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Fin de las Célebes

8 octubre 2009
Tangkoko: dos tarsiers en el interior del tronco de un arbol.

Tangkoko: dos tarsiers en el interior del tronco de un árbol.

La vuelta a Manado, desde Bunaken, constituyó la despedida, definitiva esta vez, de mis amigos alemanes. Desde Manado hice una excursión de un día a Tangkoko. La reserva natural de Tangkoko, en las costas del mar de las Molucas, es el punto más al este de mi viaje, allá por el meridiano 125, superando en orientalidad a Flores. Por Tangkoko estuve paseando varias horas con un guía, gracias al cual no sólo no me perdí, sino que además pude ver unos cuantos animales que hubiese sido incapaz de ver por mí mismo. Unos macacos negros en peligro de extinción, cálaos y tarsiers, el auténtico emblema del parque.

Tangkoko: calao alimentando a sus crias.

Tangkoko: cálao alimentando a sus crías.

Para ver los cálaos tuvimos que esperar silenciosamente tirados sobre una hoja de palmera en medio de la selva, hasta que se acercó uno que alimentaba a sus crías. Los tarsiers, que yo sólo había visto en el zoo, son los menores primates del mundo, y sólo existen en Sulawesi. Eso es lo que me vendieron, aunque tengo entendido que también los hay en Filipinas. Conseguí ver muy pocos, pero puedo darme por satisfecho, ya que además de ser tímidos y huidizos, son animales principalmente nocturnos.

Macacos negros en Tangkoko: ¿Aquí te duele?

Macacos negros en Tangkoko: ¿Aquí te duele?

Y es que Sulawesi ya fue objeto de debate entre Wallace y Darwin por la peculiaridad de su flora y fauna, generando teorías evolucionistas, apoyadas después tambien por geólogos, sobre la división miles de años atras entre Asia y Oceanía. En cambio, yo no he sido capaz de formular ninguna teoría que explique cómo es posible que en una isla repleta de árboles de cacao, sean incapaces de hacer buen chocolate. El próximo viaje tendrá que ser a Suiza, Bélgica o la Vila Joiosa, donde prometo seguir investigando.

De regreso de Tangkoko a Manado, vi un lugar curioso, poco habitual en los itinerarios turísticos. En Sawangan, cerca de Airmadidi, hay un pequeño cementerio precristiano, rodeado por uno cristiano mayor y más moderno. Este pequeño cementerio tiene unas tumbas de piedra, asentadas sobre un pilar, llamadas warunga, sobre las que hay esculpidas escenas relativas a la vida, principalmente profesional, del difunto.

Tumbas warunga cerca de Airmadidi.

Tumbas warunga cerca de Airmadidi.

Como curiosidad culinaria, y como una muestra más del desprecio con que trato a mi estómago y paladar, en Manado se me ocurrió pedir un café con cacahuete y helado de vainilla. El típico postre-café que cuando uno ve en la carta, no puede resisitirse a pedir. Me quedé sin probarlo porque, según me dijo la camarera: “tenemos café, cacahuete y helado de vainilla, pero se nos ha acabado la fanta de fresa”. Ante lo que yo suspiro de alivio, ya que la inclusión de dicho refresco en la mezcla, sobrepasa los límites de lo tolerable incluso para mí. Dos actitudes típicas indonesias se ven reflejadas en este caso:
1. No indicar los verdaderos ingredientes en el menú, con lo que uno se arriesga a desagradables sorpresas.
2. Perpetrar imposibles mezclas con hiperglucémicos ingredientes.

Todo el recorrido que he realizado por el norte de Sulawesi ha resultado muy caluroso. Excepto Tomohon. Tomohon es una localidad cercana a Manado, pese a lo cual he cambiado varias veces de transporte para llegar a ella. Desde aquí he visitado el lago Tondano, también tras varios cambios de transporte pese a estar muy cerca. Un lago de aguas muy encrespadas, teniendo en cuenta que se trata de un lago. Otra visita interesante, por la que vale la pena acercarse a este lugar, es la subida al Gunung Lokon (volcan Lokon). Me alojé a los pies del volcán. Se puede ir a otro volcan en las cercanías en coche, y hacer un último tramo a pie de apenas una hora. Como es lógico, en cuanto encontré una opción más larga y difícil, fue la que elegí. Una vez ya habíamos subido hasta el borde del cráter, el guía me advirtió de que hiciera las fotos rápido, y que nos alejáramos de allí cuanto antes. Después me comentó que si hubiese preguntado en el centro de vulcanología no nos hubiesen dejado subir, debido a las emanaciones sulfurosas. Lo que realmente se ve desde el cráter, es una humareda que sale del mismo. Según la dirección del viento, cuando el humo escampa ligeramente, se pueden ver las verdes aguas del lago rodeadas de paredes teñidas de amarillo por el azufre. El mismo concepto que el Kawah Ijen, en la isla de Java, pero a menor escala. Sin embargo, en Java, a nadie parecía preocuparle la toxicidad de las emanaciones, aparentemente mucho mayor.

