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Las paradisiacas islas Togean

1 octubre 2009
Atardecer en el embarcadero de Malenge.

Atardecer en el embarcadero de Malenge.

Las Togean constituyen un archipiélago de pequeñas islas en el golfo de Tomini, ligeramente al sur del Ecuador. Se trata de un lugar paradisiaco, conservado todavía razonablemente bien, gracias a que es relativamente complicado acceder a ellas y a que a nadie se le ha ocurrido todavía plantar un hotelazo aquí. O lo que es lo mismo, pero dicho con palabras de sesudo estudio realizado por una universidad: “La planta hotelera media de las islas Togean es de una calidad cutresalchichera“. En las Togean están algunos de los mejores arrecifes de coral de Indonesia, y en gran medida los hoteles viven del buceo. Además no hay cobertura, con lo que queda aparcado el tema del acoso telefónico al que me sometía la colegiala de Rantepao.

Pez leon en Fadhila.

Pez león en Fadhila.

La mayoría de islas son muy pequeñas y están desiertas. Hay algunas pequeñas poblaciones, generalmente asentadas parcialmente sobre tierra y parcialmente sobre pilares en el mar. Las habitaciones en las que me he alojado estaban a una distancia de entre 5 y 25 metros del mar, en gran parte dependiendo de la marea. Esto no supone ningún problema para dormir, ya que el mar es extraordinariamente tranquilo en este lugar.

La rutina diaria ha consistido en un sinfín de variadas actividades como baño madrugador, desayuno, baño matutino, buceo, comer pescado con arroz, lectura, siesta, baño vespertino, lectura, fotos del atardecer, cenar arroz con pescado, charla, partida de backgammon o cartas, baño nocturno y a dormir. Y así un día tras otro. En definitiva, una agenda tan cargada como la de un ministro.

Toma cangrejo!

¡Toma cangrejo!

Buceando se ve una gran variedad de tipos de coral y otra fauna marina. Se ven muchísimas estrellas de mar, y algunos peces león y nemos, por ejemplo. En la orilla se ven unos peces que saltan de la arena al agua y viceversa, y muchísimos cangrejos. Entre los cangrejos esta el curioso caso de los cangrejos okupas. (Quizá ese no sea su nombre científico exacto). Viven dentro de conchas de caracol y a medida que van creciendo, van cambiando a otras de mayor tamaño. Algo similar a la estrategia del caracol, de la homónima pelicula colombiana de los noventa. Algunas playas están infestadas de este tipo de cangrejo. Si bien el tipo de cangrejo más conocido de las Togean, pese a tratarse de una especie en peligro de extinción, son los cangrejos de los cocoteros. Pueden alcanzar los cinco kilogramos de peso, y llegar a tener pinzas capaces de amputar una mano a una persona (o eso dicen), siendo los mayores artrópodos terrestres del mundo. Eso de los artrópodos no tengo ni idea de qué es, pero lo he leído en la guía y he pensado que quedaba bien escribirlo. El único que conseguí ver era bastante menor, pero no se me ocurrió acercarle el dedito para ver qué pasaba. Para acabar con los animalitos, una noche recibí en mi habitación la visita de un maldito roedor que intentó robarme los cacahuetes que tenía junto a la cama. Me habían advertido de que colgara la comida, pero ese día me despisté, y ya se sabe que los ratones no perdonan.

Un par de cangrejos ocupas en mi mano.

Un par de cangrejos okupas en mi mano.

En las Togean abunda un tipo de plancton que brilla en la oscuridad al mover el agua. Aunque me consta que existe en algún que otro punto del Mediterráneo, yo nunca lo había encontrado antes, así que no tuve más remedio que probarlo, para poder rellenar un parrafito de mi blog. Una noche estuve buceando rodeado de ese plancton. Se ve la imagen, en plena oscuridad, de un montón de chispas que conforman entre todas la silueta de un nadador, como si fuera un superhéroe cósmico viajando por los confines del universo. Como verse a uno mismo es complicado, lo más espectacular es bucear con más gente y contemplar los movimientos de los demás.

Apenas le hice la foto, salto de mi mano.

Apenas le hice la foto, saltó de mi mano.

Desde Wakai, nuestro puerto de llegada a las Togean, fuimos inmediatamente a otra isla llamada Kadidiri, donde hay tres hotelitos en una pequeña franja de playa. En Kadidiri me alojé en el que probablemente sea el mejor hotel de las islas. Allí cada día era diferente: uno sin electricidad, otro sin agua corriente…

Se me ocurrió inscribirme en un curso de buceo, ya que me encontraba en un lugar ideal para ello. Tras una primera introducción más o menos exitosa, no me acabé de sentir a gusto, y decidí no continuar, y mantenerme en el buceo con tubo por la superficie, como había venido haciendo hasta ahora.

Atardecer en el embarcadero de Malenge.

Atardecer en el embarcadero de Malenge.

De la isla de Kadidiri, pasé a la de Fadhila. Desde Fadhila, que queda frente a la poblacion de Katupat, contratamos una excursión en que estuvimos buceando en un par de atolones. En un caso por la cara externa y en el otro dentro de la laguna interior. Después comimos en otro islote, en una playita sólo accesible por mar. Y desde la isla de Fadhila a la de Malenge, permaneciendo en total unos diez días en estas pequeñas islas.

Islote Papan y pueblo bajo desde nuestra playita.

Islote Patan y pueblo bajo desde nuestra playita.

