Posts Tagged ‘aeropuerto’

Antepenúltima parada: Londres

22 octubre 2009
Londres: Autorretrato en el patio de la School of Arts.

Londres: Autorretrato en el patio de la School of Arts.

Mi regreso a Londres desde York, me lo tomo con calma. Tenía claro que no venía a disfrutar del tiempo, nublado durante casi toda mi estancia. Fundamentalmente me he dedicado a reencontrarme con antiguos amigos que conocí en mi época londinense. Me he quedado con Miriam (ex-compañera de clase) y Edoardo, que amablemente me han acogido en su casa de Southgate. Otra de esas casas acogedoras a la europea acompañada de una cálida acogida latina. También me reencontré con Upeka (ex-compañero de trabajo), con el que creía que intenté reencontrarme en Sri Lanka, e inesperadamente he visto que había vuelto a Londres. Reencuentro con Paulo (ex-compañero de trabajo) y familia, mayor de lo que era la última vez que los vi. Y por supuesto, el reencuentro con Patri, ex-compañera de piso y viajes, con la que nos hemos puesto al día sobre las noticias de estos meses, y los posibles planes de viaje en el futuro. Y gracias a Patricia, he vuelto a ver a Ainara, ex-compañera de piso, que me ha visto muy delgado y se ha empeñado en cebarme. Y yo, por no discutir, me he dejado.
 
Llegó el momento de partir de esta gran ciudad en la que parece que todos caben, pero a la que casi nadie siente pertenecer. Me dirigí en un autobus lleno, a la europea, al aeropuerto de Stansted para tomar un vuelo con Ryanair, la compañía aérea que te cobra por todo excepto por los billetes de avión. Llego al mostrador de facturación temiendo qué excusa se van a inventar para cobrarme un suplemento con la amenaza de dejarme en tierra. Yo ya había pagado por internet mi suplemento por llevar una maleta y había hecho el check-in para que no me cobraran 40 libras esterlinas de más (el doble de la tarifa pagada). Cuando suelto allí mi mochila me dicen que vaya a dejarla en otro sitio, ya que las cintas pueden engancharse en la maquinaria, algo sólo me ha sucedido anteriormente en Londres, pero nunca en Valencia, Madrid, Barcelona, Munich, Bangkok, Bali, Singapur… Pero mis temores eran infundados, era yo quien debía llevar allí la mochila, pero había que pagar ningún suplemento. Pasé los clásicos controles por los ultrasensibles detectores de metales, descalzo y sin cinturón, sin agua… Hasta que llegué a la puerta de embarque y vi que había un pequeño retraso, que fue prolongándose hasta ser de una hora. En la misma puerta de embarque, justo antes de acceder al avión, el personal de Ryanair, se dedicó a medir las sobredimensionadas maletas de los pasajeros ansiosos por cargar todo con ellos en el avión. Y allí mismo iba cobrando unas cantidades nada despreciables en concepto de suplemento por exceso de equipaje.

Ya en vuelo, descubrí que estaba prohibido dormir a menos que se cuente con genes indonesios. No sólo por el encajonamiento al que uno se ve sometido en su asiento, sino principalmente por la megafonía. Constantemente están lanzando mensajes por megafonía, que además está tan alta que apenas se entiende. El hecho de que los tripulantes hablaran a toda velocidad, entre dientes y con gran desgana no ayudaba demasiado. La tripulación era principalmente española, lo que no se notaba en la mejora del servicio, pero sí en el macarrónico acento al hablar inglés. Tras despegar comienza el mercadeo. Se anuncia que hay una promoción especial de bocadillos calentitos. Después nos indican que tienen una pizza estupenda a un precio bajísimo (lo del precio es falso, lo de que sea estupenda lo dudo mucho). Más tarde pasan ofreciendo comida y bebida. Después nos ofrecieron jugar al rasca-rasca. El tripulante que nos lo trató de vender por megafonía no creía para nada en el producto y se notó en la desgana con que lo anunciaba y en que tenía que parar de hablar de cuando en cuando porque era incapaz de aguantarse la risa. Obviamente, no vendió ninguno. Más tarde, nos recordaron que no se podía fumar a bordo, pero que ofrecían un sustitutivo del tabaco (no quise averiguar más detalles). Después anunciaron las ventas libres de impuestos, que incluyen cigarrillos para hacer sufrir más a aquellos que no pueden fumar a bordo.
 
