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Fin de las Célebes

8 octubre 2009
Tangkoko: dos tarsiers en el interior del tronco de un arbol.

Tangkoko: dos tarsiers en el interior del tronco de un árbol.

La vuelta a Manado, desde Bunaken, constituyó la despedida, definitiva esta vez, de mis amigos alemanes. Desde Manado hice una excursión de un día a Tangkoko. La reserva natural de Tangkoko, en las costas del mar de las Molucas, es el punto más al este de mi viaje, allá por el meridiano 125, superando en orientalidad a Flores. Por Tangkoko estuve paseando varias horas con un guía, gracias al cual no sólo no me perdí, sino que además pude ver unos cuantos animales que hubiese sido incapaz de ver por mí mismo. Unos macacos negros en peligro de extinción, cálaos y tarsiers, el auténtico emblema del parque.

Tangkoko: calao alimentando a sus crias.

Tangkoko: cálao alimentando a sus crías.

Para ver los cálaos tuvimos que esperar silenciosamente tirados sobre una hoja de palmera en medio de la selva, hasta que se acercó uno que alimentaba a sus crías. Los tarsiers, que yo sólo había visto en el zoo, son los menores primates del mundo, y sólo existen en Sulawesi. Eso es lo que me vendieron, aunque tengo entendido que también los hay en Filipinas. Conseguí ver muy pocos, pero puedo darme por satisfecho, ya que además de ser tímidos y huidizos, son animales principalmente nocturnos.

Macacos negros en Tangkoko: ¿Aquí te duele?

Macacos negros en Tangkoko: ¿Aquí te duele?

Y es que Sulawesi ya fue objeto de debate entre Wallace y Darwin por la peculiaridad de su flora y fauna, generando teorías evolucionistas, apoyadas después tambien por geólogos, sobre la división miles de años atras entre Asia y Oceanía. En cambio, yo no he sido capaz de formular ninguna teoría que explique cómo es posible que en una isla repleta de árboles de cacao, sean incapaces de hacer buen chocolate. El próximo viaje tendrá que ser a Suiza, Bélgica o la Vila Joiosa, donde prometo seguir investigando.

De regreso de Tangkoko a Manado, vi un lugar curioso, poco habitual en los itinerarios turísticos. En Sawangan, cerca de Airmadidi, hay un pequeño cementerio precristiano, rodeado por uno cristiano mayor y más moderno. Este pequeño cementerio tiene unas tumbas de piedra, asentadas sobre un pilar, llamadas warunga, sobre las que hay esculpidas escenas relativas a la vida, principalmente profesional, del difunto.

Tumbas warunga cerca de Airmadidi.

Tumbas warunga cerca de Airmadidi.

Como curiosidad culinaria, y como una muestra más del desprecio con que trato a mi estómago y paladar, en Manado se me ocurrió pedir un café con cacahuete y helado de vainilla. El típico postre-café que cuando uno ve en la carta, no puede resisitirse a pedir. Me quedé sin probarlo porque, según me dijo la camarera: “tenemos café, cacahuete y helado de vainilla, pero se nos ha acabado la fanta de fresa”. Ante lo que yo suspiro de alivio, ya que la inclusión de dicho refresco en la mezcla, sobrepasa los límites de lo tolerable incluso para mí. Dos actitudes típicas indonesias se ven reflejadas en este caso:
1. No indicar los verdaderos ingredientes en el menú, con lo que uno se arriesga a desagradables sorpresas.
2. Perpetrar imposibles mezclas con hiperglucémicos ingredientes.

Todo el recorrido que he realizado por el norte de Sulawesi ha resultado muy caluroso. Excepto Tomohon. Tomohon es una localidad cercana a Manado, pese a lo cual he cambiado varias veces de transporte para llegar a ella. Desde aquí he visitado el lago Tondano, también tras varios cambios de transporte pese a estar muy cerca. Un lago de aguas muy encrespadas, teniendo en cuenta que se trata de un lago. Otra visita interesante, por la que vale la pena acercarse a este lugar, es la subida al Gunung Lokon (volcan Lokon). Me alojé a los pies del volcán. Se puede ir a otro volcan en las cercanías en coche, y hacer un último tramo a pie de apenas una hora. Como es lógico, en cuanto encontré una opción más larga y difícil, fue la que elegí. Una vez ya habíamos subido hasta el borde del cráter, el guía me advirtió de que hiciera las fotos rápido, y que nos alejáramos de allí cuanto antes. Después me comentó que si hubiese preguntado en el centro de vulcanología no nos hubiesen dejado subir, debido a las emanaciones sulfurosas. Lo que realmente se ve desde el cráter, es una humareda que sale del mismo. Según la dirección del viento, cuando el humo escampa ligeramente, se pueden ver las verdes aguas del lago rodeadas de paredes teñidas de amarillo por el azufre. El mismo concepto que el Kawah Ijen, en la isla de Java, pero a menor escala. Sin embargo, en Java, a nadie parecía preocuparle la toxicidad de las emanaciones, aparentemente mucho mayor.

