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La vieja York

20 octubre 2009
La catedral de York: The Minster.

La catedral de York: The Minster.

La primera noche en suelo europeo fue corta. Demasiado corta. El jet lag no me ha tratado bien y he estado despierto desde bajas horas de la madrugada. Pese a ello, hay que ser fuertes y seguir en movimiento. Tomé el metro, calculando que había pagado por seis paradas aproximadamente el mismo importe que pagué en India por recorrer más de 500 kilómetros en tren. Corrijo: por cinco paradas. Nada más subir al metro, avisaron por megafonía de que no íbamos a parar en King’s Cross – Saint Pancras, que era mi destino, a causa de un incendio. Bajé en la parada anterior y recorrí a pie el último tramo. Una vez en King’s Cross emití mis billetes (reservados por internet desde Indonesia) en un expendedor automático y me subí a un larguísimo tren con destino a Escocia, con la intención de llegar sólo hasta York. Del incendio, nunca más se supo.
 
Una vez en el tren, me di cuenta de que había reservado en el “quiet coach” (vagón tranquilo, o vagón silencioso), donde se supone que no debe haber apenas sonido alguno. Pese a ello, hay megafonía. Las normas respecto al silencio son mayoritariamente respetadas. No sólo son silenciosos, sino que además los trenes no van ultrallenos, superllenos, ni siquiera llenos como en Asia. En los pasillos no hay objetos ni personas yaciendo, y las puertas y ventanas van cerradas cuando el tren está en marcha. Igualito que en Asia.
 
Una vez en York, me reencontré con Eli y Craig, y conocí a Tom, que ya tiene 13 meses. Es muy reconfortante encontrarse con amigos a los que uno hace tiempo que no ve. Durante el viaje he conocido mucha gente con quien comparto un presente muy interesante, pero el volver a encontrarse con amigos supone además reencontrarse con un pasado con el que uno necesita cruzarse de cuando en cuando. Esperemos que no vuelvan a pasar casi tres años hasta que nos volvamos a ver.

Paseando con Tom por York.

Paseando con Tom por York.

 
En los días que he pasado con Eli y familia en York, he recibido tratamientos y honores a los que ya no estaba acostumbrado. Además he continuado con mi gradual adaptación a occidente, empezando por vivir en una casa, no en un hotel. Aquí las casas están limpias. Muy limpias. Las puertas y ventanas cierran bien. Hay varios enchufes en cada habitación y además funcionan todos. También funcionan todos los grifos y hay agua fría (muy fría) y caliente (muy caliente), independientemente de la temperatura ambiente. Creo que me podré adaptar.
 

The Eye of York.

The Eye of York.

Por primera vez en nueve meses me he vestido con unos pantalones vaqueros y un jersey de lana. También por primera vez en este tiempo he tomado un vaso entero de leche, he comido jamón serrano y bebido una copa de vino. El reencuentro con el queso también ha sido de lo más emotivo, aunque gracias al excelente queso de yak nepalí, no había pasado tanto tiempo sin catarlo. Cada vez estoy más convencido de que me voy a adaptar.
 
Un reencuentro menos emotivo ha sido el que he tenido con las temperaturas invernales y el cielo encapotado. York, al igual que todas las ciudades de Inglaterra, subyace bajo una eterna capa de nubes que constantemente amenazan lluvia. A veces cumplen la amenaza, y a veces escampa y sale el sol. En la vieja York, el edificio que destaca entre todos los demás y hace distinguible su silueta es la catedral, a la que aquí llaman The Minster. La ciudad no es comparable a Londres. En realidad, ninguna ciudad británica lo es, hasta el punto que muchas veces se dice que Londres no es Inglaterra. York tiene un pequeño centro histórico interesante y globalmente como ciudad es mucho menor y más tranquila. No voy a seguir hablando de York, ya que he de reconocer que me está costando una barbaridad cumplir lo propuesto: hablar de York sin hacer ninguna gracia sobre el jamón. Mejor lo dejo aquí, que si no, acabaré sucumbiendo a la tentación.
 
