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Me siento realizado

1 noviembre 2009

Entrevista03

Texto: JUANJO M. / Reportaje gráfico: RAFAEL HERRERO. Madrid.

Al sentarse en una cafetería, Diego (Valencia, 1974) está haciendo varias cosas para las que probablemente haya perdido la costumbre: no carga con una mochila de entre 12 y 14 kilos; no tiene que regatear el precio de la cerveza; y está en Madrid, España, donde el ritmo de la ciudad le resulta extraño después de recorrerse media Asia, de Tailandia a Camboya, pasando por India, Indonesia, Laos, Malasia, Nepal o Singapur. Esta es la factura: el viaje ha costado unos 8.000 euros, unos cuantos kilos perdidos, bastantes sudores, y muchas, cuenta, emociones compartidas con otros viajeros.

P. Nueve meses después, llegas al aeropuerto de Barajas. Entonces…
R. Lo primero que pienso al volver a casa es en ver a la familia, en que me estaban esperando. Pienso en que alguien me espera en el aeropuerto, en que hay un coche de verdad, en que no me tengo que pelear para llegar a casa, en que no tengo que buscar alojamiento…fue mucha relajación con respecto a la tensión del viaje y el buscarme la vida cada día. Ahora estoy más tranquilo.

P. ¿Cuántas veces te han preguntado por qué? ¿Por qué este viaje? ¿Por qué ahora? ¿Por qué hasta allí?
R. Continuamente. Creo que parte de mi familia y de mis amigos, simplemente, no lo entienden, y lo consideran una locura. Los viajeros se pueden clasificar en los que buscan algo o huyen de algo y los que simplemente viajan por placer. Están los que viajan porque quieren y los que huyen de malas épocas en casa, por salir de una depresión, porque están insatisfechos con la vida que llevan… yo estaba en un momento muy bueno, de familia, de amigos y de trabajo.

P. Y aún así, te marchaste.
R. Como inversión es una mala inversión, sin duda, desde el punto de vista financiero. Desde el personal, de lo que a uno le aporta, no tiene precio, vale muchísimo más que lo invertido. Me he sentido muy realizado, porque es una idea que traía desde hace muchos años y a la que siempre veía alguna pega. Le he dado forma y ha salido un viaje largo, improvisando y cambiando de ruta. Me apetecía muchísimo hacerlo y no quería que pasaran muchos años más: ahora tengo la fuerza física y no tengo ataduras familiares.

P. ¿Por qué esta vez no había pegas?
R. Porque sabía que tenía cierto dinero en el banco, que ya había hecho un viaje similar, de sólo un mes, a Vietnam, en 2007, y ya conocía a gente que lo había hecho.

P. Así que las probabilidades de morir en el intento…
R. Eran bajas, sí.

P. Durante el viaje, ¿ha habido más gente que te haya intentado ayudar o que te haya intentado engañar?
R. Ha habido más gente que me ha intentado engañar. Si por engañar entendemos sacarme el dinero, por supuesto. La cara de dólar la lleva uno puesta siempre por ser occidental. Algunos de ellos ven un saco de dólares andantes: no distinguen al que viene con un presupuesto de 500 dólares al mes del que viene tres semanas y se gasta 4.000 euros. Son todo blancos, occidentales, que vienen con mucho dinero. Una cosa muy desagradable: me han ofrecido muchísimas drogas. El mochilero, en general, no es putero, pero sí hay algunos a los que les gusta consumir drogas.

P. ¿Quién te ha marcado?
R. Patricia y Romain, principalmente. Nos hemos entendido muy bien. También estuve con Max y Látigo, que son Rafa y Marcelo, dos madrileños con los que coincidí en Laos y Camboya. Los sentí muy cercanos. La semana pasada me encontré con un e-mail de la familia de Marcelo diciéndome que había muerto y convocándome a su funeral. Yo no sabía nada. Pude ir y ver a Rafa: le habían encontrado un melanoma a finales de abril, al poco de volver a Madrid, y a mediados de septiembre murió. Ha sido una experiencia dura. Marcelo tenía el sueño de hacer el viaje…

Entrevista02

P. ¿Qué has aprendido?
R. Me he dado cuenta de que me gusta escribir. Hasta ahora no lo sabía. El viaje me ha aportado mucha seguridad en mí mismo, tranquilidad y menos prisas.

P. ¿Y te has sorprendido contigo mismo?
R. Físicamente, quizás sí, por adaptarme a sitios diferentes, andar mucho, con algunos trekkings muy duros, y por dormir en sitios malos y seguir al día siguiente. En el norte de India hubo trekkings que fueron una prueba de superación, en parte física pero también con una gran dureza mental, por el esfuerzo de seguir adelante, de creer que uno puede seguir. Con uno de ellos, al final, no pude.

