de India hubo trekkings que fueron una prueba de superación, en parte física pero también con una gran dureza mental, por el esfuerzo de seguir adelante, de creer que uno puede seguir. Con uno de ellos, al final, no pude.

P. Habría días en los que te dijeras… ¡quién me mandaría meterme en esto!
R. Para nada. He tenido días más cansados, pero siempre lo he tenido claro. Al principio de Indonesia estaba un poco más desanimado, más débil físicamente…

P. ¿Ha habido algún momento más asqueroso que el templo de las ratas?
R. Probablemente, sí. Nunca he querido publicar las fotos, ni siquiera hacerlas… pero algunos váteres y algunos olores de India. Al llegar fuimos con un taxista que estaba realmente loco, pitando y en contradirección. Cuando llegamos al barrio en el que estaba el hotel, la calle estaba sin asfaltar, había muchísimas vacas y cuando llegó a una calle vacía, en medio de la oscuridad, nos dijo: ‘Ahí está el hotel’. Yo no me quería bajar del coche, porque no veía el hotel. Nos acompañó a una calle a la vuelta de la esquina, todavía peor, más pequeña, y con unos urinarios que echaban un olor terrible, muy muy duro. Al final de esa calle estaba el hotel.

P. ¿Aprendes a apreciar cosas que dabas por supuesto?
R. No he pasado hambre, pero he echado de menos cosas tan simples como el queso, la leche o el chocolate. Lo que he echado mucho de menos son los amigos de siempre, tener una conversación sobre cosas de toda la vida. Eso me ha faltado: dar un abrazo a un familiar, a un amigo. He estado muy bien, he conocido a gente muy interesante que quiero mantener como amigos, pero no había un pasado común, y eso lo he echado de menos.

Entrevista01

P. “Aquí estoy, mamá” dice el blog. Ya puedes ser sincero. ¿Cuántas veces te has puesto enfermo?
R. Enfermo de verdad, cero. Problemas de estómago he tenido con frecuencia. Con la medicación que llevaba se me curaba enseguida, hasta el punto de que al final probé a no tomar nada y se me pasaba. Hubo un momento en el que me dejé de poner repelente antimosquitos, porque olía fatal y no me apetecía: prácticamente no me han picado. Dejé de tomar las pastillas antimalaria, consultando previamente con mi farmacéutico en Valencia, y no las retomé, aunque guardaba unos cuantos comprimidos en la mochila por si tenía síntomas. Tres veces, quizás, tuve dolor de cabeza. Y, por supuesto, el mal de altura del que ya hablé en el blog.

P. ¿Cuántas veces te han robado?
R. No me han robado nada y no me han intentado robar ni una vez. Una vez me olvidé el teléfono y no me ayudaron a recuperarlo, aunque sé que lo podían haber hecho. He sido muy precavido. No era un objetivo muy atractivo para robar, porque no llevaba cosas de valor…y en India llevaba la mochila atada al vagón del tren o al autobús con una cadena y un candado.

P. ¿Te han ofrecido sexo por dinero?
R. Algunas veces. En Tailandia, Laos y Camboya… con menos frecuencia cuando iba con chicas.

P. ¿Cómo son los niños en Asia?
R. Cambia según el país. En algunos sitios se utilizan para pedir dinero. En Indonesia venían detrás de mí para hacerse una foto y ya está. En India o Nepal sí es muy habitual que te insistan pidiendo un bolígrafo, dinero o caramelos.

P. ¿Te has sentido en algún momento descubridor, el primer blanco que aparecía por ahí?
R. De los primeros no, de los pocos sí.

P. En tu última entrada en tu blog, escribes de Anna, que se marcha para Asia justo cuando tú has vuelto. ¿Cuál es tu consejo?
R. Infórmate. Lee guías, pregunta, pregunta y pregunta para que te vayan aconsejando.

P. ¿Y ahora qué?
R. Eso querría saber yo. Quiero ir a Valencia, ver a mi gente y asentarme. Por supuesto, tendré que trabajar. La hipoteca no se paga sola.

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Cinco meses, cinco paises, cinco grandes momentos

13 julio 2009
Yo creo que unos meses mas todavia podrian aguantar.

Yo creo que unos meses más todavía podrían aguantar.

Son ya cinco meses de viaje (cinco y medio, para ser más exactos), visitando cinco países diferentes. Es cierto: no me he dado demasiada prisa. Cinco países con alfabeto distinto al nuestro, que me han hecho sentir analfabeto a menudo: Tailandia, Laos, Camboya, India y Nepal. Han sucedido ya unas cuantas cosas, he conocido a gente interesante, y conocido mejor a gente interesante que ya conocía.

El viaje no acaba aquí, pero se acerca un nuevo punto de inflexión en el mismo. Pese a no ser el fin del camino, he encontrado, no sin cierta meditación, un motivo para hacer una particular recopilación a modo de recordatorio: me apetece.