Salut.

York: casa estilo Tudor.

York: casa estilo Tudor.

Varanasi: ciudad sagrada del hinduismo

10 mayo 2009

De Khajuraho a Varanasi

Para ir de Khajuraho a Varanasi tomamos una rocambolesca opción de transporte. En la estación de autobuses nos encontramos con una chica coreana, y luego con un canadiense que también cometieron la imprudencia de elegir la misma ruta. En las diferentes agencias de viajes y la oficina de turismo nos habían dado los horarios de los autocares. En cada sitio nos dieron horarios y duraciones del trayecto diferentes entre sí. Nos subimos al autocar a las 16.30 h., intuyendo que tardaríamos entre tres y seis horas en salir de él. La empresa de transporte, según ponía sobre el parabrisas, era Ansar Travels, la cual imaginé dirigida por un carismático indio con bigote.

La distribución de los asientos era: un asiento, pasillo y dos asientos. ERROR. Ahí, oficialmente, se sentaban dos personas a un lado y tres al otro. El autobús iba lleno. Siguió subiendo gente, e iba más lleno. Siguió subiendo más gente, e iba llenísimo. Más adelante superllenísimo. Después comenzó a subir gente al techo. Posteriormente pasamos a la fase de HACINAMIENTO (con mayúsculas). El revisor iba pasillo arriba, pasillo abajo, empujando a la gente a un lado del pasillo tratando de poner orden con corteses gritos y empujones. Estoy seguro de que ese revisor fue bailarín de break-dance en su juventud y anguila en una vida anterior, porque no encuentro otra explicación a que alguien pudiera mover algo más que las cejas en ese pasillo. Para no caer, las personas que iban de pie en el pasillo se inclinaban y se apoyaban sobre los respaldos de los asientos. Para ilustrarlo brevemente, en un alarde intelectual, citaré al clásico de la literatura española Francisco Ibáñez: “Señora, sáqueme el pie del píloro, por favor”.

El trayecto finalmente duró cuatro horas de reloj, tal como nos habían dicho (más de tres horas y menos de seis). De esas cuatro horas, durante tan solo una interminable hora y media, sufrimos la fase más crítica del HACINAMIENTO. El resto del viaje fuimos, tan solo, muy apretados.

Llegamos a Mahoba, de noche, y totalmente desorientados. Nos llevan en rickshaw a la estación de tren, que está aún más en medio de la nada, si cabe. Nada más bajar, nos rodea un nutrido grupo de curiosos, que nos miran fijamente, en silencio, a una distancia de entre uno y dos metros, completando los 360 grados de una circunferencia a nuestro alrededor. ¡Y nos quedaban cuatro horas allí! En realidad cuatro horas y media contando con el inevitable retraso del ferrocarril indio.

A las puertas de la estación, y sobre el andén, estaba lleno de gente durmiendo en el suelo, como en todas las estaciones que hemos visto hasta ahora en India. La diferencia en Mahoba estriba en que el andén estaba en obras, y lleno de escombros, lo cual, lógicamente, no es impedimento para dormir sobre ellos, en un país de sadus, ascetas y faquires.

Finalmente viajamos en un buen tren, donde conseguimos dormir, y llegar a Varanasi a media mañana del día siguiente.

En la estación de Varanasi, la antigua Benarés, tomamos otro rickshaw hasta la parte antigua de la ciudad. El conductor paró a las puertas de las callejuelas donde ya no podía circular, y nos acompañó unos quince minutos a pie. Si no nos llega a acompañar, quizá no hubiéramos salido todavía de allí. Por las estrechas callejuelas, dignas de la medina de Fez, aunque menos tortuosas, fuimos esquivando personas, perros, vacas, sus excrementos, e incluso un cadáver llevado por cuatro personas en andas para ser incinerado a orillas del Ganges.

Minutos después estábamos en nuestra habitación, en un hotel con vistas al río Ganges. Miramos el reloj. Habían pasado veinte horas desde que salimos de Khajuraho.