En Malenge nos alojamos en unas pequeñas cabañas, también junto a la playa. En realidad, aquí no hay nada lejos de la playa. Desde la hamaca del porche se ve el pequeño cementerio de la explanada frontal y el islote Patan. Este islote está ocupado por un pueblo bajo. No se trata de una población de menor estatura, como parece indicar la palabra. Los bajo, son también llamados los gitanos del mar o los nómadas del mar. Viven principalmente en casas sobre pilares en la orilla, y hasta hace poco eran auténticos nómadas que trasladaban sus barcos segun las inclemencias climáticas o políticas. En este caso concreto hay una pasarela que une la parte del pueblo que hay en el islote con la que hay en tierra firme. Visitamos ambas partes y fuimos recibidos con entusiasmo por niños y señoras que querían que les hiciéramos fotos. También insistieron en enseñarnos un cocodrilo que tenían en la parte trasera de la casa. Para demostrarnos su fiereza, lo azuzaban con un garrote que partió de un certero golpe de mandíbula.

Cocodrilo acosado.

Cocodrilo acosado.

Salir de las islas Togean, al igual que llegar a ellas, o desplazarse entre las mismas, puede ser complicado. Confiamos en poder tomar el barco público semanal que nos debía llevar desde Malenge a Gorontalo en apenas 12 horas. Este barco es seis veces más barato y tres veces más lento que uno privado (si se consigue suficiente gente para llenar el privado). Según mi guía los barcos a Gorontalo salen los miércoles. Según informaciones más recientes de otros viajeros, sale los sábados. En las Togean nos dijeron que sale los lunes. Casualidad o no, el lunes tomé un barco de madera desde Malenge a Gorontalo, con parada en Dolong. En el barco había camarotes, cuya reserva descarté, ya que calculo que a duras penas cabía en las literas en posición fetal. En otra zona del barco había dispuestas numerosas colchonetas, demasiado estrechas y cortas para un occidental, alineadas una tras otra en dos alturas. Aquello parecía un horno con dos bandejas: todos tumbados de modo casi superpuesto, con un calor terrible y bien ahumado, que los indonesios no se privan de fumar en ningún sitio. Los siete turistas que íbamos a bordo dormimos tendidos sobre la cubierta de madera. De este modo tan romántico es como atravesé la línea del Ecuador por mar, contemplando el cielo estrellado desde la proa de un bajel, acaricicado por la brisa marina. Desde ese mismo lugar vimos despuntar los primeros haces de luz solar tras las montañas que se alzan a espaldas de Gorontalo, nuestro destino final, ya en el norte de Sulawesi.

Salut.

Camartore de proa al amanecer: en ese huequecito fue en el que dormí.

Camarote de proa al amanecer: en ese huequecito fue en el que dormí.

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De Rantepao a las islas Togean por Sulawesi Central

30 septiembre 2009
Nuestro bus de Rantepao a Tentena. Reubicacion de la carga.
Nuestro bus de Rantepao a Tentena. Reubicación de la carga.

Tras más de una semana en Tana Toraja, llega el momento de abandonar Rantepao y seguir ruta hacia el norte. Para ir de Rantepao a las islas Togean, hay que atravesar Sulawesi Central, una región mayoritariamente musulmana y azotada por el terrorismo en los últimos años. Además hay que tener en cuenta que nos encontramos en los últimos dias de Ramadán, y durante el Idul Fitri es más difícil viajar por el gran aumento del número de desplazamientos entre los musulmanes. Sigo el viaje con dos de los tres alemanes con los que hice el trekking, dirigiéndome inicialmente hacia Tentena. El trayecto se preveía de once horas, así que nos armamos de paciencia y no nos confiamos, pese a que había muchas plazas libres al principio. Mi asiento es demasiado estrecho para mí, y casi para cualquier occidental, pero como los indonesios son pequeños, supongo que a mi compañero de viaje no le importará que le invada ligeramente su asiento. El bus se fue llenando con tan mala fortuna, que a mi lado se sentó una señora de oronda silueta que me oprimía cruelmente contra la ventanilla y que al mismo tiempo rebosaba lorzas por el lado del pasillo. Para colmo, llevaba un montón de trastos que dispuso en el suelo, y un bebé. Hubo un momento en el que la señora colgó una sábana del riel central del bus, la ató como un hatillo y dejó que el bebé se balanceara a merced del vaivén generado por las numerosas curvas de la caprichosa orografía de las Célebes.

Detalle interior de nuestro bus de Rantepao a Tentena. Lo que cuelga es el bebe durmiente, mientras la madre esta en el bar.
Detalle interior de nuestro bus de Rantepao a Tentena. Lo que cuelga es el bebé durmiente, mientras la madre está en el bar.

En este trayecto, partiendo de las montañas, llegamos al mar (por primera vez en dos semanas, pese a estar en una isla), volvimos a las montañas y finalizamos a orillas del lago Poso, en Tentena, trece horas después de salir de Rantepao.

Tentena, al igual que Pendolo, Poso y Ampana, son las paradas lógicas antes de llegar a las Togean desde Rantepao. Generalmente, los turistas pasan lo más rápido que pueden por estos lugares. Eso no es ninguna garantía de rapidez, ya que suelen ser entre dos y tres días de trayecto. En nuestro caso prolongamos una noche más nuestra estancia en Tentena. Tras dar varios palos de ciego, acabamos contratando un conductor que nos paseó por los alrededores de Tentena.

Primero fuimos a Salopa, un conjunto de cascadas que entre todas suman más de trescientos metros de desnivel. Remontamos gran parte del recorrido por tierra y nos dimos un baño relativamente fresco, considerando las latitudes ecuatoriales en que nos encontramos. La otra parada fue en una playa del lago Poso. El lago Poso, a unos 600 metros sobre el nivel del mar, y rodeado de orquídeas, es uno de los mayores de Indonesia, y hay lugares donde no se divisa la orilla opuesta.