Crater del volcan Lokon.

Cráter del volcan Lokon.

He seguido recibiendo alguna que otra llamada de mi adolescente acosadora, hasta que un drástico, repentino e inesperado acontecimiento acabó con toda comunicación entre ambos. Perdí mi teléfono móvil. Ahora me siento a la vez tan desorientado como feliz, y tan libre como perdido. Resumiendo: como siempre.

Y en Manado, ciudad con puerto y aeropuerto, se me acaba la isla. Y una vez finalizadas las Célebes tengo un par de archipiélagos al alcance en barco: las Molucas y las Filipinas. O bien puedo dar el salto a otro lugar, ya que hay conexiones con Yakarta, Bali, Kuala Lumpur, Singapur o Bangkok. Pero eso ya es materia del proximo post.

Salut.

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De Rantepao a las islas Togean por Sulawesi Central

30 septiembre 2009
Nuestro bus de Rantepao a Tentena. Reubicacion de la carga.
Nuestro bus de Rantepao a Tentena. Reubicación de la carga.

Tras más de una semana en Tana Toraja, llega el momento de abandonar Rantepao y seguir ruta hacia el norte. Para ir de Rantepao a las islas Togean, hay que atravesar Sulawesi Central, una región mayoritariamente musulmana y azotada por el terrorismo en los últimos años. Además hay que tener en cuenta que nos encontramos en los últimos dias de Ramadán, y durante el Idul Fitri es más difícil viajar por el gran aumento del número de desplazamientos entre los musulmanes. Sigo el viaje con dos de los tres alemanes con los que hice el trekking, dirigiéndome inicialmente hacia Tentena. El trayecto se preveía de once horas, así que nos armamos de paciencia y no nos confiamos, pese a que había muchas plazas libres al principio. Mi asiento es demasiado estrecho para mí, y casi para cualquier occidental, pero como los indonesios son pequeños, supongo que a mi compañero de viaje no le importará que le invada ligeramente su asiento. El bus se fue llenando con tan mala fortuna, que a mi lado se sentó una señora de oronda silueta que me oprimía cruelmente contra la ventanilla y que al mismo tiempo rebosaba lorzas por el lado del pasillo. Para colmo, llevaba un montón de trastos que dispuso en el suelo, y un bebé. Hubo un momento en el que la señora colgó una sábana del riel central del bus, la ató como un hatillo y dejó que el bebé se balanceara a merced del vaivén generado por las numerosas curvas de la caprichosa orografía de las Célebes.

Detalle interior de nuestro bus de Rantepao a Tentena. Lo que cuelga es el bebe durmiente, mientras la madre esta en el bar.
Detalle interior de nuestro bus de Rantepao a Tentena. Lo que cuelga es el bebé durmiente, mientras la madre está en el bar.

En este trayecto, partiendo de las montañas, llegamos al mar (por primera vez en dos semanas, pese a estar en una isla), volvimos a las montañas y finalizamos a orillas del lago Poso, en Tentena, trece horas después de salir de Rantepao.

Tentena, al igual que Pendolo, Poso y Ampana, son las paradas lógicas antes de llegar a las Togean desde Rantepao. Generalmente, los turistas pasan lo más rápido que pueden por estos lugares. Eso no es ninguna garantía de rapidez, ya que suelen ser entre dos y tres días de trayecto. En nuestro caso prolongamos una noche más nuestra estancia en Tentena. Tras dar varios palos de ciego, acabamos contratando un conductor que nos paseó por los alrededores de Tentena.

Primero fuimos a Salopa, un conjunto de cascadas que entre todas suman más de trescientos metros de desnivel. Remontamos gran parte del recorrido por tierra y nos dimos un baño relativamente fresco, considerando las latitudes ecuatoriales en que nos encontramos. La otra parada fue en una playa del lago Poso. El lago Poso, a unos 600 metros sobre el nivel del mar, y rodeado de orquídeas, es uno de los mayores de Indonesia, y hay lugares donde no se divisa la orilla opuesta.