P. Habría días en los que te dijeras… ¡quién me mandaría meterme en esto!
R. Para nada. He tenido días más cansados, pero siempre lo he tenido claro. Al principio de Indonesia estaba un poco más desanimado, más débil físicamente…

P. ¿Ha habido algún momento más asqueroso que el templo de las ratas?
R. Probablemente, sí. Nunca he querido publicar las fotos, ni siquiera hacerlas… pero algunos váteres y algunos olores de India. Al llegar fuimos con un taxista que estaba realmente loco, pitando y en contradirección. Cuando llegamos al barrio en el que estaba el hotel, la calle estaba sin asfaltar, había muchísimas vacas y cuando llegó a una calle vacía, en medio de la oscuridad, nos dijo: ‘Ahí está el hotel’. Yo no me quería bajar del coche, porque no veía el hotel. Nos acompañó a una calle a la vuelta de la esquina, todavía peor, más pequeña, y con unos urinarios que echaban un olor terrible, muy muy duro. Al final de esa calle estaba el hotel.

P. ¿Aprendes a apreciar cosas que dabas por supuesto?
R. No he pasado hambre, pero he echado de menos cosas tan simples como el queso, la leche o el chocolate. Lo que he echado mucho de menos son los amigos de siempre, tener una conversación sobre cosas de toda la vida. Eso me ha faltado: dar un abrazo a un familiar, a un amigo. He estado muy bien, he conocido a gente muy interesante que quiero mantener como amigos, pero no había un pasado común, y eso lo he echado de menos.

Entrevista01

P. “Aquí estoy, mamá” dice el blog. Ya puedes ser sincero. ¿Cuántas veces te has puesto enfermo?
R. Enfermo de verdad, cero. Problemas de estómago he tenido con frecuencia. Con la medicación que llevaba se me curaba enseguida, hasta el punto de que al final probé a no tomar nada y se me pasaba. Hubo un momento en el que me dejé de poner repelente antimosquitos, porque olía fatal y no me apetecía: prácticamente no me han picado. Dejé de tomar las pastillas antimalaria, consultando previamente con mi farmacéutico en Valencia, y no las retomé, aunque guardaba unos cuantos comprimidos en la mochila por si tenía síntomas. Tres veces, quizás, tuve dolor de cabeza. Y, por supuesto, el mal de altura del que ya hablé en el blog.

P. ¿Cuántas veces te han robado?
R. No me han robado nada y no me han intentado robar ni una vez. Una vez me olvidé el teléfono y no me ayudaron a recuperarlo, aunque sé que lo podían haber hecho. He sido muy precavido. No era un objetivo muy atractivo para robar, porque no llevaba cosas de valor…y en India llevaba la mochila atada al vagón del tren o al autobús con una cadena y un candado.

P. ¿Te han ofrecido sexo por dinero?
R. Algunas veces. En Tailandia, Laos y Camboya… con menos frecuencia cuando iba con chicas.

P. ¿Cómo son los niños en Asia?
R. Cambia según el país. En algunos sitios se utilizan para pedir dinero. En Indonesia venían detrás de mí para hacerse una foto y ya está. En India o Nepal sí es muy habitual que te insistan pidiendo un bolígrafo, dinero o caramelos.

P. ¿Te has sentido en algún momento descubridor, el primer blanco que aparecía por ahí?
R. De los primeros no, de los pocos sí.

P. En tu última entrada en tu blog, escribes de Anna, que se marcha para Asia justo cuando tú has vuelto. ¿Cuál es tu consejo?
R. Infórmate. Lee guías, pregunta, pregunta y pregunta para que te vayan aconsejando.

P. ¿Y ahora qué?
R. Eso querría saber yo. Quiero ir a Valencia, ver a mi gente y asentarme. Por supuesto, tendré que trabajar. La hipoteca no se paga sola.

Kuala Lumpur

12 octubre 2009

Sky Train con Torres Petronas de fondo. Reflejada en el rascacielos, la Torre Kuala Lumpur.

Sky Train con Torres Petronas de fondo. Reflejada en el rascacielos, la Torre Kuala Lumpur.

Mi llegada a Kuala Lumpur fue alrededor de medianoche, tras casi cuatro horas de vuelo desde Manado. Teniendo en cuenta lo temprano que se levantan y acuestan en Indonesia, se trataba de horas intempestivas para mí. Afortunadamente, los trámites aduaneros en Malasia son rápidos y eficaces: concesión automática de visado gratuito por 90 días. Antes de añadir un nuevo tampón al pasaporte, fui escaneado térmicamente, para ver si tenía la gripe esa de la que nadie sabía nada cuando salí de Europa. Pese a alguna que otra recomendación en contra, decido ir a la ciudad nada más aterrizar. Para ello, necesito ringgits, la divisa malaya. Ningún problema, ya que todos sabemos que Malasia, tras Singapur, es el país más desarrollado del sudeste asiático. Sin embargo, tras cuatro cajeros automáticos fuera de servicio, decido cambiar los pocos cientos de miles de rupias indonesias que me quedaban en el bolsillo, para intentar llegar a la ciudad esa misma noche.