Por fin, aterrizamos, sanos y sordos en Madrid, donde por primera vez en mucho tiempo, me esperaban a la llegada. Por cierto, este artículo, NO ha sido patrocinado por Ryanair.
 
Salut.

Recién aterrizado en Madrid - Barajas

Recién aterrizado en Madrid - Barajas

De vuelta a Delhi y a Bangkok

12 julio 2009

Llegó el triste momento de la separación de Pierre. Desde Haridwar él se encaminó a Agra y yo a Delhi. Han sido dos meses viajando con él y, por primera vez en aproximadamente tres meses y medio, vuelvo a viajar solo. Tomé un tren semidecente que llegó con menos de una hora de retraso a Delhi. Como sé que lo que interesa es el morbo, no voy a relatar nada más sobre el trayecto. Una vez en Delhi fui a alojarme a Majnu ka Tilla, el barrio de los refugiados tibetanos. Está algo alejado del centro, y se pierde tiempo y dinero para hacer casi cualquier cosa, pero se gana en tranquilidad y salud mental.

Delhi: Lotus Temple

Delhi: Lotus Temple

En Delhi no hice ninguna visita turística digna de mención salvo una fugaz visita a el Templo de Loto, y tan solo me dediqué a intentar resolver algún papeleo de embajada, leer y recorrer librerías en busca de más lectura.

Leyendo la prensa, los temas que más se repiten respecto a India son los problemas por los que está pasando Air India, el retraso del monzón (el mes de Junio ha sido el más seco en más de 100 años) y la tímida posibilidad de que se despenalicen las relaciones homosexuales. La semana pasada el Alto Tribunal de Delhi dictó una sentencia, que sólo afecta a Delhi y que con toda probabilidad será recurrida, en que no se castigaban las relaciones sexuales consentidas entre dos adultos del mismo sexo. Hay quien ve una rendija por la que se puede llegar a la despenalización de la homosexualidad. Hay quien ve que esto va a ser como Sodoma y Gomorra. O como Europa, donde, según la imagen que tienen muchos indios, actualmente es el paraíso el “sexo libre” y se vive en una perpetua y desenfrenada orgía. Añado un obvio, por conocido, aunque paradójico dato: India es el lugar de origen del Kamasutra.

Desde Majnu ka Tilla tomé un taxi para ir al aeropuerto de Delhi, habiendo acordado el precio de antemano, como no puede ser de otra manera. Al poco tiempo, el taxista me dice que, si quiero, puede encender el aire acondicionado, por tan sólo treinta rupias más. Le respondo que no, que el aire acondicionado no es nada sano. Teniendo en cuenta que la diferencia de la temperatura al salir del coche puede ser de veinte grados centígrados, esta afirmación es una verdad como un templo. Si bien, yo me regocijaba pensando para mis adentros: “con el doble de peso que yo, el doble de barba, y el turbante que llevas en la cabeza, vas a sufrir más tú que yo.”

La salida de India fue en un vuelo de Indian Airlines que partía a medianoche. El logotipo de Air India aparecía por todas partes, sobre casi cada objeto, pero no hubo suerte: ni el vuelo, ni la tripulación eran de Air India, sino de Indian Airlines. Hubiese sido un emotivo broche, para un destino ya de por sí cargado de significado. Extrañamente, de nuevo, sin haberlo pedido, me tocó sentarme junto a la salida de emergencia. Con el siniestro fin de impedir que el pasaje conciliara el sueño, las luces del avión estaban encendidas, y la tripulación pasó a repartir un resopón infame. Al alba aterrizamos en Bangkok.

Esta vez para evitar incidentes, sí que llevaba billete de salida del país, y me han puesto un hermoso sello en el pasaporte que me permite quedarme aquí hasta un mes. El sello de mi anterior estancia era de sólo quince días.

Esto ya es tierra conocida. He vuelto al hotel donde estuve la última vez, algo apartado de Kao San Road, y me he alojado en la misma habitación. Sorprendentemente, se acordaban de mí, incluso de mi nombre, pese a que en la anterior visita no llevaba barba.