Al día siguiente pretendíamos dormir en Ampana, que es el puerto más cercano a las islas Togean. El tramo entre Tentena y Poso apenas duró un par de horas estrujados en un todoterreno. Nos depositaron a las afueras de Poso, en un lugar con aspecto de abandonado, que resultó ser la estación de autobuses. No había un solo autocar, y casi todos los puestos estaban cerrados por ser fin de Ramadán. Nos juntamos con una pareja de turistas alemanes que habían llegado antes, y comenzamos a debatir nuestras perspectivas poco halagüeñas de continuación de viaje. El alemán, que resultó no ser alemán, sino toledano, llevaba ya un rato negociando la posibilidad de fletar un coche hasta Ampana, dado que apenas había buses y todos iban llenos por el Idul Fitri. Mientras negociaban, aproveché para ir a Poso a un cajero automático, ya que según mis informaciones, ni en Tentena, ni en Ampana, y mucho menos en las Togean, hay cajero automático alguno (o si lo hay, como sucede en Ampana, sólo acepta tarjetas indonesias). Cuando regreso a la estación de autobuses fantasma, siendo pentamillonario en rupias por lo que pueda pasar, apenas ha cambiado nada. Hay dos alemanes más que quieren ir a Ampana, con lo que somos ya siete los turistas colgados, y la negociación sigue atascada. Una hora y media después de nuestra llegada, vislumbramos la luz en forma de acuerdo, y estábamos dispuestos para partir. En realidad nosotros estábamos preparados, pero no el vehículo, que llegó dos horas y media más tarde. Así que, cuatro horas después de llegar a la estación de autobuses, conseguimos partir. Durante el camino de Poso a Ampana, ya de noche, vimos muchas casas con cirios encendidos a las puertas, otra de las costumbres de fin de Ramadán. Y once horas después de salir de Tentena, llegamos a Ampana.

En Ampana estuvimos el tiempo justo para ver algo poco habitual. El primer semáforo que he visto en las tres últimas semanas. Nos alojamos en un hotel lleno de cucarachas y regentado por musulmanes que no nos dieron de desayunar porque estabámos de Ramadán. Mientras, sigo recibiendo mensajes de la adolescente de Rantepao. Entrar y salir de las islas Togean puede llegar a ser complicado. Conseguimos de carambola encontrar un barquichuelo de madera que nos llevara a las Togean en un trayecto que debía durar entre tres y cinco horas. Mientras estábamos cargando el equipaje, vimos un grupo de delfines saltando no muy lejos de la orilla. Tras el retraso de rigor, zarpamos y poco más de cinco horas después atracamos en Wakai, que es lo más parecido a un puerto que hay en las Togean. Poco antes de llegar, ya frente a las costas de las islas Togean, hubo otro grupo de delfines que nos acompañó durante unos minutos nadando y saltando junto a la proa del barco.

Salut.

Barquichuelo en el que llegamos a las islas Togean.

Barquichuelo en el que llegamos a las islas Togean.

Llegada a Bhaktapur

31 mayo 2009
Pokhara: lavando en el lago.

Pokhara: lavando en el lago.

Inciso deportivo

Tras el retiro espiritual al otro lado del lago, regresamos a Pokhara. Volvimos por tercera vez al hotel donde nos habíamos alojado anteriormente y pedimos encarecidamente una televisión con habitación alrededor, para poder ver la final de la Liga de Campeones. Nos dieron una suite (concepto nepalí de suite), con vistas a la montaña (original en Nepal, ¿verdad?), a precio de amigo. Efectivamente: A medianoche teníamos al amigo recepcionista en la puerta de la habitación, equipado para la ocasión (es decir, cerveza en mano), para ver el partido con nosotros en nuestra suite. Romain, que estuvo dormido casi todo el partido, despertándose para ver los goles, ganó la pertinente porra. La diferencia horaria hacía complicado mantenerse en pie. Aún así, yo aguanté hasta ver el abrazo de Pepe Hucha con un señor de cejas circunflejas, y el levantamiento de la Copa. Aunque según los comentaristas, el verdadero levantamiento se produjo unas semanas antes, en Stamford Bridge. No lo vi, luego no opino.

polisportiu

De Pokhara a Bhaktapur

Finalmente dejamos Pokhara, tomando un autobús por primera vez en casi tres semanas. Curiosamente, el autobús era decente y solamente iba lleno hasta estándares europeos. Después de siete horas y 200 kilómetros de viaje llegamos a Katmandú. Veamos las cosas en perspectiva: hay que tener en cuenta que este es el principal eje viario del país, que une sus dos mayores ciudades. Algunos equivalentes europeos serían las conexiones Barcelona-Madrid, París-Lyon o Roma-Milán.