Varanasi: Jugando al cricket en los ghats.

Varanasi: Jugando al cricket en los ghats.

Varanasi

La antigua Benarés, constituye, junto al Taj Mahal el punto álgido de todo buen viaje a la India. Es la ciudad más sagrada, a orillas del río mas sagrado del hinduismo. Es constante la imagen de hindúes tomando el baño en los ghats que van sucediéndose a orillas del Ganges. La variedad y concentración de bacterias de todo tipo que posee el río, hacen que uno no quiera ni siquiera ser salpicado por sus aguas, al mismo tiempo tan purificantes y tan contaminadas.

Varanasi: nadando en el Ganges como si tal cosa.

Varanasi: nadando en el Ganges como si tal cosa.

Asistimos a una ceremonia religiosa sentados sobre las escaleras de uno de los ghats. En la monótona letanía de cantos y palmas, la señora sentada junto a mí llegó a entrar en éxtasis. Inconsciente, seguía dando palmas y moviéndose convulsivamente, ajena a todo lo que había a su alrededor, sujetada por su marido y su hija para que no se deslizara escalones abajo y se partiera la rabadilla, mientras le echaban la purificante, a la par que impura, agua del Ganges para ver si volvia en sí. Me marché antes de que eso sucediera.

Varanasi ha sido también un punto de encuentro y reencuentro. Casualmente nos encontramos con Tom, con el que habíamos coincidido a lomos de un camello por el desierto del Thar. También quedamos nuevamente con Miquel, que lleva varios dias aquí. El muy inconsciente dice que ha cruzado el río a nado, tardando entre quince y veinte minutos, y otros tantos para volver. Se hizo una pequeña herida y tuvo que esquivar un cadáver. Él lo describió con gran naturalidad: “El río es enorme y hay sitio para todos.”

Por otra parte hemos coincidido durante estos días con una pareja de franceses, Vincent y Elsis, que tienen previsto viajar durante un año, y nos han estado aconsejando sobre Nepal.

Cometimos la turistada de tomar un barco para tener una vista diferente sobre los ghats y que nos llevaran a los ghats de cremación. Se ven mejor desde el río que desde tierra, y con más tranquilidad. Esta es una de las imágenes de India que sé que recordaré hasta que el Alzheimer haga mella en mí. A los lados, se acumulan enormes montones de leña. Los edificios de alrededor tienen las fachadas ennegrecidas por el humo, y la tierra sobre el ghat está tiznada. Llevan el cadáver, bien cubierto para que no se vea, hasta el Ganges sobre andas hechas con cañizo. Lo bañan con el agua sagrada. Después lo suben y lo incineran en una hoguera. Solamente los hombres pueden asistir a la ceremonia. Junto a familiares, también se ven curiosos mirando. Como contraste, a escasos veinte o treinta metros de las piras, a uno y otro lado, hay personas bañándose o jugando al cricket. Sin duda alguna, una visión totalmente diferente del significado, simbolismo y trascendencia que rodea la muerte.

Salut.

Varanasi: Ghat de cremacion.

Varanasi: Ghat de cremación.

Los orígenes de Krishna

3 mayo 2009

Operación tormenta del desierto

Desde Bikaner tomamos un tren nocturno “Superfast” hasta Agra. En sólo doce horas habíamos llegado. No es mucho teniendo en cuenta que ese tren llega hasta Calcuta en 33 horas. La salida de Bikaner en tren atravesando el desierto constituye una bucólica estampa digna de ver. En el desierto, lo que acontece de cuando en cuando, son las famosas tormentas del desierto. Entonces se levanta muchísima arena y el paisaje se difumina. Antes de que esto sucediera, en nuestro tren, llevamos las ventanas abiertas por el intenso calor. En cuanto, inevitablemente, llega la tormenta, hay pasajeros que cierran la ventana, y otros que la mantienen abierta. Esto tiene como lógica, molesta, estúpida y evitable consecuencia, que el vagón se llene de arena, incluida mi litera, que es de las altas y no está junto a ninguna ventana.