¿Qué hago yo en Bangkok de nuevo?

Pues hincharme a comer fruta, a bocados o en batido, y comer pad thai armado de palillos.

También he ido a vender y comprar libros de segunda mano en la librería de mi amiga, que siempre me recuerda que los lunes cierra, y que me recompra los libros a mitad de precio. Estaba yo exultante de alegría cuando encontré que mi amiga tenía un libro de Andreu Martín en español, cuyo titulo no conocía. Decisión facil: si lo ha escrito Andreu Martín, lo compro sin necesidad de saber ni siquiera de qué trata. Una vez comprado, me encuentro con que el libro me sonaba mucho. Lo compré hace veinte años en catalán, y es tan bueno que leí, releí y volví a releer hasta aprenderme alguno de sus relatos casi de memoria. El maldito traductor había hecho una traducción totalmente libre del título, totalmente diferente en catalán y en castellano, y por eso fui incapaz de identificarlo antes. Pues por la tarde, maquiné una elaborada estrategia para que me cambiara el libro y fui con toda mi jeta de nuevo a la librería. Le dije simplemente la verdad: me había equivocado, el libro ya lo había leído años atrás, y le pedí, por favor, por favor, por favor, que me lo cambiara. Y coló: le devolví el libro y me dio otro al que ya había echado el ojo por la mañana.

Sky Line de Bangkok amenazando lluvia.

Sky Line de Bangkok amenazando lluvia.

Y como verdadera novedad he visitado la torre Baiyoke, a la que no había subido antes. La torre Baiyoke es una visita totalmente innecesaria de Bangkok, pero a mí, siempre me ha llamado la atención ver las ciudades desde lo alto, con permiso de la climatología y la polución. Cuenta con un mirador descubierto en la planta 84, a poco más de trescientos metros de altura (Seis Migueletes, o 0,4 Montgós). El mirador gira a una velocidad ridículamente baja, tanto angular como lineal, pero los vientos huracanados que hay por allí arriba dan una sensación diferente. Desde aquí he podido admirar el “sky line” (pronúnciese “ejcailáin”) de Bangkok, la lluvia haciendo desaparecer barrios enteros entre las nubes, el tren sobreelevado (sky train), los numerosos “scalextric”, el Chao Praya, las larguísimas avenidas en cuadrícula… La ciudad tan extensa, combinada con la polución tan intensa, impiden atisbar los confines de Bangkok.

Por Bangkok todo sigue igual, excepto las camisetas con la imagen de Michael Jackson, en las que ya figura la leyenda 1958-2009. El marketing no respeta ni la muerte.

Salut.

Clasico scalextric de Bangkok

Clásico scalextric de Bangkok

De monte a monte, pasando por Delhi

10 junio 2009

Aeropuerto de Katmandú

Llegamos al aeropuerto de Katmandú con más antelación de la necesaria para evitar cualquier tipo de contratiempo de última hora. Como novedad: nunca me habían pedido el billete de avión y el pasaporte, y escaneado el equipaje para poder entrar a un aeropuerto. Tras un buen rato de charla con Romain en el aeropuerto, nos despedimos definitivamente de él y fuimos a embarcar. Romain tenía su vuelo unas horas más tarde que nosotros. Tras pasar el control de pasaportes había dos azafatas esperándonos diciendo que nos diéramos prisa, que éramos los últimos pasajeros en embarcar. Quedaba más de media hora, pero a mí me venía a la mente cierta estresante experiencia vivida en el aeropuerto de Dublín que no voy a relatar porque no forma parte de este viaje. Pasamos el registro de equipaje de mano, cacheo y escáner hasta llegar a la puerta de embarque, donde vimos que habían exagerado y no fuimos los últimos en embarcar. Fuimos los penúltimos. Aún nos quedaba otro concienzudo registro a los pies de la escalerilla de acceso al avión. Con razón necesitan tanto tiempo de antelación. Resumiendo, por dos veces (no necesariamente por este orden) pasamos por los arcos detectores de metales, fuimos cacheados, nos escanearon el equipaje de mano, y nos lo registraron. En uno de esos registros, a Pierre le requisaron (¿o debo decir le robaron?) cuatro pilas recargables de su cámara de fotos.