Pero no nos quedamos en Katmandú, sino que fuimos inmediatamente a Bhaktapur. Bhaktapur es una pequeña ciudad, muy cercana a Katmandú, con una gran cantidad de edificios interesantes, principalmente de los siglos XIV a XVII, en un pequeño casco histórico. Para entrar al conjunto histórico hay que pagar. El centro está oficialmente cerrado a la circulación motorizada. La realidad no es exactamente así. Nosotros estuvimos alojados dentro del casco histórico. y aunque no hemos tenido mucha suerte inicialmente con el tiempo, por las lluvias premonzónicas, finalmente parece que se ha arreglado un poco.

Bhaktapur: Plaza Durbar

Bhaktapur: Plaza Durbar

Lo que no se ha arreglado es el clima político. Aunque por fin tenemos nuevo primer ministro, mañana lunes es día de huelga. Y no sabemos el alcance que tendrá, tanto en cierre de establecimientos como en cuanto a revueltas en las calles. No teníamos previsto tomar ningún medio de transporte durante el día, con lo cual nuestros planes no se ven alterados. De momento sólo me ha afectado en que, muy profesionalmente por mi parte, he tenido que colgar este post que tenía previsto publicar mañana deprisa y corriendo, ya que mañana no tendré acceso a internet.

Salut.

revolta

Retiro junto al lago

27 mayo 2009
Habitacion con vistas

Habitación con vistas

Tras volver del trekking, decidimos tomarnos unos días de vacaciones. Antes de comenzar el trekking, alquilamos un barco de remos para ir al otro lado del lago, donde sólo hay algunas casas diseminadas en la ladera de la montaña. Desde ahí subimos a la Pagoda de la Paz, que tiene unas vistas excelentes sobre Pokhara y su lago. Muy cerca del lago paramos en un hotelito a tomar algo. Y quedó claro que era el lugar adecuado para quedarnos  a descansar a la vuelta del trekking.

Cerca de Pokhara: Pagoda de la Paz

Cerca de Pokhara: Pagoda de la Paz

Y en el hotelito nos hemos quedado cuatro días. Un hotel al que no llega ningun vehículo (motorizado o no), con un cuidado jardín. Y una habitación con balcón con vistas al lago, las montañas de Pokhara, y cuando las nubes lo permitían, a la cordillera de los Annapurna. La rutina ha sido leer, escribir, charlar, bañarse en el lago, jugar a cartas, ver películas, comer, dormir y prácticamente nada más.

Pokhara: el Machhapuchhre visto desde el lago Fewa

Pokhara: el Machhapuchhre visto desde el lago Fewa

Resumiendo, nos hemos pasado doce de los últimos trece días aislados de casi todo. Sin internet, ni teléfono, ni noticias del mundo, sin ver asfalto, ni oir un solo ruido de motor.

En el hotel hemos coincidido con una peculiar familia, con la que ya hicimos amistad anteriormente en Pokhara. Se trata de una alemana y un francés que viven en Goa, en el sur de India, y sus tres hijos, de entre dos y siete años. Ahora están de vacaciones porque es la temporada baja turística. Tienen un centro de algo que no sé explicar, sobre cura de cuerpo mente y alma. Además venden diferentes productos a los turistas, como ropa y parafarmacia. En el centro, entre otras cosas, organizan ayunos. Lo deben tener muy bien montado, porque hay gente que paga por ello, como para vivir del tema. Yo, el tema de ayunar, me lo tendría que pensar mucho. Los niños hablan entre ellos en inglés, con la madre en alemán, y el francés lo entienden perfectamente. Envidiable.

Y tras las vacaciones, cruzamos el lago en una cáscara de nuez con remos hasta Pokhara, de vuelta a lo que paradójicamente llamamos civilización, para preparar la partida a Katmandú.

Serán unas dos semanas y media las que pasaremos en total en Pokhara y alrededores. Me da la impresión de que Pokhara es un lugar en el que podría quedarme a vivir una temporadita. Hasta ahora, esto sólo me había sucedido en Chiang Mai, en el norte de Tailandia.

Salut.

Pokhara y su lago, vistos desde la Pagoda de la Paz

Pokhara y su lago, vistos desde la Pagoda de la Paz

De Varanasi a Pokhara, de India a Nepal

13 mayo 2009

Como a Romain le caducaba el visado indio, y no creyó oportuno permanecer ilegalmente en el país, decidimos marcharnos de India. En realidad, me he quedado con ganas de prolongar mi estancia en Varanasi, y en India en general. Hablando con Miquel sobre nuestros itinerarios previstos, es posible que nos veamos otra vez el próximo mes de Junio en India. Si no hay grandes imprevistos, mi intención es volver dentro de varias semanas a India, cuando Romain ponga rumbo a Francia.