Cinco clásicos imprescindibles:
Encontrarme con un catalán de Blanes
Templos de Angkor
Taj Mahal
Varanasi
Hacer un trekking en Nepal

Cinco trayectos agotadores:
Las 1864 curvas entre Chiang Mai y Mae Hong Son, pasando por Pai
De Don Det a Kratie
De Phnom Penh a Koh Chang
De Khajuraho a Varanasi
De Leh a Manali

Cinco experiencias animales:
Paseo a lomos de un elefante
Templo de los Tigres
Dos días a camello por el Desierto del Thar
Templo de las Ratas
Correr perseguido por un búfalo

Cinco delicias gastronómicas (comerciales y beberciales):
– Pad Thai, en Tailandia
Batidos de fruta del sudeste asiático
– Pescado a la parrilla en una callejuela de Luang Prabang
Lassi en India y Nepal
Malai Kofta en India

Cinco momentos curiosos:
Ser bendecido por un monje budista
Explicándome en la peluqueria
Departir con el cónsul de Francia en Phnom Penh
Señora en trance a orillas del Ganges
Ceremonia de cierre de la frontera indo-pakistaní

Cinco lugares para no dormir, aunque yo lo intenté:
Tienda de campaña en Pai
Una cueva en el norte de Tailandia
Bus-litera entre Bundi y Jodhpur
Al raso en las dunas del Desierto del Thar
A 4960 m. de altura en el Campamento Base del Stok Kangri

Cinco momentos difíciles:
Primer incidente en el aeropuerto de Munich
Recibir un masaje a traición en los urinarios de una discoteca
Dejar mi pasaporte una semana en manos de un comegafas
Beber agua caliente, muy caliente, en el desierto
Sufrir mal de altura a 5500 m.

Al final me ha quedado un post con mas flashbacks que un guión de Amenábar en sus inicios. En la selección, como suele suceder, no están todos los que son, pero son todos los que están.

Salut.

Anécdotas, curiosidades y respuestas a preguntas jamás formuladas. Capítulo 2: Reflexiones irreflexivas

31 marzo 2009

“No es país para chocohólicos”. En esta zona del mundo se da la trágica circunstancia de que no tienen gracia alguna para la fabricación del chocolate, quedando bastante diluído e insípido.
Encomiendo desde esta humilde tribuna a Chocohólicos Anónimos a que elabore una tesis titulada “¿Cuánto tiempo se puede ser feliz sin ingerir chocolate de calidad?” Y yo no seré voluntario para participar en el experimento, que ya tengo bastante con lo mío.
N del A: el chocolate es un producto alimenticio derivado del cacao.


Numismáticamente hablando
, el viaje esta siendo otro desastre. En Tailandia no hay novedades relevantes desde la anterior vez que estuve, hace 2 años. Laos y Camboya tienen la moneda tan devaluada que solamente utilizan billetes. Las monedas de Indochina (anteriores a la independencia) que se pueden encontrar no me inspiran confianza alguna. Podríamos tranquilamente rebautizarlas como duros sevillanos.

Karaoke en buses. Tanto en Laos como en Camboya, en todos los autobuses (excepto los supercutres sin television), hemos sido sistemáticamente torturados con vídeos musicales locales. Es necesario poner el volumen a tope. Todos los vídeos se subtitulan como un karaoke. Las canciones son del tipo plasta-melódico-pastelón y los bailarines parecen invitados de boda que sólo mueven las manos a cámara lenta. La realización es estilo BBC (del típico cuñado que graba en Bodas, Bautizos y Comuniones).
Conozco torturas medievales menos crueles.

Es duro ver esto.

Es duro ver esto.

No hay cambio. Es muy habitual que cuando no se paga con el importe exacto en un comercio, no tengan cambio suficiente. Sin embargo, el comercio vecino siempre tiene. A veces el tercer o cuarto comercio vecino.

Durmiendo espero. No es raro ver en los mercadillos gente durmiendo sobre o junto a su mercancía. En los puestos de carne y pescado tienen un innovador artilugio para disolver el manto de moscas sobre sus productos cuando se acerca un cliente: una bolsa llena de aire atada al extremo de un palo agitada con evidente desgana por el dependiente.
En carnicerías y pescaderías, se ve con frecuencia que los pies desnudos del dependiente son su parte del cuerpo mas cercana al cuchillo y a la misma mercancía mientras trabajan.

¡Coco va! Están documentados estadísticamente ciertos casos de muerte por caídas de coco sobre la cabeza. En alguna playa pueden verse carteles de “Peligro, caída de cocos”. A mí me resultó gracioso ver a un camboyano saltar y correr asustado cuando oyó un simple crujir de una rama de cocotero.
Otra fantasía más que se queda por realizar: dormir la siesta en la playa bajo un cocotero.

En un restaurante, ¿es normal que…:
… sirvan los platos en orden aleatorio? … cuando un comensal acaba de comer otro no ha empezado? … cuando uno acabe el plato llegue la bebida? … se pasee un perro o un gato por la sala? … un gato se suba a la mesa para intentar arrebatar la comida del plato? … pongan un rollo de papel higiénico de servilletero como en un piso de estudiantes? … cuando le sirven a uno la comida, le digan que no tienen hielo, y no le pueden servir la bebida que ha pedido?
La respuesta es: SÍ A TODO

En un hotel, ¿es normal que…:
… no haya toalla, ni sabanas (o sea mejor no utilizarlas), ni papel higiénico, ni un solo espejo, haya fauna, el baño sea común, nunca se pueda apagar la luz desde la cama porque el interruptor está bien lejos, sólo hay un enchufe, las habitaciones no se limpian durante toda la estancia, a la llegada ni siquiera han vaciado la papelera de los clientes anteriores…
La respuesta es: NO, no es normal. En realidad lo que no es normal, es llamar hotel a los sitios donde me he alojado hasta ahora.