Vuelo a Delhi

Pero finalmente estábamos puntualmente embarcados en el avión. Desde que llegué a Asia, el pasado mes de enero, sólo me había desplazado una vez en avión. He repetido con Jet Airways, como en el trayecto de Bangkok a Delhi, y me sigue pareciendo una compañía aérea mejor que la media de las europeas. Me pasé el viaje jugando con la pantalla táctil, ya que el trayecto era demasiado corto para ver una película y la niebla impedía una buena visión por la ventanilla. Curiosamente, el mismo día en que se cayó un avión en India, fue la primera vez en mi vida que me tocó uno de los siempre disputados asientos junto a la salida de emergencia. Da gusto viajar tan ancho, pero al estar sobre el ala, la visibilidad es mala. En este caso, la misma que el resto del pasaje, gracias a la niebla.

En el avión rellenamos, como es habitual, el formulario de entrada al país. En esta ocasión, había un formulario que yo no conocía sobre la nueva gripe. En el formulario, además de interesarse por qué tal me encontraba, me preguntaron si venía de algún país con riesgo. El listado de tan sólo nueve países del mundo que consideran de riesgo incluía España. Pero, pese a viajar con pasaporte español, al llevar varios meses sin pisar España, no me pusieron ninguna objeción. Antes de pasar por inmigración, pasamos un “control médico”, consistente en recoger el papelito y preguntar “¿estás malito?”, convenientemente protegidos tras las máscaras, por si acaso. Los funcionarios de inmigración también llevan todos máscaras, algo que no vi la anterior ocasión en que entré en India, en marzo pasado. Es lógico que se protejan: “Estamos aquí, tan a gustito en India, y tienen que venir desde países como EEUU, Reino Unido o España a pegarnos enfermedades de esas raras que tienen ellos.”

Delhi: vistas desde el hotel.

Delhi: vistas desde el hotel.

A mitad tarde nos plantamos en Delhi a 42 grados centígrados, que viniendo de Nepal, nos sentaron como un “¡Zas! en toda la boca”. Pasamos unas horas en un bonito hotel en un barrio inmundo junto al aeropuerto, hasta que el despertador nos arrancó de los brazos de Morfeo a las tres y media de la madrugada. ¡Y otra vez al aeropuerto!

Sobrio vuelo sobre el Himalaya

De nuevo tenemos control de pasaporte y billete para acceder al aeropuerto. Esta vez hemos volado con Kingfisher Airlines. Kingfisher es el nombre de la mayor marca de cerveza de India, que a su vez es propietaria de la aerolínea. Yo imaginaba un ambiente idílico a bordo, con las azafatas repartiendo cerveza a gogó como en las fiestas patronales de prestigio, y una espontánea conga de Jalisco por el pasillo del avión. Paradójicamente no fue así. Incomprensiblemente, nos sirvieron un botellín de agua y un desayuno indio. Recomendación del día, a propósito del desayuno indio: “no lo prueben en sus casas”.

El Himalaya visto desde el avion.

El Himalaya visto desde el avión.

Esta vez me volvió a tocar ventanilla, pero sin ala y con día claro. Es el trayecto de avión con las vistas más bonitas que recuerdo haber hecho jamás. Poco después de salir de Delhi, tras el llano comenzaron las montañas, después más altas, después los picos nevados del Himalaya que superan los 5000 y los 6000 metros de altura. Más adelante el paisaje se convirtió en árido y desértico, aunque todavía montañoso. Dimos un par de vueltas, pasando más cerca de las montañas de lo que yo considero deseable y aterrizamos en el aeropuerto de Leh. Según mi guía es el aeropuerto más alto del mundo, a 3505 metros de altura (o 70 Migueletes, o 4,6 Montgós, para que sea más comprensible). Calculo que el trayecto en avión lo podemos dividir en veinte minutos de ascenso, una hora de avance en horizontal y cinco minutos de descenso.

El Himalaya visto desde el aire.

El Himalaya visto desde el aire.