Con la esperanza de que por fin se acabe el verano, tras tres meses y medio de permanente canícula, salimos de Varanasi rumbo al norte, hacia la frontera con Nepal. Tomamos un tren a Gorakhpur. La sensación al bajar del tren fue tan caótica como en tantos otros lugares de India. Nos dio tiempo a ver cómo una policía azotaba un golpe con su porra de bambú a alguien que cometió la osadía de estar de pie por donde ella pasaba. De camino a la estación de autobuses, nos encontramos con un jeep que iba a Sonauli, junto a la frontera nepalí, y decidimos escapar de la ciudad en él.

En Sonauli, atravesamos la frontera en ciclo-rickshaw, parando en la precaria caseta de inmigración india en Sonauli, y en la nepalí de Belahiya. La frontera es una bulliciosa calle llena de gente y vehículos que la cruzan sin mayor problema, ya que indios y nepalíes no necesitan visado.

Nos alojamos a cuatro kilómetros de allí en Bhairahawa, un pueblo que más bien parece una carretera flanqueada por casas. Un lugar en el que no había absolutamente nada que hacer, exceptuando la aclimatacion al “jet lag”. Hay un cambio de quince minutos respecto a India, algo aparentemente absurdo, y en realidad también.

Al día siguiente, tan pronto como nos fue posible, huimos del lugar en un bus que dijeron que nos llevaría a Pokhara en siete horas. El autocar, cutre y lleno, en algunos momentos con gente de pie en el pasillo y sobre el techo, era una maravilla respecto a los indios. Tanto en comodidad de los asientos como en densidad de pasajeros. Al cabo de una hora comenzaron las curvas y las cuestas, para nunca acabar. Un trazado que invitaba a la contemplación del paisaje, y no a la lectura.

La sensación de cerebro centrifugado me impidió certificar si el récord de las 1864 curvas entre Chiang Mai y Mae Hong Son había sido superado. Pronto, el sonido envolvente de las arcadas invadió el autocar. Después llegó el reparto de bolsas de plástico, haciéndome sentir en un “déjà vu” recordando Laos.

Tras nueve horas de viaje, llegamos a Pokhara, donde habíamos quedado con Pierre, un amigo de Romain. Pierre nos había reservado ya una habitación cercana al lago con vistas al Annapurna.

De momento nos estamos dedicando a disfrutar de la tranquilidad, la temperatura primaveral y preparando un trekking facilito para los próximos días.

Salut.

Habitacion con vistas: Annapurna I (8091 m) y Machhapuchhre (6093 m)

Habitación con vistas: Annapurna I (8091 m) y Machhapuchhre (6993 m)

De Udaipur a Jodhpur

22 abril 2009

Udaipur

Llegamos bien temprano a Udaipur y nos ocurrió algo insólito en India. Para ir al hotel viajamos en un motocarro nuevo y limpio, incluso para parámetros occidentales.
bmerda1 En Udaipur nos encontramos con otro lago seco, y ya van tres. En este caso, del enorme lago, quedaba una pequeña porción con agua, con un mínimo de navegabilidad, para llegar a un lujoso hotel que, fuera de la temporada seca es realmente una isla.
El lugar más destacado de Udaipur es el palacio que domina la ciudad. Comparándolo con el de Bundi, este es mayor, está mejor conservado, es mucho mas turístico, y además se rodo una película de James Bond en él. Si bien adolece del “encanto de lo cutre” que sí posee Bundi. Aquí sí encontramos turistas occidentales, no como en lugares anteriores.
Salimos un poco a las afueras de la ciudad para hacer una excursión a caballo, eligiendo para ello uno de los días más calurosos de todo el viaje.
Antes de subir al caballo, lo primero que preguntaron era si alguno de nosotros era español, para a continuacion decir que “aquí nada de llevar los caballos como en España”. Debo confesar que, como yo no elegí la asignatura de hípica como optativa en el instituto, tampoco alteró demasiado mis esquemas anteriores, ya que, mi experiencia como jinete, no da para tener prejuicios en cuanto a estilos de doma. Básicamente, para que todo el mundo lo entienda, la diferencia es que aquí llevan las riendas más tirantes, y eso modifica la manera de girar.
Las otras tres personas que venían preferían los caballos más pequeños, porque decían tener cierto “respeto”. Así que a mí me tocó caballo grande, ande o no ande. Y andaba. Y trotaba. En cuanto veía que había demasiada distancia con el caballo anterior, se convertía en un brioso corcel al que había que frenar.
Como estuvimos varias horas a caballo, atravesamos varios pueblos, donde todos los niños nos saludaban sin parar, y nosotros de modo grácil y altanero devolvíamos los saludos cual monarca campechano. Nos dio tiempo a parar para visitar el lago de los Tigres (donde hace muchísimos años que no se ve ninguno), tomar un té, ver los rezos de las mujeres previos a una boda, cruzarnos con algunos monos, divisar antílopes y echarnos protección solar para no fenecer achicharrados.
bletania