Visto sobre un retrete en Angkor (Camboya)

Visto sobre un retrete en Angkor (Camboya)


Busco patrocinador.

Contrariamente a lo que muchos puedan pensar, este viaje no se paga solo, y vivir en la carretera (sin cobrar por ello) es más duro de lo que parece.
Desde aquí ofrezco banners, fotografias con sus productos… a la empresa que me quiera patrocinar.
Quiero animar especialmente a cualquier empresa informática que pueda aportar uno de esos portátiles pequeños. También a empresas chocolateras, de ropa y equipamiento deportivo, de montaña y de viaje en general, cadenas de spas, agencias de viajes, gabinetes psiquiátricos, grupos de prensa…

Salut.

Entramos en Camboya

10 marzo 2009

Las últimas 24 horas en Laos fueron un constante cálculo de cuánto dinero nos quedaba en moneda local (kips), para gastarnos exactamente el dinero que llevábamos, pudiendo pagar todo, y que no nos sobraran kips que no podremos utilizar fuera del país. Esta circunstancia nos ha permitido probar el masaje laosiano, y cenar en un restaurante al que vimos buena pinta. Cuando digo que le vimos buena pinta, fue bajo el viciado punto de vista español: “si hay mucha gente, es que se come bien”. Trasladando la situación a Laos descubrimos, demasiado tarde para nuestra desgracia, que en Laos: “si hay mucha gente, se espera más aún para comer”. Y batimos nuestro récord de espera para ser servidos: 80 minutos (1hora y 20 minutos, sí señor) desde el momento de pedir hasta que nos sirvieron.

Finalmente abandonamos Don Det (Laos) en dirección a Kratie (Camboya). Volvemos a la concatenación de medios de transporte: barco, inexplicable espera en el muelle (en realidad una playa de río), nos reencontramos con los catalanes (3 días sin vernos ya era demasiado), y tomamos un minivan (“fregoneta de pasajeros” para los amigos) para llegar hasta la frontera. Aquí voy a poner un punto y aparte, que el paso de frontera lo merece.

El minivan nos suelta junto a una caseta en la carretera, donde nos cobran por el visado de salida de Laos. Según nos dicen, nos cobran más por ser sábado. Elaboremos una teoría al respecto para buscarle la lógica: Al funcionariado laosiano no se le incluye el menú en el sueldo, y claro, todos sabemos que los sábados no hay menú del día. Eso no se paga solo, ¡pues que pringue el incauto turista!

Una vez abonada la tasa y con el sello de salida en nuestro pasaporte nos dicen que vayamos a la frontera camboyana a pie, durante 200 ó 300 metros por la carretera en tierra de nadie, mientras el minivan, sin pasajeros, nos adelanta para llevar allí nuestras mochilas.

Al llegar a la frontera camboyana, rellenamos la solicitud de entrada al país, nos entregan el visado de entrada a Camboya, y naturalmente nos lo hacen pagar.

Recogemos nuestras mochilas que han sido amablemente amontonadas en la cuneta, y parece que ya estamos en Camboya. ¡Error! Hay una cola más que lleva a otra caseta junto a la carretera en la que hay 3 funcionarios (militares) de sobornable aspecto. Los 3 están sentados alrededor de una mesa hablando de sus cosillas y repartiéndose el trabajo: funcionario recaudador (y van 3 veces que pringamos) y mirador de pasaportes y rostros de turistas, funcionario sellador, y funcionario grapador. Éste último era el que entregaba el pasaporte y acababa siempre pidiendo 1 dólar (que ya pagamos anteriormente al funcionario recaudador), por si colaba.

Y ya estamos en Camboya. En la carretera hay un autobús y 3 coches. Tras preguntar varias veces dónde nos tenemos que subir los que vamos a Kratie, ya hemos obtenido varias respuestas distintas: en el autobús, en un autobús que vendrá luego, en los coches… Finalmente parece que vamos en los coches. Cuando vamos a subirnos, vemos que ya llevan 6 personas cada uno (2 delante y 4 detrás) y que no entramos ni con calzador. Nos dicen que sí cabemos, que pasemos 2 más. Nos negamos rotundamente, y tras varios cambios de opinión de los “responsables” de llevarnos a destino, acabamos hacinados en el autobús. Con gente sentada en el pasillo, con las mochilas al final del autobús con peligro de caer sobre los que se sientan en la última fila (estuvieron ágiles y pillaron alguna al vuelo), y más mochilas a lo largo del pasillo. Antes de partir, subió otro funcionario, con aspecto más sobornable aún que los anteriores, a pedir que le enseñáramos los pasaportes. Tras una hora en bus atravesamos el primer puente que he visto sobre el Mekong, hacemos una excesivamente larga parada para comer, y nos trasladan a otro minivan. Una vez lleno de pasajeros el minivan, con nuestras mochilas en el techo, se inicia un incómodo viaje.

Pese a estar lleno (recordemos: concepto europeo de llenado), el minivan se sigue llenando, hasta que tienen que poner a un camboyano sobre el techo, con las mochilas. De repente, paramos en mitad de la carretera. El conductor decide retroceder varias decenas de metros, y para redondear la pirula, se para en el carril contrario pisando ligeramente la mediana. Mientras vemos que nos esquivan los vehículos que circulan en sentido contrario, por el carril que se supone que es el nuestro. El conductor se baja y recoge de la carretera el tabaco y el mechero que se le habían caído al individuo que “vigilaba” nuestros equipajes sobre el minivan, y se los devuelve.