Crater del volcan Lokon.

Cráter del volcan Lokon.

He seguido recibiendo alguna que otra llamada de mi adolescente acosadora, hasta que un drástico, repentino e inesperado acontecimiento acabó con toda comunicación entre ambos. Perdí mi teléfono móvil. Ahora me siento a la vez tan desorientado como feliz, y tan libre como perdido. Resumiendo: como siempre.

Y en Manado, ciudad con puerto y aeropuerto, se me acaba la isla. Y una vez finalizadas las Célebes tengo un par de archipiélagos al alcance en barco: las Molucas y las Filipinas. O bien puedo dar el salto a otro lugar, ya que hay conexiones con Yakarta, Bali, Kuala Lumpur, Singapur o Bangkok. Pero eso ya es materia del proximo post.

Salut.

Ruta por los volcanes javaneses

5 agosto 2009

CavallBromo

Tras una visita fugaz a Yogyakarta, he hecho un viaje organizado (relativamente) en grupo, para atravesar media isla de Java hacia el este hasta Bali, pasando por los volcanes Bromo e Ijen.

El primer día consistió en una paliza en minibús de más de diez horas. En el grupo éramos diez personas, entre las que predominaban, de modo abrumador, los franceses. Además de Leslie, con quien contraté el viaje, destacaba especialmente una pareja de franceses, Bernard y Annie, a los que llamaremos papan y maman por comparación con el resto del grupo. Eran una curiosa combinación entre el turista experto, viajado y leído que muchos pretenden ser, y del turista plasta, comodón y quejica que todos negamos ser. Bernard era un auténtico socarrón que me superaba ampliamente en ironía, aunque solamente fuera porque hacía los chistes en francés.

Volcán Bromo

Al día siguiente, extraordinariamente temprano, salimos para ver amanecer en las cercanías del volcan Bromo. Cuando estaban todos subidos en su todoterreno, y ya habían salido, vimos que siete de nosotros nos habíamos quedado tirados, y que no había más jeeps.
Un buen rato más tarde llegó nuestro vehículo, cuando ya creíamos que no íbamos a ver el amanecer. Atravesamos carreteras en sentido contrario entre la niebla con un señor del terreno literalmente colgado de la parte trasera del jeep. Cuando llegamos a un pueblecito del camino, debió considerar que ya tenía el mostacho lo suficientemente escarchado, y se apeó en la cuneta. Se acabó la carretera y atravesamos arenosas pistas forestales. Nuestro jeep era bizco (sólo le funcionaba un faro delantero). Afortunadamente, de entre nuestra comitiva de jeeps, nosotros teníamos el mejor conductor con diferencia. He aquí la estrategia: nosotros tenemos el mejor conductor, luego vamos delante. Cuando el cristal está empañado, conduce asomando la cabeza por la ventanilla. Y cuando ni así ve nada, deja pasar a otro vehículo para que ilumine el camino, y volvemos a adelantarlo, para seguir liderando el grupo.

Amanecer sobre el Bromo.

Amanecer sobre el Bromo.

Milagrosamente llegamos antes del amanecer, y gracias a nuestro experto conductor, acabamos en un lugar sin apenas gente (en otros se acumularon cientos de personas). Allí vimos como salía el sol e iluminaba el brumoso valle sobre el que se asienta el Bromo y su silueta de flan. La temperatura de unos dos o tres grados centígrados la combatimos gracias a las mantas que amablemente nos prestaron en el hotel (aunque ellos no lo supieran), que nos conferían un cierto aire de bandoleros y aportaban una dosis adicional de cromatismo a la escena.