La salida de Udaipur fue en motocarro hasta la parada de autocar, como casi siempre. El conductor del motocarro nos hizo saber que sus dotes de políglota se reducían a “Hola, hola, Coca-Cola. Mira, mira, Cachemira.”, para después de 100 a 200 metros cuesta abajo, encender el motor. Es un hábito extendido bajar las cuestas en punto muerto o simplemente con el motor apagado. Más tarde hizo una compleja maniobra en la que esquivó, de un solo volantazo, a una vaca, una colegiala y otro rickshaw que llevaban trayectorias diferentes y confluyentes con la nuestra. Nos dijo que estuviéramos tranquilos, que tenía carné y experiencia. Según contó, el gobierno le había dado el carnet tras cinco años de experiencia conduciendo.

Después llegamos al “bus turístico” que debía llevarnos de Udaipur a Jodhpur. Ese amplio autobús con pocas plazas, con asientos cómodos y amplios, y sin paradas intermedias.
FALSO.
Era igual que el bus nocturno que tomamos de Bundi a Udaipur, con asientos y literas, y cuyo límite de carga es desconocido, aunque tendente al infinito. Pudimos ver cinco adultos en el espacio de dos, y mucha gente en el pasillo sentada y de pie. Era tal la multitud, que hubo quien pasó apuros para llegar desde el pasillo hasta las ventanillas para vomitar.

Mientras tanto, las mujeres a bordo, impecablemente vestidas con sus coloridos saris en perfecto estado de conservación y limpieza, sus pulseras, tobilleras, anillos en los dedos de las manos y los pies, pendientes en orejas y nariz, uñas pintadas, y manos y brazos tatuados con henna.
Respecto a las paradas intermedias, intuimos que aquí se denomina “parada” cuando se para el motor, y se quedan un buen rato parados. Y de esas sólo hubo una parada técnica, tal como nos dijeron. En cambio, el viaje fue un continuo subir y bajar de pasajeros.

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Jodhpur

En Jodhpur, la ciudad azul, nos hemos alojado en una zona tranquila del centro, en un hotelito regentado por una familia musulmana. Prácticamente el último edificio a los pies del fuerte que domina la ciudad. El primer día quedamos a cenar con Miquel, al que conocimos en Pushkar. Nuestros caminos se han vuelto a separar, pero es probable que volvamos a coincidir dentro de un par de semanas. También coincidimos brevemente con Moise, el escritor que conocimos en Bundi.

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Y por supuesto hemos subido a visitar el Fuerte de Meherangarh. Hasta ahora el lugar mejor presentado desde el punto de vista turístico. El lugar merece la visita, y estaba muy concurrido, teniendo en cuenta que es temporada baja. Tratamos de ir a un ritmo ni demasiado lento, ni demasiado rápido para no coincidir con los dos grupos de ruidosos españoles que nos flanqueaban.
Muy cerca del fuerte, también visitamos Jaswant Thanda, un mausoleo en mármol al que llaman el Taj Mahal de Jodhpur, y que, aunque es muy bonito, no tiene nada que ver con el auténtico desde ningún punto de vista.

Salut.

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Bundi

18 abril 2009
Bundi: recogedoras de estiercol en el lecho del lago.

Bundi: recogedoras de estiércol en el lecho del lago.

Costó tomar la decisión de abandonar Pushkar, un lugar muy tranquilo y acogedor, según los parámetros indios. Tomamos un bus a Ajmer, y de allí otro a Bundi. El trayecto fue duro debido a lo saturado del bus, la duración y el calor. Por supuesto estos vehículos no llevan aire acondicionado ni ventilador. Es uno de esos autobuses gubernamentales (así llaman aquí a los autocares públicos) que venimos tomando habitualmente, con tres asientos a un lado del pasillo, dos al otro, y un pasillo a reventar de gente. Vistas desde fuera, se ven, bajo cada ventanilla, salpicaduras en trayectoria diagonal provenientes de fluidos emanados por anteriores pasajeros.
Tratamos de viajar lo más temprano posible para evitar las horas más calurosas del día, pero a la llegada a Bundi, el sol ya nos recibía con cruel intensidad.
Siete horas después de salir de nuestra habitación en Pushkar, entrábamos en la de Bundi: una amplia habitación decorada con frescos, y con vistas al lago. En este caso el lago no estaba semiseco, sino seco.
Tanto en Pushkar como en Bundi, nos hemos alojado en casas de huéspedes (llamarles hoteles resulta excesivamente pretencioso), donde vive toda la familia y se puede ver cómo hacen vida. En Pushkar incluso comían en el suelo del patio de entrada y tenían las habitaciones, siempre abiertas, nada más entrar en la casa. Para ir a nuestra habitación, pasábamos por donde ellos comían, dormían y rezaban.