Al día siguiente pretendíamos dormir en Ampana, que es el puerto más cercano a las islas Togean. El tramo entre Tentena y Poso apenas duró un par de horas estrujados en un todoterreno. Nos depositaron a las afueras de Poso, en un lugar con aspecto de abandonado, que resultó ser la estación de autobuses. No había un solo autocar, y casi todos los puestos estaban cerrados por ser fin de Ramadán. Nos juntamos con una pareja de turistas alemanes que habían llegado antes, y comenzamos a debatir nuestras perspectivas poco halagüeñas de continuación de viaje. El alemán, que resultó no ser alemán, sino toledano, llevaba ya un rato negociando la posibilidad de fletar un coche hasta Ampana, dado que apenas había buses y todos iban llenos por el Idul Fitri. Mientras negociaban, aproveché para ir a Poso a un cajero automático, ya que según mis informaciones, ni en Tentena, ni en Ampana, y mucho menos en las Togean, hay cajero automático alguno (o si lo hay, como sucede en Ampana, sólo acepta tarjetas indonesias). Cuando regreso a la estación de autobuses fantasma, siendo pentamillonario en rupias por lo que pueda pasar, apenas ha cambiado nada. Hay dos alemanes más que quieren ir a Ampana, con lo que somos ya siete los turistas colgados, y la negociación sigue atascada. Una hora y media después de nuestra llegada, vislumbramos la luz en forma de acuerdo, y estábamos dispuestos para partir. En realidad nosotros estábamos preparados, pero no el vehículo, que llegó dos horas y media más tarde. Así que, cuatro horas después de llegar a la estación de autobuses, conseguimos partir. Durante el camino de Poso a Ampana, ya de noche, vimos muchas casas con cirios encendidos a las puertas, otra de las costumbres de fin de Ramadán. Y once horas después de salir de Tentena, llegamos a Ampana.

En Ampana estuvimos el tiempo justo para ver algo poco habitual. El primer semáforo que he visto en las tres últimas semanas. Nos alojamos en un hotel lleno de cucarachas y regentado por musulmanes que no nos dieron de desayunar porque estabámos de Ramadán. Mientras, sigo recibiendo mensajes de la adolescente de Rantepao. Entrar y salir de las islas Togean puede llegar a ser complicado. Conseguimos de carambola encontrar un barquichuelo de madera que nos llevara a las Togean en un trayecto que debía durar entre tres y cinco horas. Mientras estábamos cargando el equipaje, vimos un grupo de delfines saltando no muy lejos de la orilla. Tras el retraso de rigor, zarpamos y poco más de cinco horas después atracamos en Wakai, que es lo más parecido a un puerto que hay en las Togean. Poco antes de llegar, ya frente a las costas de las islas Togean, hubo otro grupo de delfines que nos acompañó durante unos minutos nadando y saltando junto a la proa del barco.

Salut.

Barquichuelo en el que llegamos a las islas Togean.

Barquichuelo en el que llegamos a las islas Togean.

Crucero de infralujo

17 agosto 2009
Alrededores de la isla de Komodo.

Alrededores de la isla de Komodo.

Desde Senggigi contraté un viaje en barco para que me llevara hasta Labuanbajo, en la isla de Flores, en apenas 4 días. El primer debate surgió en la agencia donde contraté el viaje. Me estaban vendiendo un crucero de 4 días y 4 noches (sospechosa cantidad, cuando en España te cuelan viajes al Caribe de 9 días / 7 noches). Me decían que salía el día 13 de Senggigi, y llegaba el 16 a Labuanbajo:

– Señor agente de viajes, yo aquí cuento tres noches.
– No, no. Son cuatro.
– Oiga, que yo de esto de contar noches sé un rato, que he estado muchos años dedicándome profesionalmente a ello. E insisto: si salgo el 13 y llego el 16, son 3 noches.
– Bueno, es que eso de tres o cuatro noches depende del capitán. Igual llegas el 16 que el 17.

Conclusión: que el de la agencia no lo sabía. Por mi experiencia en Indonesia, las gentes del lugar consideran de mala educación no dar una respuesta cuando se les pregunta. Su reacción ante una pregunta puede ser:
A- Si saben la respuesta: contestar.
B- Si no saben la respuesta: contestar.

No responder, o responder “no lo sé”, o “espere que lo pregunto” no son posibilidades factibles. Esto hace que, con frecuencia, cuando uno pide indicaciones en las calles, pueda acabar por no llegar donde pretende.

Volviendo a la agencia de viajes. Ante la desconfianza que genera no saber cuándo llega uno a destino, lo lógico es no contratar el viaje, o contratarlo en un lugar donde a uno le informen mejor. Yo lo compre allí.

Cutreminibus con 18 personas a bordo, equipaje sobre el techo y pollos sobre el mataperros.

Cutreminibús con 18 personas a bordo, equipaje sobre el techo y pollos sobre el mataperros.

El día señalado me recogen en mi hotel en un cutreminibús en el que clavábamos las rodillas en la espalda del pasajero de delante. Dos horas más tarde de la hora convenida, estábamos todavía en la agencia de Senggigi. Nos dieron una somera explicación del itinerario del viaje y apuntamos y pagamos las bebidas extra que íbamos a consumir durante los siguientes días, ya que no hay posibilidad de reponer durante el camino. Estuvimos varias horas en el minibús para atravesar Lombok e ir al puerto de salida, al este de la isla. Hicimos varias paradas para avituallarnos y perder tiempo de modo inútil. Una parada para comprar fruta, otra para comprar bebida, otra para comprar pollos… Los pollos venían vivos y en sacos, y los dispusieron sobre el mataperros delantero, para que llegaran bien aireados a destino. Una vez llegamos a puerto, embarcamos y seguimos con nuestra estéril espera a bordo. Esta vez esperábamos a que el otro grupo, que iba en un barco similar al nuestro llegara, y así zarpar juntos.

A bordo éramos 15 turistas, de los cuales 9 eran holandeses. Afortunadamente, también había 2 españoles, Nacho y Begoña, los únicos menos jóvenes que yo de entre todo el pasaje. Constituyeron una valiosísima fuente de información para continuar el viaje y un pozo sin fondo de sabiduría viajera y anécdotas en general.