Y de ahí a Kratie, nuestra primera parada en Camboya.

Bebiendo coco

Bebiendo coco

De Kratie poco puedo contar. Como las 4000 islas, es un lugar desde el que se puede ir a ver los delfines de río, de lo cual pasamos. Y decidimos ver el sol ponerse sobre el Mekong bebiendo agua de coco, del mismo coco, recién abierto. Saqué la navajita suiza que me regalaron los padres de Nuria y estuvimos un buen rato comiéndonos el coco.

Parece ser que la electricidad aquí es muy cara. Como en Laos, la misma habitación tiene precio distinto (a veces el doble), según si se quiere que conecten el aire acondicionado o no. En el hotel de Kratie, para asegurarse de que no dejábamos encendido nada, quitaban los plomos desde recepción cada vez que salíamos a la calle.

Al día siguiente viajamos a Phnom Penh, la capital, tras otra paliza en bus. Esta vez no cambiamos de bus, pero sí que hicimos algunas paradas. Una de ellas en un restaurante-vertedero. Debo confesar que en este viaje los niveles de higiene van descendiendo paulatinamente. La suciedad se percibe visual y olfativamente. Se ve mucha gente sucia. En la capital especialmente, se ven muchas personas, especialmente mujeres y niños mendigando. También es impactante la cantidad de mutilados que se ven, atribuidos a las minas.

Silencio roto (no pega, pero a mí me gusta)

Silencio roto (no pega, pero a mí me gusta)

Phnom Penh es una ciudad enorme, ruidosa, sucia, caótica en cuanto a circulación aunque muy ordenada urbanísticamente, y que ofrece bastantes posibilidades comparado con lo que hemos visto las últimas semanas. Como hemos estado arreglando papeles y haciendo compras, no hemos visitado prácticamente nada todavía. Así que eso quedará para otro post.

La única visita interesante que hemos hecho en la capital ha sido a unos campos de exterminio a las afueras de la capital, de la época en que los jemeres rojos de Pol Pot hacían de las suyas. Se ven hoyos de lo que fueron algunas las fosas comunes, ropa a medio desenterrar, y una monumental estupa con unas 8000 calaveras humanas. Pese a no estar muy explicado, hay que reconocer que impresiona.

Salut.

El típico restaurante de 3 palillos

El típico restaurante de 3 palillos

Se nos acaba Laos

6 marzo 2009

Champasak

Para viajar de Pakse a Champasak hemos tomado una rocambolesca combinación de medios de transporte.

Tuk-tuk a la estación de autobuses, con su tira y afloja en la negociación de precio y lugar dónde nos llevaba.

Al contemplar el panorama en la estación de autobuses: tiempo de espera, medio de transporte, densidad de pasaje (humano, animal y equipaje), retomamos el tuk-tuk, que nos llevó a un embarcadero cercano a Champasak.

De ahí tomamos un “catamarán” para atravesar el Mekong.

Luego un tuk-tuk hasta el hotel en Champasak.

Después alquilamos el mismo tuk-tuk durante medio día para ir y volver de las ruinas de Champasak.

Me apetece entretenerme describiendo el “catamarán”, como si fuera la sección de bricolaje de Desde Oniria. Y como el blog es mío, eso voy a hacer:

Se toman 2 barcas largas típicas del Mekong, que vienen a ser lo que sale de cruzar una piragua con una cáscara de nuez.

Se ponen las 2 barcas en paralelo y se unen con tablones cutres, que conformarán la cubierta.

Para aportar una falsa sensación de seguridad, se remata con una barandilla más cutre todavía.

Añadimos un motor sobre una de las cáscaras de nuez, y quitamos media cáscara de la otra.

Los laosianos, como todo el mundo, sabemos que la simetría es un concepto obsoleto.

Y ya estamos listos para cobrar un pastón a los turistas por cruzar el río en 5 minutos, y abandonarlos en la otra orilla a merced de nuestro primo el del tuk-tuk, que les hará otra jugada similar, e intentará llevarlos al hotel del otro primo y así sucesivamente.

A todo esto, ¿qué hay de interés en Champasak?: Un conjunto de piedras viejunas de origen jemer del siglo V en alarmante proceso de degradación. Con el tiempo tiene añadidos hinduistas y budistas entre otros. Tiene unas interesantes vistas desde la montaña a la que se sube por unas escaleras cuya pronunciada pendiente, unido a la diversidad de tamaño de los escalones y el estado de la baldosas, las hace menos interesantes.

Ha sido un sitio en el que ha merecido la pena pararse.

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Jordi y Joni (el Catalán de Blanes y el Otro) volvieron a aparecer una vez más cual Guadiana, lo cual cada vez es menos noticia. También me encontré con Romain, un francés con el que coincidí en el trekking que hice desde Chiang Mai. Hemos quedado en vernos en unas 4 semanas, si no nos volvemos a encontrar antes. Al final del día, nos juntamos unos 10 mochileros disfrutando de “Champasak la nuit”. Estábamos tomando la última (para algunos la única) y junto a nuestra mesa tumbado en el suelo, un señor tratando de conciliar el sueño, pero sin estresarse.