AmaneixBromoManta

Una vez visto el amanecer (y no sé cuantos van ya en este viaje), volvimos a descender a la espesísima niebla que seguía sin escampar. Llegamos a algún lugar en medio del mar de niebla donde el conductor decidió parar el vehículo y dijo “por ahí se va al volcán”. Allí no se veía a más de tres metros de distancia, pero aún así aparecían los típicos gorrillas en la niebla. No para aparcar el jeep, sino para ofrecer ir hasta allá a caballo. La mayoría, excepto papan y maman decidimos ir a pie, guiándonos por la dirección de las pisadas, huellas de herradura y heces equinas sobre la arena del camino. Atención a la tontería: te ofrecen un caballo para que no te canses al hacer un camino, relativamente fácil y breve, que te deja a los pies del volcan y de la escalera que desemboca en el borde del cráter, que no se puede subir a caballo. Una escalera que contiene la nada despreciable cantidad de 253 peldaños antes de desayunar. Recordemos que el Miguelete, referencia polivalente universal donde las haya, tiene 207 escalones, aunque si lo subes con zapatos de plataforma puedan parecer más.

JeepBoira

La vista desde el borde del cráter es variable según la dirección del viento, al igual que el olor. Se ve una fumarola en constante actividad, que puede llegar a obstruir en gran medida su visibilidad. La sensación al llegar al borde del cráter, con los pulmones bien abiertos después de las escaleras, y ser recibido por las fétidas emanaciones del subsuelo, es sólo recomendable para ese tipo de personas que quieren probarlo todo, pero no aconsejable para los que simplemente quieren probar casi todo. Cuando volvíamos al coche, la niebla se había disipado en gran medida, y descubrimos que habíamos pasado junto a un hermoso templo a la ida sin darnos cuenta.

Parte interior del crater del volcan Bromo.

Parte interior del cráter del volcan Bromo.

Volcan Ijen

Tras el desayuno, nos dispusimos de nuevo a afrontar estoicamente otro trayecto, hacia el Kawah Ijen. De nuevo llegamos al hotel para cenar, dormir y levantarnos tempranísimo, cuando aún era ayer en Europa, para ir al volcán Ijen. El hotel y la excursión estaba llena de franceses. El motivo es un reportaje televisivo que se hizo en Francia hace unos años que le dio mucha fama allí. De hecho, fueron unos franceses quienes me recomendaron la visita. Parte del camino hasta el volcán es un infame canchal (antaño carretera) atravesando cafetales.

Kawah Ijen: Emanaciones de azufre junto al lago.

Kawah Ijen: Emanaciones de azufre junto al lago.

La visita consiste en un paseíto a pie de una hora cuesta arriba hasta el borde del cráter. Desde aquí, según la dirección del viento, se ve un paisaje espectacular, a la par que hediondo. El fondo del cráter está cubierto por un humeante lago de aguas turquesa. El color del lago contrasta con las amarillas laderas junto a las sulfurosas fumarolas que parecen provenientes directamente del mismísimo averno. En este caso se puede bajar por el cráter hasta la orilla del lago. El aire se hace irrespirable en muchos momentos. Como es natural, y supongo que le sucede a todo el mundo, yo siempre llevo un pareo en la mochila para casos de emergencia, e hice todo el trayecto dentro del cráter con la nariz y boca cubiertos. En un cambio de dirección del viento, llegué incluso a echar agua en el pareo para poder respirar. Aquello parecía una autentica fábrica de bombas fétidas. El pareo acabó con manchas amarillentas a la altura de nariz y boca.

A orillas del lago Ijen.

A orillas del lago Ijen.

El azufre que emana del volcan Ijen es explotado por unos igualmente explotados trabajadores. Estos cargan a hombros unos 70 kg. de azufre hasta el borde del cráter y luego lo bajan hasta la carretera por una miserable cantidad de dinero que constituye un sueldazo en Indonesia. Es obvio que estas penosas condiciones laborales acortan sensiblemente su esperanza de vida. Para ganarse un dinerillo extra, intentan vender figuritas hechas de azufre, y a cambio de dejarse hacer una foto piden dinero, comida o cigarrillos. Por increíble que parezca, hay turistas que les dan cigarrillos. Parece mentira que se pueda ser tan cruel dando limosna.

Cada par de cestitas pesa entre 60 y 80 kg.

Cada par de cestitas pesa entre 60 y 80 kg.

Nuevamente nos pusimos en ruta hasta Ketapang. Allí se separó el grupo y no sé cómo lo hice, pero acabé metido en un autobús siendo el unico occidental entre más de 60 personas. Incluso en temporada alta me las arreglo para acabar en algún momento sin turistas alrededor de mí. Embarco el bus en el ferry hasta Gilimanuk, en Bali, y de allí hasta Denpasar, para acabar llegando de noche (a las 18.30 h.) a Ubud. No olvidemos que estamos en el invierno austral, y en Bali anochece poco después de las 18 h., y en Java de las 17 h. Lo confieso: me parto de la risa al llamar invierno a esto.

Salut.