El barco mide unos 18 ó 20 metros de eslora, por unos 4 metros de manga, y es de poco calado para no chocar con el coral. Tiene una sentina donde dejamos el equipaje. En la parte de arriba hay un espacio cubierto por un toldo donde caben 12 finos colchones, y fue donde dormimos. Los otros 3 durmieron en cubierta, también tapados por un toldo. En cubierta hacíamos vida, charlando y comiendo en el suelo.

Pasamos la primera noche anclados junto a la isla de Bola. Al menos, eso nos dijeron, ya que llegamos y partimos de noche, y no vimos nada. El motor hace un ruido ensordecedor, así que dormimos como buenamente pudimos. Al viajar hacia el este, siempre veíamos amanecer por proa. Cuando amanecía, nos dimos un madrugador baño en la isla de Moyo, y después de desayunar buceamos (con tubo) y fuimos a ver una cascada. Hubo chapuzón desde lo alto de una roca y las típicas escenas de “me tiro, no me tiro” y “que no te atreves a saltar desde ahí arriba”. Después a la isla de Satonda, donde volvimos a bucear un rato. Buceando se ve una gran variedad de coral y de peces, prácticamente todos desconocidos para mí. Se ven Nemos, ostras, algun erizo, estrellas de mar… También peces de todos los colores y formas imaginables. No todos nadan grácilmente. Hay algunos que basculan a derecha e izquierda como las señoras ancianas en una piscina municipal. A veces desde el barco también se veían peces voladores, e incluso llegué a ver una enorme tortuga. Hay quien vio algún delfín.

La continuación del día no fue tan sencilla. Por la tarde, mientras seguíamos rodeando la isla de Sumbawa por el norte, el mar comenzo a encresparse. El barco se movía mucho, subiendo la proa y bajando de repente, unido a un desacompasado vaivén lateral. Hubo unos cuanos que comenzaron a sentirse indispuestos. Dudo que llegara a haber más de tres personas en el barco que no se marearan. Yo no estuve entre esos tres privilegiados. Hasta el punto de que cuando sirvieron la cena, casi todo el nasi goreng (arroz frito) volvió a cocina. Es la primera vez que me voy a dormir sin cenar desde la tragedia de Milán, en mayo de 2001.

El baño del barco consiste en un minúsculo habitáculo con un tigre que desemboca en el mar. La postura de acuclillado, tratando de hacer puntería, agarrándose a las cuatro paredes como el hombre araña e intentando no rebotar de una pared a otra como una pelota de squash, es algo que requiere mucho más que unas simples clases de yoga. Es imprescindible una conexión filosófico-ergonómica entre cerebro, alma y esfínter que no puede ser alcanzada de modo casual, sino que requiere años de preparación y experiencia. Resumiendo, que hice un meritorio ejercicio de contricción mientras duró la situación.

Antes de comenzar este crucero de infralujo por las procelosas aguas del mar de Flores, y vista la disposición de tipo viaje de fin de curso, imaginé que iba a haber mucha gente joven, que iba a circular la cerveza a mansalva y la fiesta hasta las tantas. Estaba equivocado. El estado del mar y el ruido del motor no invitaban ni a una pequeña conversación tranquila.

La navegación, y la fuerte marejada, continuaron durante la noche. Cuando me acosté tuve que gatear entre mis compañeros de viaje, ya que no había espacio entre colchones y no había altura suficiente para estar de pie. En un golpe de mar caí involuntariamente sobre una holandesa, que pareció menos molesta que su novio por el leve incidente. Finalmente alcancé mi colchón en la fila central del extremo de estribor. Desgraciadamente, el barco navegó toda la noche escorado hacia estribor, donde yo me encontraba. Trataré de describir la escena, digna de películas de Chaplin o de los hermanos Marx. El vaivén del barco hace que los objetos se deslicen. Por un lado tuve que compartir el espacio para los pies con otro holandés que también dormía a estribor. Por otra parte los colchones de mi fila, y sus ocupantes, se desplazaban hacia mí, llegando a estar tres personas, sin interés alguno en adquirirse ese tipo de acercamientos, donde debería haber dos. Y yo, contra la pared como un sello de correos. Para rematar, vi por la mañana que mi colchón se había convertido en almacén, ya que algunas mochilas también se habían desplazado hasta el cateto a estribor. Todo lo relatado en este párrafo sucedió siempre con el ensordecedor motor como banda sonora, y su consiguiente vibración.

Por la mañana, preguntamos a los tres que se acostaban en cubierta qué tal habían dormido. Ellos no habían sido aplastados ni aplastadores, pero habían recibido alguna que otra ola que subió a saludarles durante la noche.

Ante la isla de Komodo.

Ante la isla de Komodo.

Ante la bestia, pero a varios metros.

Ante la bestia, pero a varios metros.

El siguiente día y medio de travesía el mar estuvo mucho más calmado, casi en permanente marejadilla. Acabamos de rodear Sumbawa, y por fin llegamos a las islas de Komodo y Rinca. Aquí la gracia consiste en ver en libertad a los famosos dragones de Komodo, que son unos lagartijas de tamaño olímpico (vulgarmente gigantes reptiles varánidos). Los animalitos en cuestión pueden llegar a los 90 ó 100 kg. de peso y a los 3 metros de longitud. Se ven con relativa facilidad, tirados en el suelo como alfombras, o andando de modo lento y patoso. Sin embargo, son animales que pueden llegar a correr a más de 15 kilómetros por hora y ser tan agresivos como para cazar y comer un ciervo, un búfalo o una persona. Hicimos un pequeño paseo con guía por ambas islas y además de dragones de Komodo, vimos cacatúas, ciervos, cerdos salvajes, palomas de cola verde y pequeñas águilas de cabeza blanca.

Rinca: Dragon de Komodo.

Rinca: Dragón de Komodo.