Cuando ya habíamos quemado la noche, y decidimos irnos a dormir, nos dimos cuenta de que se nos habían hecho ni más ni menos que las 11 de la noche. ¡Vaya juerguistas!

A ver que se puede desayunar a bordo.

A ver que se puede desayunar a bordo.

¡Cómo está el servicio!

El laosiano medio es huevón por naturaleza, y esto se agudiza más cuanto más al sur se viaja.

Es habitual que al llegar a un hotel, restaurante, o comercio en general, no haya nadie. Uno llega, saluda, entra, busca… y nada. Quizá antes de desistir aparece alguien que no te entiende, y se va sin decir nada. Y quizá aparece después con alguien que a duras penas entiende inglés.

Cuando uno pide en un restaurante, también suele ser difícil hacerse entender. El sistema más parecido al ideal es señalar el plato en la carta, que con suerte está en inglés (para entenderlo yo) y en laosiano (para que lo entienda el camarero), y conseguir que el “esforzado” camarero lo entienda. Si se pide algo un poco especial (como leche en el café, un plato de arroz a un lado, que sirvan un plato después del otro…), lo habitual es que miren y asientan, aunque no hayan entendido nada. Como en el caso anterior, a veces simplemente se dan la vuelta sin contestar, y a veces llaman a otra persona que es posible que entienda algo más de inglés (o quizá no).

Algo que nos ha sucedido ya en un par de restaurantes es que, en el colmo de la pereza, la camarera se siente en una de las sillas junto a nosotros, y recostada sobre nuestra mesa, tome nota de la comanda.

Después viene la espera hasta que el plato llega. Entre 20 y 50 minutos es lo más habitual. El orden al servir es totalmente aleatorio, y se escapa a la lógica de cualquier sistema utilizado en la hostelería occidental, incluso aunque se haya pedido específicamente que sirvan un plato antes que el otro. Es norma que algún comensal no haya sido servido todavía cuando otro de la misma mesa, que ha pedido a la vez, ya ha acabado de comer.

Últimamente nos entretenemos apostando cuánto tiempo tardarán en servirnos. Por ejemplo, hemos estado en un restaurante, (en el que ya estuvimos la noche anterior, y repetimos porque nos pareció bueno), en el que han tardado, desde la comanda, 29 minutos en comenzar a preparar nuestro batido. Lo hemos notado porque al encender la batidora, baja la intensidad de la luz en todo el restaurante. Y en tan sólo 45 minutos de reloj, teníamos ya los platos sobre la mesa. Hay que decir que vimos a la camarera salir un par de veces en bicicleta, suponemos que para proveerse de género para nuestra cena.

Otro ejemplo que vivimos en Vientiane fue el siguiente: Vemos un tuk-tuk, le decimos al conductor dónde queremos ir, negociamos el precio y allá vamos. Al poco tiempo me doy cuenta de que vamos en sentido contrario, y hago parar al conductor. Le enseño sobre el mapa dónde queremos ir, y que va al revés. Él dice que sí, pero pone cara de que no. Así que decido que nos bajamos y tomamos otro tuk-tuk. Un taxista occidental hubiese armado la marimorena, pero este miró cómo nos bajábamos y ni se inmutó. Probablemente pensará que le daba tiempo a desplegar la hamaca que lleva detrás y dormir la enésima siesta del día.

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Las 4000 islas

De Champasak partimos hacia las 4000 islas, con otra curiosa combinación de medios de transporte (tuk-tuk, barco, autocar y más barco), para llegar a Don Det, que es una las islas. Algo debimos hacer mal cuando contratamos el viaje, porque acabamos en un autobús de lujo, con amplios asientos reclinables, reposapies y 3 asientos por fila.

Don Det es una isla muy pequeña, que está junto a otra llamada Don Khon, muy cerca de la frontera con Camboya. Pequeña aclaración: Laos no tiene mar. Las 4000 islas están en el Mekong, que a estas alturas ya es un río impresionantemente ancho. Este lugar ya es el colmo de la relajación, la tranquilidad, “il dolce far niente” y el “extreme tumbing”.

Hay electricidad 4 horas al día (de 18 a 22 h.). Como no era suficientemente cutre para nosotros, Patri y yo nos alojamos en un hotel en el que sólo le dan a la palanquita de la luz 2 horas al día.

La isla nos la hemos recorrido en bicicleta, hemos pasado por un puente con peaje a Don Khon y casi nos la hemos recorrido también. No hay apenas circulación motorizada, y no hay nada asfaltado. La combinación de baches y el trayecto en bici acaban provocando un lógico y no deseado aflautamiento en la voz.

Parece que aquí viene la gente de fiesta (no lo veo yo para tanto). Pero hemos visto en un restaurante un “Desayuno Resaca”, a un precio que cuadruplica el de cualquier otro desayuno de la misma carta, consistente en: huevos revueltos, pan de ajo, queso, patatas fritas, pepsi, macedonia, paracetamol y valium.

Próximo destino: Kratie, en Camboya.

Salut.

Vámonos al sur

2 marzo 2009

Vientiane, la capital y la ciudad más grande de Laos, nos sigue ofreciendo calor y templos. Sí hemos visto un par de cosas que me han llamado la atención.