Al estar a una altura tan elevada de repente, para evitar problemas, es recomendable pasar un periodo de aclimatación de entre 24 y 48 horas sin realizar grandes esfuerzos físicos. Es algo difícil para alguien de caracter nervioso, estresado y activo como el mío, pero como ya he comentado alguna que otra vez “aquí no hemos venido a divertirnos, sino a hacer lo necesario para poder rellenar un blog”.

Salut.

Leh: llegada al aeropuerto.

Leh: llegada al aeropuerto.

Primer incidente

25 enero 2009

Ya se sabe que siempre que se viaja, surge algún que otro incidente serio. Más aún cuando se trata de un viaje largo (en tiempo y en distancia).
El día empezó con un vuelo de Valencia a Múnich. Como en Múnich tengo muchísimo tiempo de conexión, decido tomármelo con calma: café, periódico, paseíto…
Llego al mostrador para sacar la tarjeta de embarque.
Pregunta: “¿Me enseña el billete de vuelta?”.
Respuesta: ” De eso no tengo”.
P: “O un billete de salida de Tailandia a otro país?”
R: “De eso, tampoco tengo”.
P: “Y un visado para entrar en Tailandia?”
R: (Como San Pedro a Cristo: Tercera negación)
Consulta a la compañera del mostrador vecino.
Consulta telefónica.
Conclusión: “Usted no puede viajar. No le puedo dar la tarjeta de embarque si no tiene billete de salida de Tailandia o visado.”

Análisis de la situación: Estoy en Múnich. No hablo alemán. Mi equipaje está facturado hasta Bangkok. Fuera hace sol, pero 0 grados (ni frío ni calor). Y como pretendía ir a un sitio caluroso, no llevo suficiente ropa de abrigo ni para llegar al centro de la ciudad sin presentar una firme candidatura a sufrir hipotermia.

La situación evoca recuerdos varios:

– Tanta preparación de viaje para verse tirado a la primera de cambio, sin ni siquiera salir de Europa.

– ¿No es injusto que el tío de Spanair que me ha dejado embarcar en Valencia, y me ha facturado el equipaje hasta Bangkok, no haya sido afectado por el ERE, cuando conozco a gente muy válida que sí?

– ¿Y Álex no me podía haber avisado de este tema? Teniendo en cuenta que lo hablamos el día anterior. “¿Pero cómo te van a pedir visado? Si lo que están deseando es recibir turismo”. Álex, te aviso aquí y ahora: esas gambas a la plancha que nos vamos a tomar en Benidorm a la vuelta, corren de tu cuenta”.

– ¿Y por qué no habre hecho caso a Vicente? Que, muy profesionalmente, me avisó de que esto me podía pasar. Disculpa Vicente, por no haberte escuchado.

Tras este paréntesis mental de emoción, intriga y dolor de barriga, sigo hablando con la amable señorita que no me deja embarcar:

“Si quiere, vaya ahí enfrente (Air Berlin), y pregunte si le pueden vender un billete de regreso. Es muy caro, pero sin él no le puedo dar la tarjeta de embarque.”

Allá que voy a pedir ayuda con mi imperfectísimo alemán. Avisan a una chica española, que muy amablemente me dice que ya le ha pasado varias veces, y que me puede solucionar el problema vendiéndome un billete muy caro del que puede devolverme gran parte si cancelo luego. Y así, sólo perderé el importe equivalente a varias raciones de gambas a la plancha.

Vuelvo al mostrador inicial, con mi “billete de vuelta” y recibo mi tarjeta de embarque y una sonrisa.

Llego a Bangkok con bastante normalidad, es decir, cansadísimo y con jet lag.  Localizo a Patri y a Kike (a los que llevaba años sin ver) en el hotel que habíamos quedado en Bangkok.

Y a partir de ahí todo bien: buena habitación (incluso tiene agua caliente). Equipaje casi perfecto (crema solar derramada y toca mañana sesión de lavandería). Paso el día con Patri y Kike, y vamos a un mercado inmenso en el que ya estuve una vez. Y probamos delicias gastronómicas tailandesas.

Comentario de amigo: si en Tailandia te dicen que la comida es poco picante, significa que es muy picante. Adjunto prueba del “antes”.

Salut.

Antes de disfrutar del picante

Antes de disfrutar del picante