Tras unos últimos baños y sesiones de buceo en algún que otro pequeño islote, arribamos al puerto de Labuanbajo, en Flores. En Labuanbajo estaban todos los hoteles llenos hasta la bandera, además de tener una infame relación calidad-precio. La primera noche en Labuanbajo (la cuarta noche fantasma que no aparecía por ningun lado al contratar en la agencia), la pasamos casi todos en el barco amarrado en el puerto. Y al día siguiente ya me alojé en un cuchitril en tierra firme.

Salut.

De Bali a Lombok

10 agosto 2009

Padangbai: Lavando al gallo para que pelee guapo.

Padangbai: Lavando al gallo para que pelee guapo.

Desde Ubud, elegí nuevamente una opción cruelmente madrugadora para ir a Lombok. Tomé, junto a Sabine, un minibús hasta Padangbai. Allí hicimos una innecesariamente larga pausa para desayunar. Curiosa escena: se sentaron en nuestra mesa dos daneses de ojos azulgrana cual granota, producto de la combinación de su azul natural y su etílica conjuntivitis.
Su pregunta: “¿Vosotros sabéis dónde estamos?”
Respuesta mental: “¿Estáis resacosos, o todavía borrachos?”
Respuesta oral: “En Padangbai.”
Pregunta retórica por mi parte: “¿Venís de Kuta?”
Siguen preguntando como quien se despierta de un coma y trata de situarse: “¿Aún estamos en Bali? ¿Dónde vamos?… Ah, sí, a las islas Gili. ¿Y vosotros?”
Poco a poco los vamos situando, y cuentan que han venido todo el trayecto en minibús desde Kuta durmiendo (algo de fácil deducción a la vista de sus rostros). Al llegar el conductor a su hotel, les han despertado y les han recordado que tenían contratado un viaje, e incluso les han tenido que ayudar a hacer las mochilas. Parecían recobrar ligeramente la lucidez mientras desayunábamos juntos.

Después nos embarcamos en el ferry que nos llevaba de Padangbai (Bali) hasta Lembar (Lombok). La duración estimada del trayecto en un transbordador denominado oficialmente “barco lento”, es de entre tres y cinco horas, dependiendo de las condiciones del mar, para un trayecto de 25 kilómetros. La duración real, sin contar embarque, desembarque ni esperas a bordo, fue de cuatro horas y media. Ejemplo autobiográfico paralelo: Yo calculo que vuelvo a Europa en otoño de 2009, aproximadamente. Con ese amplio intervalo, y la coletilla “aproximadamente” es difícil equivocarse.

Nos incomodamos (imposible acomodarse) en unos bancos de madera, cuyos listones nos dejaron el cuerpo como la camiseta del C.D. Jávea. Es tiempo de lectura, de comer por aburrimiento y de infructuosos intentos de siesta, mientras éramos mecidos por unas olas que invitaban a alimentar la fauna marina desde la borda a base de dieta regurgitada.

Tras desembarcar en Lombok, tomamos un minibús que debía llevarnos a Senggigi. En algun lugar del camino, que intuyo podría ser Mataram, el conductor paró el vehículo y dijo “un momento, por favor”. Se bajó y se puso a hablar por el teléfono móvil.
Momento de elaborar teorías: “habrá parado para saludar a su cuñado”, “estará el minibús estropeado”, “cambiaremos de conductor”…
Aparece alguien que parece saber inglés y … tampoco habla inglés.
Nuestro conductor agarra una moto, salida de no sabemos dónde, y se marcha sin dar explicación.
Se acerca un nuevo curioso para ayudar, saludando en inglés. Le pedimos que nos traduzca lo que dice el anterior, y le preguntamos “¿hay algún problema?”
Nos responde a la gallega: “¿hay algún problema?”
Mi respuesta mental: “Esa pregunta la he hecho yo primero”. “Y a mí no me vas a ganar a responder preguntas con otra pregunta, que, con la pinta que tienes, yo tengo muchos más genes gallegos que tú”.
Preguntamos: “¿Cuándo viene el conductor?”
Respuesta evasiva multiusos: “no inglis“. Esta respuesta es infalible a la hora de finalizar una conversación. Para facilitar la comprensión, pondré un ejemplo más cercano. En un centro comercial cualquiera en Europa, el equivalente sería “yo no soy de este departamento”.
El conductor apareció milagrosamente poco después con otro vehículo, y nos llevó a nuestro destino final. Finalmente sólo fueron nueve horas de hotel a hotel.

Pescador en Senggigi.

Pescador en Senggigi.

Estoy alojado en un hotel junto a la carretera y a la playa, como casi todos los de Senggigi y que excede con creces mis necesidades. Son los inconvenientes de la temporada alta. Tiene servicios y amenities “no tan básicos” como piscina, papel higiénico, toalla, televisión (por primera vez desde que llegué a Indonesia), un panel indicativo de la dirección en que se encuentra La Meca e incluso limpieza de habitación. A mí me gusta aprovechar todos los servicios del hotel incluidos en el precio, pero lo de ponerme mirando a La Meca he decidido posponerlo sine die.

Por el momento Senggigi ofrece bellos atardeceres sobre el mar, en una playa de arenas oscuras, muy buena para nadar. Pese a las apariencias tranquilas de las aguas, observo dónde se mete la gente y no me adentro mucho, ya que aquí el mar tiene fama de tener más resaca que nuestros amigos daneses.

Salut.

Atardecer en Senggigi.

Atardecer en Senggigi.

Ruta por los volcanes javaneses

5 agosto 2009

CavallBromo

Tras una visita fugaz a Yogyakarta, he hecho un viaje organizado (relativamente) en grupo, para atravesar media isla de Java hacia el este hasta Bali, pasando por los volcanes Bromo e Ijen.