Malasia es un país de abrumadora mayoría musulmana. Por otra parte, es sabido que según los preceptos del islam, los bancos no deben cobrar intereses, y en general un banco islámico debe tener condiciones más benévolas para el cliente. Así que cambié en un banco islámico, con la candidez propia de quien cree que los bancos, como sucede con los notarios, no pretenden ganar dinero. Finalmente, consigo unos cuantos ringgits y dirigirme a la ciudad. En el autobús fui hablando con una pija vietnamita que se sentó a mi lado. En cuanto me confesó su admiración por Paris Hilton deseé con todas mis fuerzas que el trayecto finalizase cuanto antes. ¿Cuántas pijas debe haber en Vietnam? Encontrar una debe ser más difícil que encontrar una aguja en un pajar. Pero pronto, llegamos a la estación central de Kuala Lumpur, y de allí tomé un taxi. Primero discutí con el taxista porque no sabía llegar al hotel, pese a que inicialmente afirmó conocerlo. Nueva muestra de que en Asia la palabra “sí” carece de significado por sí misma. Después discutimos porque quería cobrarme más de lo pactado inicialmente. Pero finalmente, ya pasadas las dos de la madrugada, llegué a mi habitación, con relativa normalidad.

En el centro de la ciudad, donde me he alojado, se mezclan modestos bloques de apartamentos con modernos rascacielos. Es un lugar con cierta vida nocturna. También aparecen algunas sirenas, de esas que dicen “te quiero” si ven la cartera llena, como decía Fito. Se sabe que son sirenas porque tienen medio cuerpo de mujer. El otro medio, mejor que sea otro quien lo averigüe. En general, Kuala Lumpur es una ciudad muy occidental, con grandes avenidas, red de transporte público, incluyendo el Sky Train (monorrail elevado sobre pilares), muchos rascacielos y demasiados centros comerciales. Pese a ello, queda muy detrás de Singapur en muchos aspectos como limpieza, modernidad y, afortunadamente, precios.

Las Torres Petronas: mas largas que un dia sin pan.

Las Torres Petronas: mas largas que un día sin pan.


Las Torres Petronas

Actualmente, el gran emblema de la ciudad son las Torres Petronas. El edificio más alto del mundo en el momento de su construcción, a finales de los años noventa del siglo pasado. Mide ni más ni menos que nueve Migueletes. Según la fuente de información que se consulte, ahora es el cuarto o quinto edificio del mundo en altura. Hoy se vanaglorian de ser las torres gemelas más altas del planeta. Pese a que tiene 88 plantas, sólo se permite el acceso hasta la planta 41, donde está el puente que une ambas torres.

Aproveché una mañana soleada para ir a visitar las Torres Petronas. Me levanté bien temprano para plantarme en la taquilla media hora antes de que abriera, ya que me había enterado, como buen listillo, de que a primera hora se dan un número limitado de entradas gratuitas. Cuando llegué, había un enorme numero de listillos alineados en zigzag, como quien espera subir a la atracción de moda en un parque temático. Tras algo más de una hora de pie haciendo cola, consigo uno de esos pases gratuitos para listillos. Primero, nos aburrieron con una visita a la exposición y luego con una autocomplaciente proyección. Recordemos que Petronas es una empresa petrolera. Finalmente llega el momento deseado. Subimos en un ascensor supersónico (o quizá no tanto) hasta la planta 41, y llegamos a la pasarela entre ambas torres para divisar el paisaje urbano malayo y obtener inolvidables fotos con las que aburrir a los amigos.

Había niebla y llovía a mares.

Plano cerrado bajo el cerrado cielo de Kuala Lumpur, obtenido desde la pasarela de las Torres Petronas.

Plano cerrado bajo el cerrado cielo de Kuala Lumpur, obtenido desde la pasarela de las Torres Petronas.


Con cierta desilusión, saqué alguna que otra foto de lo poco que se veía, y diez minutos más tarde salimos de allí, que llegaba el siguiente grupo. Lo malo de entrar sin pagar entrada, es que no se puede pedir la devolución importe en caso de no quedar satisfecho. Así que ya sabéis: a partir de ahora, pagad por todo. Ahí va un ejemplo a modo de sugerencia: por leer este blog (y si cuela, cuela).

Por supuesto, cuando bajé a tierra ya no llovía. Y poco después salió el Sol.

Salut.

Kuala Lumpur: Ojo al bolso!

Kuala Lumpur: ¡Ojo al bolso!