La arena, el mogollón de gente, los generosos picnics de los pasajeros indios, la mezcla de sonidos y olores, y la ausencia de occidentales han sido la tónica general del trayecto.

Llegamos muy temprano a Agra. Afortunadamente, no descansamos mal del todo en el tren. Inmediatamente salimos hacia Mathura, teniendo tiempo de divisar en la lejanía, otra vez, la inconfundible silueta del Taj Mahal.

Mathura y Vrindavan

Mathura es la ciudad donde nació Krishna. Una ciudad muy poco turística, por lo que hemos podido comprobar: es muy difícil hacerse entender en muchos lugares. Junto a su vecina Vrindavan, tiene un gran significado para los hindúes, principalmente por los abundantes lugares relacionados con la vida de Krishna.

Vrinvadan: Shri Ranganatha (Templo Rangaji)

Vrinvadan: Shri Ranganatha (Templo Rangaji)

Como Romain ha estado enfermo durante los dos días de estancia en Mathura, he ido moviéndome por mi cuenta casi todo el tiempo. He hecho una visita a Vrindavan, donde en una mañana me he hinchado a ver templos, muy diferentes entre sí y con estilos que abarcan de lo mas clásico a lo mas kitsch, pero siempre muy hindú. La ciudad estaba abarrotada de turistas indios, sin apenas ver occidentales. Si lo pensamos detenidamente, estamos aquí porque, hace unas cuatro semanas, durante un largo trayecto en tren, nos lo recomendo a Paula y a mí, una india que viajaba con nosotros.

Salut.

Vrindavan: Pagal Baba Mandir

Vrindavan: Pagal Baba Mandir

De Agra a Jaipur

12 abril 2009
Pensativo frente al Taj Mahal.

Pensativo frente al Taj Mahal.

Agra

Una vez escapamos del tren-cárcel fuimos a buscar alojamiento en Agra. Las cerca de once horas en tren de Haridwar a Agra, fueron un continuo ir y venir de vendedores por el pasillo, gritando a pleno pulmón los productos que vendían e impidiendo conciliar el sueño. Tuvimos suerte de ir muy anchos en nuestro vagón (exclusivamente desde el punto de vista comparativo con los demás). En otros vagones, el hacinamiento del pasaje era digno de ver, e indigno de padecer.
Nos alojamos en un hotel muy cercano al Taj Mahal, que se podía ver desde la terraza, mientras se degustaba una aguada cerveza india.

Con Paula, ante el Taj Mahal.

Con Paula, ante el Taj Mahal.

En Agra, cómo no, visitamos el Taj Mahal, del que se dice que es el mayor monumento jamás construido por amor. Además de lo que uno puede leer sobre el Taj Mahal y su historia, una vez visto in situ, desde cerca, y también desde lejos, es aún mas impresionante: en dimensiones, diseño, nobleza de materiales y estado de conservación. También fuimos al fuerte de Agra, donde se dice que encerraron al emperador Shah Jahan hasta el fin de sus días (quien encargó construir el Taj Mahal) y desde el que, para mayor recochineo, podía ver el Taj Mahal por un ventanuco.

Los 4 ante la puerta norte del Taj Mahal.

Los cuatro ante la puerta norte del Taj Mahal.

El mismo día que visitamos el Taj Mahal y el Fuerte de Agra, fuimos a cenar en una terraza en la que nos atendió un camarero mezcla de Igor (el jovencito Frankenstein), asceta y mayordomo de la corte del Maharaja. En un momento dado, “parece que cambia el viento”, y a los pocos minutos nos íbamos de la terraza antes de que se desplomara el chiringuito y nos cayera una buena lluvia. Como era previsible a la vista de la instalación eléctrica en la ciudad, la luz se fue en cuanto cayeron cuatro gotas. Así que cenamos en la penumbra de la planta baja. Y de postre, celebramos el cumpleaños de Romain con lo más parecido a un pastel que encontramos y un par de velitas.