El primer día consistió en una paliza en minibús de más de diez horas. En el grupo éramos diez personas, entre las que predominaban, de modo abrumador, los franceses. Además de Leslie, con quien contraté el viaje, destacaba especialmente una pareja de franceses, Bernard y Annie, a los que llamaremos papan y maman por comparación con el resto del grupo. Eran una curiosa combinación entre el turista experto, viajado y leído que muchos pretenden ser, y del turista plasta, comodón y quejica que todos negamos ser. Bernard era un auténtico socarrón que me superaba ampliamente en ironía, aunque solamente fuera porque hacía los chistes en francés.

Volcán Bromo

Al día siguiente, extraordinariamente temprano, salimos para ver amanecer en las cercanías del volcan Bromo. Cuando estaban todos subidos en su todoterreno, y ya habían salido, vimos que siete de nosotros nos habíamos quedado tirados, y que no había más jeeps.
Un buen rato más tarde llegó nuestro vehículo, cuando ya creíamos que no íbamos a ver el amanecer. Atravesamos carreteras en sentido contrario entre la niebla con un señor del terreno literalmente colgado de la parte trasera del jeep. Cuando llegamos a un pueblecito del camino, debió considerar que ya tenía el mostacho lo suficientemente escarchado, y se apeó en la cuneta. Se acabó la carretera y atravesamos arenosas pistas forestales. Nuestro jeep era bizco (sólo le funcionaba un faro delantero). Afortunadamente, de entre nuestra comitiva de jeeps, nosotros teníamos el mejor conductor con diferencia. He aquí la estrategia: nosotros tenemos el mejor conductor, luego vamos delante. Cuando el cristal está empañado, conduce asomando la cabeza por la ventanilla. Y cuando ni así ve nada, deja pasar a otro vehículo para que ilumine el camino, y volvemos a adelantarlo, para seguir liderando el grupo.

Amanecer sobre el Bromo.

Amanecer sobre el Bromo.

Milagrosamente llegamos antes del amanecer, y gracias a nuestro experto conductor, acabamos en un lugar sin apenas gente (en otros se acumularon cientos de personas). Allí vimos como salía el sol e iluminaba el brumoso valle sobre el que se asienta el Bromo y su silueta de flan. La temperatura de unos dos o tres grados centígrados la combatimos gracias a las mantas que amablemente nos prestaron en el hotel (aunque ellos no lo supieran), que nos conferían un cierto aire de bandoleros y aportaban una dosis adicional de cromatismo a la escena.

AmaneixBromoManta

Una vez visto el amanecer (y no sé cuantos van ya en este viaje), volvimos a descender a la espesísima niebla que seguía sin escampar. Llegamos a algún lugar en medio del mar de niebla donde el conductor decidió parar el vehículo y dijo “por ahí se va al volcán”. Allí no se veía a más de tres metros de distancia, pero aún así aparecían los típicos gorrillas en la niebla. No para aparcar el jeep, sino para ofrecer ir hasta allá a caballo. La mayoría, excepto papan y maman decidimos ir a pie, guiándonos por la dirección de las pisadas, huellas de herradura y heces equinas sobre la arena del camino. Atención a la tontería: te ofrecen un caballo para que no te canses al hacer un camino, relativamente fácil y breve, que te deja a los pies del volcan y de la escalera que desemboca en el borde del cráter, que no se puede subir a caballo. Una escalera que contiene la nada despreciable cantidad de 253 peldaños antes de desayunar. Recordemos que el Miguelete, referencia polivalente universal donde las haya, tiene 207 escalones, aunque si lo subes con zapatos de plataforma puedan parecer más.

JeepBoira

La vista desde el borde del cráter es variable según la dirección del viento, al igual que el olor. Se ve una fumarola en constante actividad, que puede llegar a obstruir en gran medida su visibilidad. La sensación al llegar al borde del cráter, con los pulmones bien abiertos después de las escaleras, y ser recibido por las fétidas emanaciones del subsuelo, es sólo recomendable para ese tipo de personas que quieren probarlo todo, pero no aconsejable para los que simplemente quieren probar casi todo. Cuando volvíamos al coche, la niebla se había disipado en gran medida, y descubrimos que habíamos pasado junto a un hermoso templo a la ida sin darnos cuenta.

Parte interior del crater del volcan Bromo.

Parte interior del cráter del volcan Bromo.

Volcan Ijen

Tras el desayuno, nos dispusimos de nuevo a afrontar estoicamente otro trayecto, hacia el Kawah Ijen. De nuevo llegamos al hotel para cenar, dormir y levantarnos tempranísimo, cuando aún era ayer en Europa, para ir al volcán Ijen. El hotel y la excursión estaba llena de franceses. El motivo es un reportaje televisivo que se hizo en Francia hace unos años que le dio mucha fama allí. De hecho, fueron unos franceses quienes me recomendaron la visita. Parte del camino hasta el volcán es un infame canchal (antaño carretera) atravesando cafetales.

Kawah Ijen: Emanaciones de azufre junto al lago.

Kawah Ijen: Emanaciones de azufre junto al lago.

La visita consiste en un paseíto a pie de una hora cuesta arriba hasta el borde del cráter. Desde aquí, según la dirección del viento, se ve un paisaje espectacular, a la par que hediondo. El fondo del cráter está cubierto por un humeante lago de aguas turquesa. El color del lago contrasta con las amarillas laderas junto a las sulfurosas fumarolas que parecen provenientes directamente del mismísimo averno. En este caso se puede bajar por el cráter hasta la orilla del lago. El aire se hace irrespirable en muchos momentos. Como es natural, y supongo que le sucede a todo el mundo, yo siempre llevo un pareo en la mochila para casos de emergencia, e hice todo el trayecto dentro del cráter con la nariz y boca cubiertos. En un cambio de dirección del viento, llegué incluso a echar agua en el pareo para poder respirar. Aquello parecía una autentica fábrica de bombas fétidas. El pareo acabó con manchas amarillentas a la altura de nariz y boca.

A orillas del lago Ijen.

A orillas del lago Ijen.