Por un lado Xien Khuan (donde está el parque de los Budas). Especialmente interesante fue la manera de llegar. Fuimos a la estación de autobuses y tomamos un autobús local, desoyendo las indicaciones de un “amable” conductor de tuk-tuk, que nos ofrecía una opción mucho más “recomendable” desde todos los puntos de vista, excepto del económico, desproporcionadamente gravoso respecto al cutrebús local. Una vez el autobús ya superaba al menos en el 100% su capacidad de pasajeros (punto de vista europeo), partimos. El autobús era de puerta automática: Si el bus aceleraba mucho, cosa poco frecuente, la puerta se cerraba. Y si frenaba de golpe, por la inercia, la puerta se abría. Durante el camino nos dimos cuenta de que llegamos al “Puente de la Amistad”, que une Laos y Tailandia. Primer pensamiento: ¡Cagada! Pero preguntamos, y estábamos en el camino correcto. Poco después llegamos al famoso parquecito, pagamos (en ese bus se paga a la llegada) y bajamos.

El parque es una agrupación de estatuas budistas-hinduistas con reminiscencias gaudí-dalinianas. Llamémosle excéntrico, o simplemente raro, raro, raro.

Paseando por el bochornoso Vientiane azuzados por Lorenzo, se nos abrió el cielo al ver un cartel que anunciaba un museo GRATIS y con AIRE ACONDICIONADO. Nada mejor para llenar las horas muertas una vez dejado el hotel. Resultó ser un museo sobre los bombardeos de las tropas estadounidenses sobre Laos durante la guerra de Vietnam, y las consecuencias desde entonces hasta ahora. Nos explicaron la gran cantidad de bombas que quedan por explotar y las amplias zonas del país sin limpiar. También las piernas ortopédicas que se han tenido que fabricar a raíz de las amputaciones que siguen produciéndose. Muy impactante.

Nuestros amigos catalanes siguen apareciendo y desapareciendo como el Guadiana, y los madrileños decidieron pasar de Vientiane a Tailandia. Así que nos quedamos otra vez los 3 solos.

Después de Vientiane, tomamos la decisión de dar el salto a Pakse, recorriendo en bus nocturno los más de 700 km entre las 2 ciudades. Es la primera vez utilizo, y que veo, este tipo de bus: no tiene butacas. Sólo literas. Salvo eso, el resto de detalles del viaje similares a los habituales: música de karaoke a todo volumen mientras nos tienen con la luz apagada, dicen que nos dan cena y nos humillan dándonos una exigua bolsa de infernales aperitivos chinos, se les ocurre hacer una parada a mitad noche y encienden todas las luces… Y llegada a Pakse. Tuk-tuk al centro, desayunamos (al cuarto intento conseguimos que nos pongan leche en el café), y nos ponemos a buscar hotel.

He aprendido, de modo empírico, una avanzada técnica que usan aquí los recepcionistas de hotel, que creo que voy a exportar a Europa. Cuando vemos un hotel que creemos que nos interesa, y vemos los precios, le indicamos al recepcionista si nos puede hacer un descuento. La avanzada técnica del profesional de la recepción consiste en responder con una risa que denota que “le falta un hervor”, pero que rápidamente interpretamos (avispados que somos) como: “¡Aquí no hay descuento que valga!”. Y no eran horas, ni mucho menos audiencia apropiada, para ponerse a elucubrar sobre las bondades de las técnicas de Yield Management, así que ¡a pagar y a la habitación!

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Laura se ha quedado en Pakse, por motivos de salud, y mientras, Patricia y yo hemos ido a ver Bolaven Plateau. Suena a Altiplano Boliviano, pero poco tiene que ver. Hemos visto varias cascadas (yo estoy ya un poco cansado de tantas “guaterfules”), una plantación de té y café, y un par de pueblos “típicos”. Uno sí que parecía un pueblo típico de verdad, pero el otro, parecía más bien un safari fotográfico con humanos. Al primero hemos llegado tras varios kilómetros por una pista de tierra que teñía el arcén de intenso color azafrán. Yo me imagino que quien tenga que hacer la colada y tenderla junto a la carretera, debe sentir una frustrante sensación de perder el tiempo. Curiosidades del primer pueblo: los niños vienen a mendigar bolígrafos a los turistas. Otra curiosidad: cada casa guarda debajo, entre los pilares que la sobreelevan, un ataúd. A los 35 años (yo todavía soy joven para ello), se construyen su propio ataúd: un pueblo previsor.

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Esto lo voy a contar, porque Patricia insiste en ello. Patri, este párrafo va por ti: En el segundo pueblo (el que recordaba más a un zoo humano), hemos conocido al hombre orquesta, que construía diferente instrumentos musicales, de cuerda y percusión, principalmente a base de madera y bambú. La música que perpetraba era tan monótona, que incluso yo me di cuenta. Llamaba más la atención su tocado capilar que recordaba a las bragas de una abuela después de su vida útil, y de su vida inútil. La siguiente parada era en un puesto de artesanía textil, donde una bella hilandera me lanzaba miraditas del estilo “sácame de aquí y llévame a Europa”. Son irreproducibles por escrito las carcajadas de Patricia, en el momento, en el camino de vuelta, y lo que nos quede de viajar juntos.

Si todo va bien, mañana vamos (los 3, sin la hilandera) a Champasak, y al otro a Si Phan Don, a ver las 4000 islas.