El capitan Romain soplando velitas.

El capitán Romain soplando velitas.

Fatehpur Sikri

Decidimos pasar una noche en Fatehpur Sikri. El tiempo no permitió disfrutar totalmente de la visita. Caímos en un hotel con una plantilla muy amable y con muy baja ocupación: ahora es temporada baja en India. Como hacemos habitualmente, nos pusimos a negociar el precio de las habitaciones para conseguir un descuentillo. En cuanto Paula oyó el precio que nos ofrecían, se le escapó su sonrisa angelical (de oreja a oreja, por lo ridículo del precio), y quedó estancado nuestro poder de negociación.

Jama Masjid (Fatehpur Sikri)

Jama Masjid (Fatehpur Sikri)

Por la noche, durante la cena, quien nosotros interpretamos que sería el “director del hotel”, algo influenciado por la excesiva ingesta de bebidas espirituosas, nos deleitó con un relato sobre las virtudes que ejerce la comida picante sobre el vigor sexual en cuanto a potencia, y sobre todo en cuanto a duración. Según él, el conejito Duracell no es nadie comparado con el indio medio.

Desmantec, S.L.U. patrocina esta foto.

Desmantec, S.L.U. patrocina esta foto.

Jaipur

De Fatehpur Sikri fuimos a Jaipur para cerrar el denominado Triángulo de Oro (se llama igual que donde se juntan Tailandia, Laos y Myanmar). Con ello pisamos nuestro cuarto estado indio: Delhi, Uttarakhand, Uttar Pradesh y Rajasthan.

Palacio de los Vientos (Jaipur)

Palacio de los Vientos (Jaipur)

Aprovechando que Paula llegó bastante pocha a Jaipur, Óscar decidió tirar generosamente de billetera y decidió que íbamos a pasar sus dos últimas noches en India en buenos hoteles. Y por supuesto, visitamos también el Palacio de los Vientos: yo me lo imaginaba más grande.

Jaipur: a las puertas del centro comercial

Jaipur: a las puertas del centro comercial

Como es lógico y normal, aprovechando que era viernes, fuimos al cine. Padecimos una película de Bollywood llamada Royal Utsav. Está supuestamente ambientada en tiempos de Alejandro Magno, y en el Hindustán. Decorados, vestuario y ambientación pecan de horteras. Los rostros de los actores de hieratismo. El sonido y la imagen no siempre iban juntos. Y finalmente se pusieron a cantar y a bailar como si fuera una película de dibujos animados de Disney. Aún no entiendo por qué nos salimos en el intermedio.

Triste adiós

Tras nueve días fabulosos gracias a la grata compañía, había que hacer una despedida en condiciones. Paula y Óscar salen de Jaipur a Delhi en tren a las cinco de la madrugada, para volver por la noche de Delhi a Valencia. Como persona sensible que soy (a la tabarra que da Óscar), decido acompañarles a la estación.
Despertamos al conductor del rickshaw (motocarro versión india), que dormía envuelto en una sábana en el asiento trasero a la puerta del hotel, y fuimos a la estación. Una vez allí, sorteamos a la multitud de personas que dormían en el suelo, miramos los paneles “informativos” apagados, y llegamos al andén sin saber qué tren es el que debían tomar. Preguntamos y nos dicen: “ese” (respuesta india universal). Sobre el tren pone Delhi. “Pues debe ser ese”. Subimos los tres al tren porque “hay tiempo de sobra”. Conseguimos llegar a la zona del vagón donde tenían el billete tras pasar por encima de algunos indios durmientes en el pasillo.
Mientras Paula y Óscar tratan de discernir dónde reposan las mochilas se me ocurre comentar: “parece que el tren se mueve”, pensando que sería una ilusión óptica y que era el tren de al lado el que se movía. Recordemos: “hay tiempo de sobra”. Al ver que la estación también se movía, resolví rápidamente un ejercicio hipotético-deductivo y decidí exclamar un “adiós” y salí por piernas hacia la puerta. En la puerta me topo con un indio envuelto en una sábana a modo de sudario apoyado contra la misma. Decido correr al siguiente vagón, donde aparto a un señor de la puerta a empujones y salto con el tren en marcha. Afortunadamente el tren no iba demasiado rápido (no creo que lo fuera en todo el trayecto). Aun así me tocó dar dos o tres saltitos de gacela sobre el andén para no caer al suelo por la inercia. Por suerte, las estaciones en India son muy largas, y aún encontré andén bajo mis pies para amortiguar el salto.