Bundi: paciendo en el lecho del lago seco.

Bundi: paciendo en el lecho del lago seco.

Patética escena digna de ver: En Bundi, cuando fuimos a entrar a la casa para alojarnos, había un mono en la escalera de acceso cerrándonos el paso, comiéndose las uvas que acababa de robar a otra huésped. Sabiendo lo traicionero que puede llegar a ser un mono, nos quedamos parados con las mochilas sin saber qué hacer, hasta que Romain dio la vuelta a la casa y encontró otra puerta de entrada.

El Palacio de Bundi, visto desde nuestra terracita.

El Palacio de Bundi, visto desde nuestra terracita.

La visita al palacio de Bundi ha sido uno de los momentos mas mágicos desde la llegada a India. Un palacio en la ladera de la montaña que conoció tiempos mejores y que ofrecía un aspecto desierto. Nos lo tomamos con mucha calma para ver el palacio, sus vistas y sus frescos. Supongo que el día que lo restauren ganará mucho, aunque tambien perderá parte de su decadente encanto.
El último dia en Bundi ha sido de relajación preventiva. Tras Pushkar y Bundi, no nos hacía falta relajarnos mucho, pero a la vista de lo que creemos que nos espera en Udaipur y Jodhpur, hemos decidido descansar sin estar cansados. Ya se sabe: más vale prevenir que curar.
Descanso en Bundi.

Descanso en Bundi.

Aprovechamos para acceder a la invitación de Yug, que nos preparó un té en su microtienda. Es un artista que hace retratos y miniaturas sobre papel o tela, con ideas con cierta originalidad. Esta loco por ir a Europa, aunque por lo que cuenta, tiene una visión algo distorsionada, como si aquello fuese El Dorado.
Para cerrar el día, artísticamente hablando, conocimos a Moise, un escritor de relatos cortos y poesia canadiense de origen indio, con el que estuvimnos cenando.

Por la noche fuimos en autocar nocturno, con literas, de Bundi a Udaipur (unas ocho horas y media). Mientras esperábamos, vimos pasar varios autocares con muy buen aspecto, hasta que llegó el nuestro, que era de lujo más discreto. Tan discreto era el lujo, que no se dejó ver en ningun momento. En el escaso espacio de una litera, debía caber también el equipaje: la mochila en la que cargo lo que en la actualidad es mi vida (desde el punto de vista exclusivamente material), y la bolsa de mano. El traqueteo del bus (entre fuerte y salvaje), hubo un momento en que se convirtió en una constante arrancada de caballo y parada de burro. Parábamos en cualquier sitio y subían los vendedores de té a despertarnos. No lo consiguieron, porque no habíamos logrado dormirnos.
Y, por supuesto, fuimos los únicos pasajeros del autocar que no eran indios. Tenemos muy desarrollada la cuestionable habilidad de aparecer, sin pretenderlo, al menos una vez al día, en algun lugar en que no hay apenas turistas (a veces, ninguno). Y es en esos momentos cuando me asalta el pensamiento “¿Qué hace un chico como yo en un sitio como este?”.
En este último caso, la respuesta es: llegar roto a Udaipur.

Salut.

Bundi: Gecko cambiandose el pijama.

Bundi: Gecko cambiándose el pijama.

Pushkar

13 abril 2009
Vista de Pushkar desde el lago semiseco.

Vista de Pushkar desde el lago semiseco.

Mientras Paula y Óscar se encaminaban hacia Delhi, Romain y yo, aún ajenos a sus incidentes, pusimos rumbo a Pushkar. Nuestra intención era pasar unos días más tranquilos, algo alejados de prisas, ruidos, compras… y volver a nuestro cutreuniverso de mochileros y perroflautas.

Pushkar es una ciudad santa del hinduismo junto a un lago sagrado creado a partir de una flor de loto dejada caer por Brahma. Vamos, lo normal. Como ciudad santa, aquí tampoco se permiten la carne ni el alcohol. La proporción de vacas en las calles es mayor que en otros lugares de India. Tambien se ven más monos (diferentes a los vistos hasta ahora). Y perros supuestamente vegetarianos.

Mercado en Pushkar.

Mercado en Pushkar.