Salut.

De Luang Prabang a Vientiane

26 febrero 2009

Luang Prabang

Llegamos a “la ciudad más bonita del Sudeste Asiático” y Patrimonio de la Humanidad. Pasamos un día recorriendo Luang Prabang y sufriendo un calor bochornoso. Es bonita, pero ni mucho menos para tanto. Cierto estilo colonial francés, mercadillo, templos y poco más. Lo mejor fue que conocimos a 2 madrileños, con los que hemos seguido viajando hasta Vientiane, y con los que nos reímos bastante. Al día siguiente decidimos ir a unas hermosas cataratas para tratar de sacudirnos de encima el insoportable calor que nos lleva acompañando por todo Laos. Y valió la pena.

Tratando de sobrellevar los calores laosianos

Tratando de sobrellevar los calores laosianos

Batidos de frutas

Durante todo el viaje vengo reparando energías en gran medida gracias a los batidos de frutas. Pocas cosas imagino más cercanas de obtener una etiqueta ISO de certificación de calidad que el proceso de preparación de los batidos en Laos. Cuando uno pide un batido, por ejemplo de piña, siempre sobra un poso, a veces grande, en la batidora. Por supuesto, ese poso no se limpia para hacer el siguiente batido. Con mucha suerte, se vacía mediante volcado, pero nada más. Si el siguiente cliente pide un batido de plátano, en realidad obtendrá batido de plátano con esencias de piña.

En un alarde de osadía se me ocurrió pedir un batido de café laosiano con oreo. Como dijo Jack el Destripador, “vayamos por partes”. El café laosiano es eso: café. Y está bueno. Y las oreo son las famosas galletas, que pasan de la bolsa a la batidora, junto al café. El resultado también está bueno. Si uno lo analiza con detenimiento (yo lo he hecho, que tengo mucho tiempo libre), en realidad es como mojar galletas en café frío, pero para vagos.

Laos cañí

Tras 5 días en Laos, decidimos viajar de Luang Prabang a Van Vieng en nuestro primer viaje por carretera desde que llegamos al país. Por supuesto, nada de minibuses a la puerta del hotel, sino que vamos a la estación de autobuses a tomar un bus local.

En el momento de subir al autobús contábamos con informaciones bastante inconcretas sobre la duración del viaje, pero llegamos a la conclusión de que iban a ser entre 6 y 9 horas. Lo lógico y normal, teniendo en cuenta que hay una distancia de 230 km entre ambas ciudades.

Al partir de la estación, quedaban varios asientos libres. Nos pusimos estratégicamente los 5 en el lado en el que creíamos que iba a dar menos el sol. Salimos puntualmente para realizar la primera parada a 100 m (¡Sí, a 100 m.!), en la primera gasolinera. Allí, llegó un chico que cargaba una maleta grande y dura (la clásica Samsonite) en una scooter, y que viajaron con nosotros: el chico, la maleta y la scooter. Me pidieron que abriera la ventanilla para apoyar el pie en ella y poder encaramarse al techo. De ahí soltaron una maroma para poder izar la moto y que viajara convenientemente sujeta, quiero pensar, sobre el autocar. Al finalizar la operación de izado, habían pasado 15 minutos de la hora de salida, y habíamos recorrido 100 metros.

Al poco tiempo nos deleitaron con música local a un nivel de decibelios bastante superior al recomendado por la OMS, impidiendo cualquier tipo de conversación o cabezadita para los que hemos madrugado más de lo saludable.

El trayecto está salpicado de constantes pardas en medio de la nada en las que sube más gente de la que baja. Tras llenarse el autobús (concepto europeo de llenado), la gente siguió subiendo y hubo que echar mano de taburetes de plástico distribuidos a lo largo del pasillo hasta que se llenó según el concepto asiático de llenado.

En una de tantas paradas sube el típico borracho, que debe ser ayudado a llegar a su sitio mientras vocifera algo ininteligible. Probablemente verdades como templos a su juicio.

Comienzan las curvas (ni mucho menos llegaron a 1864, y el consiguiente reparto de bolsas de plástico entre el pasaje. Es la primera vez que vivo esto en un autobús. Es increíble la gran cantidad de gente que tuvo que llamar a Juan. En poco tiempo aquello se convirtió en un vomitódromo de primer nivel. ¡Se oían las arcadas en Dolby Surround! He encontrado la fórmula para distinguir a un laosiano de un tailandés: metes a los dos en un autobús, y el que vomite, es laosiano.

Van Vieng

Nos recibe en Van Vieng el agresivo sol del mediodía y una ciudad muy pequeña sin demasiado movimiento.

La primera impresión fue errónea. Esta ciudad está llena de jóvenes de marcha. La atracción más conocida es el tubing, consistente en bajar el río tumbado sobre un neumático. Reflexión: esto yo ya lo he hecho durante años en el mar sin necesidad de viajar miles de kilómetros ni de pagar por ello. Aquí, la gracia, para quien se la vea, consiste en ir parando en los bares que hay por el camino y beber cerveza o algo más fuerte (incluso se ofrecen abiertamente en el menú bebidas a base de setas “mágicas”). Algunos de los bares están a rebosar. Otras de las atracciones son tirarse al río desde una plataforma bien alta, lanzarse en tirolina, o bien lanzarse en trapecio, cual Pinito del Oro y dejarse caer sobre el río en algún punto de la trayectoria. Como precavido que soy, sólo pruebo algunas de las estupideces que se pueden hacer, así que escogí el trapecio, y además, repetí.