La despedida ha sido muy original, pero desastrosa, por rápida, y por la carencia de besos, abrazos y apretones de manos que tanto recomiendan los psicólogos modernos y los guionistas de los Teletubbies. Buscando la parte positiva, no he tenido que pasar el amargo trance de derramar lágrimas en público.

Yo vuelvo a salir de la estación, vuelvo a despertar a mi conductor de rickshaw (lo escribo en inglés para hacerme el intelectual), vuelvo al hotel y vuelvo a intentar conciliar el sueño. Me meto en la cama y veo que son las 5:03 h. Teniendo en cuenta que el tren salía a las 5:00, que en India la puntualidad no es considerada una virtud, y que salir antes de hora es ciencia-ficción… ¡Qué raro!

Al cabo de unas horas, ya a bordo del bus que nos lleva a Romain y a mí a Pushkar, recibo un mensaje de texto de Óscar que, en resumen, decía: “Cagada, no era ese tren”. Debo reconocer que estuve un buen rato dándole vueltas a dónde podían estar y qué sería de ellos: no tenía saldo en el teléfono, sólo había recibido un escueto mensaje, y me encontraba encerrado en un bus. Horas más tarde supe que habían llegado a Delhi aproximadamente a la hora prevista.

Salut.

Battambang y Sihanouksville

21 marzo 2009

Después de Siem Reap fuimos a Battambang por una carretera que daba una tremenda vuelta para unir 2 ciudades que sobre el mapa están muy cerca.

Lo más interesante de Battambang es el tren de bambú. Una turistada que no tuve coraje de eludir. Se trata de una plataforma de bambú sobre la vía conducida por 2 niños por una recta con vías no tan rectas. Y vuelta al punto de partida. Lo curioso es que es un recorrido de vía única, y de cuando en cuando uno se cruza con otros trenes del mismo calibre. Cuando esto ocurre, los conductores de ambos vehículos se ponen a debatir quién pasa. Tiene preferencia el tren que lleva más gente. Aunque si hay un tren que lleva una moto, gana a todos los demás (algo así como un repóker de comodines). Cuando han hecho el recuento de fuerzas, se bajan los ocupantes del tren sin preferencia, descargan y desmontan la plataforma, ambos ejes y sus ruedas, y ceden el paso. No es por presumir, pero ganamos los 3 ó 4 enfrentamientos que tuvimos, y ninguna vez nos tocó desmontar nuestro tren.

Asi se monta el tren de bambu

Asi se monta el tren de bambu

Volvimos a Phnom Penh para acabar de realizar gestiones. Patricia esperaba recibir su tarjeta de crédito enviada desde España en la embajada francesa en Camboya. En Camboya no hay embajada española, y está representada por la embajada francesa. Un amable funcionario de la embajada había confirmado que ya la había recibido y que podíamos pasar a por ella. Y allá que fuimos. Conseguimos sortear a los funcionarios camboyanos de la puerta: primero simulando no entender inglés, y tuvimos que hablarles en francés. Después nos soltaron la manida frase “vuelva usted mañana”. Finalmente les dijimos que teníamos una cita con un señor, dimos el nombre del funcionario en cuestión, y nos dejaron pasar tras hacernos esperar 5 minutos en la calle porque sí. Control de seguridad: entrega de pasaportes, nos dan pases de visitantes y nos dejan sin móviles ni cámaras de fotos. Una vez dentro, pasamos por 2 funcionarios más (franceses en este caso), y accedemos al despacho del funcionario en cuestión. Y allí estaba nuestro amigo esperándonos con el sobre para Patricia. Para quedar bien yo le hablaba en francés, Patricia en inglés, y él nos salió hablando un poco de español: nadie hablaba su idioma, pero milagrosamente nos entendimos. Le dio el sobre, comprobó su contenido y departimos amigablemente sobre nuestro viaje, dónde íbamos a continuar… A la salida del despacho de ese señor tan cortés, colaborador y amigable, se me ocurrió curiosear la placa que había junto a la puerta. Se trataba del cónsul. Con razón nos abrieron rápidamente las puertas cuando dijimos que habíamos quedado con él.