El azufre que emana del volcan Ijen es explotado por unos igualmente explotados trabajadores. Estos cargan a hombros unos 70 kg. de azufre hasta el borde del cráter y luego lo bajan hasta la carretera por una miserable cantidad de dinero que constituye un sueldazo en Indonesia. Es obvio que estas penosas condiciones laborales acortan sensiblemente su esperanza de vida. Para ganarse un dinerillo extra, intentan vender figuritas hechas de azufre, y a cambio de dejarse hacer una foto piden dinero, comida o cigarrillos. Por increíble que parezca, hay turistas que les dan cigarrillos. Parece mentira que se pueda ser tan cruel dando limosna.

Cada par de cestitas pesa entre 60 y 80 kg.

Cada par de cestitas pesa entre 60 y 80 kg.

Nuevamente nos pusimos en ruta hasta Ketapang. Allí se separó el grupo y no sé cómo lo hice, pero acabé metido en un autobús siendo el unico occidental entre más de 60 personas. Incluso en temporada alta me las arreglo para acabar en algún momento sin turistas alrededor de mí. Embarco el bus en el ferry hasta Gilimanuk, en Bali, y de allí hasta Denpasar, para acabar llegando de noche (a las 18.30 h.) a Ubud. No olvidemos que estamos en el invierno austral, y en Bali anochece poco después de las 18 h., y en Java de las 17 h. Lo confieso: me parto de la risa al llamar invierno a esto.

Salut.

Se nos acaba Laos

6 marzo 2009

Champasak

Para viajar de Pakse a Champasak hemos tomado una rocambolesca combinación de medios de transporte.

Tuk-tuk a la estación de autobuses, con su tira y afloja en la negociación de precio y lugar dónde nos llevaba.

Al contemplar el panorama en la estación de autobuses: tiempo de espera, medio de transporte, densidad de pasaje (humano, animal y equipaje), retomamos el tuk-tuk, que nos llevó a un embarcadero cercano a Champasak.

De ahí tomamos un “catamarán” para atravesar el Mekong.

Luego un tuk-tuk hasta el hotel en Champasak.

Después alquilamos el mismo tuk-tuk durante medio día para ir y volver de las ruinas de Champasak.

Me apetece entretenerme describiendo el “catamarán”, como si fuera la sección de bricolaje de Desde Oniria. Y como el blog es mío, eso voy a hacer:

Se toman 2 barcas largas típicas del Mekong, que vienen a ser lo que sale de cruzar una piragua con una cáscara de nuez.

Se ponen las 2 barcas en paralelo y se unen con tablones cutres, que conformarán la cubierta.

Para aportar una falsa sensación de seguridad, se remata con una barandilla más cutre todavía.

Añadimos un motor sobre una de las cáscaras de nuez, y quitamos media cáscara de la otra.

Los laosianos, como todo el mundo, sabemos que la simetría es un concepto obsoleto.

Y ya estamos listos para cobrar un pastón a los turistas por cruzar el río en 5 minutos, y abandonarlos en la otra orilla a merced de nuestro primo el del tuk-tuk, que les hará otra jugada similar, e intentará llevarlos al hotel del otro primo y así sucesivamente.

A todo esto, ¿qué hay de interés en Champasak?: Un conjunto de piedras viejunas de origen jemer del siglo V en alarmante proceso de degradación. Con el tiempo tiene añadidos hinduistas y budistas entre otros. Tiene unas interesantes vistas desde la montaña a la que se sube por unas escaleras cuya pronunciada pendiente, unido a la diversidad de tamaño de los escalones y el estado de la baldosas, las hace menos interesantes.

Ha sido un sitio en el que ha merecido la pena pararse.

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Jordi y Joni (el Catalán de Blanes y el Otro) volvieron a aparecer una vez más cual Guadiana, lo cual cada vez es menos noticia. También me encontré con Romain, un francés con el que coincidí en el trekking que hice desde Chiang Mai. Hemos quedado en vernos en unas 4 semanas, si no nos volvemos a encontrar antes. Al final del día, nos juntamos unos 10 mochileros disfrutando de “Champasak la nuit”. Estábamos tomando la última (para algunos la única) y junto a nuestra mesa tumbado en el suelo, un señor tratando de conciliar el sueño, pero sin estresarse.

Cuando ya habíamos quemado la noche, y decidimos irnos a dormir, nos dimos cuenta de que se nos habían hecho ni más ni menos que las 11 de la noche. ¡Vaya juerguistas!

A ver que se puede desayunar a bordo.

A ver que se puede desayunar a bordo.

¡Cómo está el servicio!

El laosiano medio es huevón por naturaleza, y esto se agudiza más cuanto más al sur se viaja.

Es habitual que al llegar a un hotel, restaurante, o comercio en general, no haya nadie. Uno llega, saluda, entra, busca… y nada. Quizá antes de desistir aparece alguien que no te entiende, y se va sin decir nada. Y quizá aparece después con alguien que a duras penas entiende inglés.

Cuando uno pide en un restaurante, también suele ser difícil hacerse entender. El sistema más parecido al ideal es señalar el plato en la carta, que con suerte está en inglés (para entenderlo yo) y en laosiano (para que lo entienda el camarero), y conseguir que el “esforzado” camarero lo entienda. Si se pide algo un poco especial (como leche en el café, un plato de arroz a un lado, que sirvan un plato después del otro…), lo habitual es que miren y asientan, aunque no hayan entendido nada. Como en el caso anterior, a veces simplemente se dan la vuelta sin contestar, y a veces llaman a otra persona que es posible que entienda algo más de inglés (o quizá no).

Algo que nos ha sucedido ya en un par de restaurantes es que, en el colmo de la pereza, la camarera se siente en una de las sillas junto a nosotros, y recostada sobre nuestra mesa, tome nota de la comanda.