Salto de trapecista...

Salto de trapecista...

... y caida

... y caida

Durante el único día entero que hemos pasado en Van Vieng, hicimos una excursión en la que por la mañana nos mojamos, y por la tarde también. Por la mañana nos metimos en una cueva haciendo “tubing” no etílico, con aspecto de espeleólogos candidatos a la electrocución. Y por la tarde estuvimos unas 3 horas de kayak, demostrando una notoria falta de habilidad y coordinación. El resto tampoco destacaban por su pericia. Patri y yo conseguimos quedar por delante de los madrileños, y con eso ya estábamos más que satisfechos. Fue durante el trayecto en kayak cuando pasamos de la tranquilidad más absoluta al fiestón del estilo universitarios de fin de curso.

La marcha nocturna consiste en “alejarse” del centro del pueblo e ir a una islita llena de bares al aire libre, con sus innecesarias hogueras, y hamaquitas y cabañitas de madera en las que tumbarse, degustar mágicos batidos… hasta las 23.30. Sí: a las once y media de la noche acaba todo para cumplir con el toque de queda que no permite estar en la calle ni hacer ruido después de medianoche. Respecto a estar en la calle, el toque de queda no es muy estricto. Respecto al ruido, un poquito más. En cualquier caso, en la mayoría del país, no es fácil encontrar algo que hacer después de las 23.00 h.

Electrocucion inminente

Electrocucion inminente

Baño y colada en Van Vieng

Baño y colada en Van Vieng

Atardecer en Van Vieng

Atardecer en Van Vieng

Vientiane

Y finalmente llegamos a Vientiane, la capital del país, muy conocida en España por ser el lugar donde se dice que pillaron a Roldán. Hemos venido en otro autobús local, más cutre pero menos lleno que el de Luang Prabang a Van Vieng. Ha sido un trayecto con muchas menos curvas que el anterior. El conductor tenía la despreciable habilidad de tocar el claxon con excesiva frecuencia y sin motivo alguno. También consiguió hacer botar a todo el pasaje como si trotáramos sobre un caballo. En resumen: poco más de 4 horas para los 150 km que van de Van Vieng a Vientiane.

De momento sólo nos ha dado tiempo a comprobar que la ciudad es cara, tan calurosa como el resto del país, y a darnos un merecido homenaje gastronómico en un restaurante francés, que ya iba siendo hora.

Salut.

Curtiendo la piel del tambor

Curtiendo la piel del tambor

Entramos en Laos

22 febrero 2009

Tras reencontrarme con Patricia en Chiang Rai, partimos junto a Laura hacia Chiang Khong en otro autobús estilo cafetera por carreteras mayoritariamente asfaltadas.

Pasamos la frontera con Laos atravesando el Mekong en barca. Usan el mismo sistema que algunos taxistas: cobran no sólo por pasajero, sino también por bulto. Una vez atravesado el río, y después de esperar a que el supervisor de turno acabara de comer, se dignara a firmar nuestros pasaportes, nos llenaran una página de cuños (a una media de 5 dólares el cuño), entramos en Huay Xai (a veces escritos Houaisay, por lo de los cambios de alfabeto).

Huay Xai (Laos). Tras el Mekong: Tailandia

Huay Xai (Laos). Tras el Mekong: Tailandia

Tomando un t'e fr'io.

Tomando un t'e fr'io.

Huay Xai tiene frontera, embarcaderos, un restaurante en cuyo menú se ofrece pan a la catalana, y muy poquito más. Conocimos a 2 catalanes, lo cual estuvo muy bien después de tanto tiempo sin conocer españoles. ¡Y por la noche a un madrileño! A los catalanes los hemos seguido viendo. Llevan bastante tiempo viajando y nos reímos mucho con sus anécdotas. La pobre Laura no habla nada de español, pero hasta el momento ha llevado bastante bien la convivencia con los cuatro.

Ya lo dijo Buenafuente hace muchos años en uno de sus monólogos: “Viajes donde viajes, siempre te encontrarás con un catalán de Blanes”. Se me ocurrió soltar el comentario y, efectivamente, uno de ellos es de Blanes. Queda por tanto demostrado que la teoría de Buenafuente no es una leyenda urbana.

Atardecer en el Mekong

Atardecer en el Mekong

Hemos viajado por el Mekong en barco lento desde Huay Xai hasta Luang Prabang. También estaba la opción de ir en barco rápido (6 horas) en el que los pasajeros lucen casco integral. No fue difícil descartar esa opción. También es de perogrullo explicar el porqué de la denominación “barco lento” de la opción elegida. Tras 6 horitas de trayecto en barco, llegamos a Pak Beng para hacer noche. Pak Beng aparece en el mapa como ciudad, pero en realidad no es más que es una calle con casas a los lados, donde cortan la electricidad durante 9 horas al día. Al día siguiente, en apenas 8 horitas más de barco (con sólo una parada técnica para reponer las existencias de cerveza agotadas por el colectivo de pasajeros anglosajón) llegamos a Luang Prabang.

Salut.

Los tres en el barco lento.

Los tres en el barco lento.