Y nos pusimos a teorizar: ¿Por qué nos contesta el mismísimo Cónsul de la República Francesa en Camboya a los emails, y nos entrega personalmente el sobre, y se entretiene un rato hablando con nosotros…? ¿Tan poco trabajo tienen en la embajada como para que se entretenga con nosotros, que ni siquiera somos franceses? ¿Tenía el Sr. Cónsul la Wii estropeada, y se aburría? ¿Sarkozy le debe algún favor a Zapatero? ¿O todas las respuestas anteriores son correctas? Yo todavía no he llegado a una conclusión.

Con las gestiones resueltas, es momento de irnos a la playa, y partimos a Sihanouksville. Llevaba 2 meses sin ver el mar, y ya iba siendo hora. Nos alojamos en Serendipity Beach, a la que voy a rebautizar como Mendicity Beach.

La playa en sí es mala. Poca franja de arena inundada de mesas y tumbonas de bares. Si uno decide bañarse en el mar para refrescarse un poco, se encuentra con que el agua está caliente hasta el punto de convertirse en una temperatura desagradable por excesivamente elevada. Las barbacoas de pescado y marisco por la noche son lo más positivo del lugar. Durante el día uno puede pedirse un refresco por un precio razonable y permanecer tirado en una tumbona bajo la sombrilla todo el tiempo que quiera, o hasta que la dignidad le obligue a marcharse o pedir otra consumición.

Y llega el acoso. Vienen vendedoras a ofrecer langosta, piña, pulseras, manicuras, pedicuras, depilaciones, masajes… Una persona tras otra. Normalmente se quedan un tiempo insistiendo, incluso sentándose en la tumbona a la sombra un rato. Mientras, van pasando mendigos.

Lo de los mendigos es generalizado en toda Camboya. Es bastante duro verlos pasar y se ve gente que les da dinero, o ropa o comida. Nos hemos encontrado esta circunstancia en más de una ocasión: Por ejemplo, Patricia le dio comida a una persona que mendigaba, y se quejó.

En las guías se recomienda no dar dinero. Tampoco comida envasada sin abrir, para que no la revendan.

Básicamente hay 2 tipos de mendigo: el que lleva un niño de reclamo y los mutilados. Ambos tienen en común que ponen mala cara cuando se les da comida o ropa en lugar de dinero. Y hay otras variedades, como quien enseña un biberón vacío a la puerta de un supermercado, por ejemplo. Pese a haber tanta mendicidad, a mí me da la impresión de que Laos es más pobre que Camboya.

Mi idea antes del viaje era visitar en Camboya únicamente los Templos de Angkor y Pnom Penh, y huir rápidamente del país, tras una semana, ya que no conocía ningún otro lugar de interés. Finalmente, tras unas 2 semanas en Camboya, sigo sin conocer más lugares verdaderamente interesantes. Los templos de Angkor merecen por sí solos un viaje desde Europa, y Phnom Penh, como gran ciudad y capital que es, tiene cierto interés. El resto del país sólo lo recomendaría a alguien a quien le sobra tanto el tiempo como a mí.

Salut.

Soluciones a la crisis del agua.

Soluciones a la crisis del agua.