El lago esta prácticamente seco hasta que empiece la temporada de lluvias. Aún así, aún quedan algunos ghats con un poco de agua, donde purificar pecados. La ciudad está rodeada de desierto (o semidesierto: esto tampoco es el Sáhara) y áridas montañas. Se ven camellos con cierta frecuencia e incluso hay un estadio para las carreras de camellos, que son un gran acontecimiento por aquí.

Con los ojos legañosos subimos a una de las montañas cercanas donde hay un templo y grandes vistas a la ciudad y el desierto. En cuanto abrimos la mochila para disfrutar de nuestro merecido desayuno con vistas, aparecieron tres monos a escasos tres metros de nosotros. Un indio los hizo alejarse a pedradas, pero no volvimos a sacar comida, por si acaso. A la vuelta, por precaución, bajamos con piedras en la mano mientras intercambiábamos miradas con los monos que había junto al camino.

Pushkar a vista de mono.

Pushkar a vista de mono.

Los amigos de mis amigos.

Estando en un cibercafé de Pushkar escucho que el chico que está sentado a mi lado habla igual que yo. Pero igualito, igualito, con idéntico acento. Nos pusimos a hablar y veo que es de Ontinyent y ademas amigo de mi amigo Borja. Menos de 24 horas después de despedirme de Óscar, ya volvía a hablar en valenciano.

Tengo metido entre ceja y ceja que, antes de que acabe el viaje, me voy a encontrar con alguien conocido (sin contar famosillos ni amigos con los que he quedado, como hasta ahora). De momento, esto ha sido lo más parecido que me ha sucedido.

Salut.

Siem Reap y los Templos de Angkor

16 marzo 2009

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Viajamos en bus a Siem Reap, abandonando temporalmente las orillas del Mekong, para dirigirnos al noroeste del país. Prácticamente el único motivo para viajar a esta parte del país, y para algunos turistas, el único motivo para venir a Camboya, es visitar los templos de Angkor.

Templos de Angkor

Templos de Angkor

Y eso hicimos. Alquilamos un tuk-tuk conducido por nuestro amigo Mao, para que nos hiciera el circuito por los templos principales durante el primer día. Laura aguantó medio día el sofocante calor. Patricia y yo acabamos el día como unos campeones hasta ver la caída del sol, y decidimos volver al día siguiente, para ver amanecer allí. Pocas veces me he levantado a ver los bellos amaneceres en la bahía de Jávea, pero ya se sabe que cuando uno está fuera de casa, hace cosas que normalmente no acostumbra a hacer.

El segundo día alquilamos una bicicleta para volver a los templos de Angkor, pero esta vez a hacer el itinerario largo. Entre 25 y 30 km según la guía. Si fue duro comenzar a pedalear a las 5 de la madrugada para ver amanecer en Angkor Wat, más duro fue pedalear a la vuelta bajo un sol de justicia.

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Y el tercer día, también vimos alguno de los Templos de Roulos, que también pertenecen al conjunto de los templos de Angkor pero que están más alejados. Teníamos que amortizar la entrada, que era válida para 3 días consecutivos. En realidad los vimos de camino para ir al pueblo flotante de Kompong Phhluk, a orillas del lago Tonle Sap. Fue una visita muy diferente a las demás, que pudimos tomarnos con mucha tranquilidad, y en la que casi no vimos ningún turista, ya que los autobuses no pueden llegar hasta allí. El tuk-tuk nos llevó hasta donde pudo, y cuando la carretera se puso peor (ya era bastante mala), el conductor separó el remolque de la moto, y junto a su primo el que nos estafaba con el barco, fuimos en moto por algo que pretendía ser un camino, en que el conductor tuvo que exhibir una combinación de técnicas propias de rallies y de trial. El pueblo está compuesto de casas sobreelevadas, algunas a más de 6 metros de altura, para no inundarse en la temporada de lluvias. Y después fuimos en barco a ver las casas sobre el agua, y a los pescadores y sus redes en el lago. Recordaba un poco a Cañas y Barro.

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También estuvimos en el mercado central de Siem Reap. Gracias a la intrépida Patricia, encontramos en la parte más fétida del mercado, junto al puesto de venta de cucarachas, gusanos y bichos varios, un par de puestos interesantes para comer y beber muy barato: un plátano frito a 0,10 euros, un vaso de leche de soja a 0,02 euros (al día siguiente ya había subido a 0,10), algo parecido a una ensalada que se pidió Patricia por 0,10 euros o un helado de complicado proceso de elaboración por 0,20 euros. Es una pena que mi subdesarrollado sentido del olfato frustre mis aspiraciones a convertirme en sumiller algún día, pero en este caso, me fue muy útil para permitirme comer en ese particular entorno sin ningún tipo de problema.

Salut.