Después viene la espera hasta que el plato llega. Entre 20 y 50 minutos es lo más habitual. El orden al servir es totalmente aleatorio, y se escapa a la lógica de cualquier sistema utilizado en la hostelería occidental, incluso aunque se haya pedido específicamente que sirvan un plato antes que el otro. Es norma que algún comensal no haya sido servido todavía cuando otro de la misma mesa, que ha pedido a la vez, ya ha acabado de comer.

Últimamente nos entretenemos apostando cuánto tiempo tardarán en servirnos. Por ejemplo, hemos estado en un restaurante, (en el que ya estuvimos la noche anterior, y repetimos porque nos pareció bueno), en el que han tardado, desde la comanda, 29 minutos en comenzar a preparar nuestro batido. Lo hemos notado porque al encender la batidora, baja la intensidad de la luz en todo el restaurante. Y en tan sólo 45 minutos de reloj, teníamos ya los platos sobre la mesa. Hay que decir que vimos a la camarera salir un par de veces en bicicleta, suponemos que para proveerse de género para nuestra cena.

Otro ejemplo que vivimos en Vientiane fue el siguiente: Vemos un tuk-tuk, le decimos al conductor dónde queremos ir, negociamos el precio y allá vamos. Al poco tiempo me doy cuenta de que vamos en sentido contrario, y hago parar al conductor. Le enseño sobre el mapa dónde queremos ir, y que va al revés. Él dice que sí, pero pone cara de que no. Así que decido que nos bajamos y tomamos otro tuk-tuk. Un taxista occidental hubiese armado la marimorena, pero este miró cómo nos bajábamos y ni se inmutó. Probablemente pensará que le daba tiempo a desplegar la hamaca que lleva detrás y dormir la enésima siesta del día.

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Las 4000 islas

De Champasak partimos hacia las 4000 islas, con otra curiosa combinación de medios de transporte (tuk-tuk, barco, autocar y más barco), para llegar a Don Det, que es una las islas. Algo debimos hacer mal cuando contratamos el viaje, porque acabamos en un autobús de lujo, con amplios asientos reclinables, reposapies y 3 asientos por fila.

Don Det es una isla muy pequeña, que está junto a otra llamada Don Khon, muy cerca de la frontera con Camboya. Pequeña aclaración: Laos no tiene mar. Las 4000 islas están en el Mekong, que a estas alturas ya es un río impresionantemente ancho. Este lugar ya es el colmo de la relajación, la tranquilidad, “il dolce far niente” y el “extreme tumbing”.

Hay electricidad 4 horas al día (de 18 a 22 h.). Como no era suficientemente cutre para nosotros, Patri y yo nos alojamos en un hotel en el que sólo le dan a la palanquita de la luz 2 horas al día.

La isla nos la hemos recorrido en bicicleta, hemos pasado por un puente con peaje a Don Khon y casi nos la hemos recorrido también. No hay apenas circulación motorizada, y no hay nada asfaltado. La combinación de baches y el trayecto en bici acaban provocando un lógico y no deseado aflautamiento en la voz.

Parece que aquí viene la gente de fiesta (no lo veo yo para tanto). Pero hemos visto en un restaurante un “Desayuno Resaca”, a un precio que cuadruplica el de cualquier otro desayuno de la misma carta, consistente en: huevos revueltos, pan de ajo, queso, patatas fritas, pepsi, macedonia, paracetamol y valium.

Próximo destino: Kratie, en Camboya.

Salut.

Entramos en Laos

22 febrero 2009

Tras reencontrarme con Patricia en Chiang Rai, partimos junto a Laura hacia Chiang Khong en otro autobús estilo cafetera por carreteras mayoritariamente asfaltadas.

Pasamos la frontera con Laos atravesando el Mekong en barca. Usan el mismo sistema que algunos taxistas: cobran no sólo por pasajero, sino también por bulto. Una vez atravesado el río, y después de esperar a que el supervisor de turno acabara de comer, se dignara a firmar nuestros pasaportes, nos llenaran una página de cuños (a una media de 5 dólares el cuño), entramos en Huay Xai (a veces escritos Houaisay, por lo de los cambios de alfabeto).

Huay Xai (Laos). Tras el Mekong: Tailandia

Huay Xai (Laos). Tras el Mekong: Tailandia

Tomando un t'e fr'io.

Tomando un t'e fr'io.

Huay Xai tiene frontera, embarcaderos, un restaurante en cuyo menú se ofrece pan a la catalana, y muy poquito más. Conocimos a 2 catalanes, lo cual estuvo muy bien después de tanto tiempo sin conocer españoles. ¡Y por la noche a un madrileño! A los catalanes los hemos seguido viendo. Llevan bastante tiempo viajando y nos reímos mucho con sus anécdotas. La pobre Laura no habla nada de español, pero hasta el momento ha llevado bastante bien la convivencia con los cuatro.

Ya lo dijo Buenafuente hace muchos años en uno de sus monólogos: “Viajes donde viajes, siempre te encontrarás con un catalán de Blanes”. Se me ocurrió soltar el comentario y, efectivamente, uno de ellos es de Blanes. Queda por tanto demostrado que la teoría de Buenafuente no es una leyenda urbana.

Atardecer en el Mekong

Atardecer en el Mekong

Hemos viajado por el Mekong en barco lento desde Huay Xai hasta Luang Prabang. También estaba la opción de ir en barco rápido (6 horas) en el que los pasajeros lucen casco integral. No fue difícil descartar esa opción. También es de perogrullo explicar el porqué de la denominación “barco lento” de la opción elegida. Tras 6 horitas de trayecto en barco, llegamos a Pak Beng para hacer noche. Pak Beng aparece en el mapa como ciudad, pero en realidad no es más que es una calle con casas a los lados, donde cortan la electricidad durante 9 horas al día. Al día siguiente, en apenas 8 horitas más de barco (con sólo una parada técnica para reponer las existencias de cerveza agotadas por el colectivo de pasajeros anglosajón) llegamos a Luang Prabang.

Salut.

Los tres en el barco lento.

Los tres en el barco lento.